La Oración por la Paz

Comúnmente se entiende la palabra paz como el logro del bienestar total, de la armonía con los demás, de la concordia en la familia, de la tranquilidad y del goce de una buena salud física y emocional, como también de la ausencia de guerra entre las naciones y pueblos, como la armonía en las comunidades, como las relaciones justas entre las personas y entre los países. Sin embargo, sabemos que la paz, tan importante para todos, es un ideal muy difícil de lograr. Así, la vida diaria es un desafío permanente porque las dificultades cotidianas muchas veces nos producen ansiedad, estrés, ira y miedo; y en lugar de vivir la vida en paz, el temor a la incertidumbre nos quita la tranquilidad y nos aleja del deseado bienestar. En este sentido, la Carta a los Romanos afirma que los seres humanos, llenos de disturbios interiores y conflictos con los demás, no conocen el camino que lleva a la paz (Ro 3:17-18).

Los romanos, grandes conquistadores del mundo antiguo, se referían a la paz con esta máxima:

Si vis pacem, para bellum.

La máxima significa que si quieres la paz debes preparar la guerra. Porque para ellos y para el mundo la paz brota del esfuerzo para dar soluciones duraderas a las relaciones fracasadas entre las personas de una comunidad familiar, lugar laboral, ciudad, nación o estado. La solución es la paz o tranquilidad que imponen algunos sobre los demás. Esto puede lograrse mediante el dominio de una ideología, de un sistema económico, por la supremacía de las armas o por un dominio personal mediante la fuerza, la persuasión y el engaño. Pero, esta paz que da el mundo, aunque traiga tranquilidad y orden, no es la paz propiamente tal porque se basa en la fuerza y la opresión.

La paz, entendida sólo como la ausencia de guerra entre bandos opuestos, o como el equilibrio de fuerzas, o bien como un poder despótico que se impone sobre el resto de las personas, dista mucho de ser lo que realmente requiere el ser humano. En realidad este estado de cosas viene a ser como la paz de los cementerios, o es una tranquilidad bajo estricto control, pero aun así es preferible a la guerra y es una condición para vivir sin muchos sobresaltos y para el progreso de la economía, las artes y la ciencia. Sin embargo, esto es muy diferente a la verdadera paz, que es un don de Dios.

En el tercer capítulo del Génesis se relata cómo los seres humanos al desobedecer a Dios, se enemistaron con su Creador y perdieron la paz que habían recibido como un don, por ser personas hechas a imagen y semejanza de Dios. La perdieron en cuatro aspectos de la vida humana: (1) al desaparecer la amistad y cercanía que mantenían con Dios (Gn 3:8); (2) al perder por esto la alegría y tranquilidad interior sintiéndose desnudos y vulnerables (Gn 3:9-10); (3) al desaparecer la relación armoniosa con las otras personas, causa de los conflictos y enemistades (Gn 3:12); y (4) al perder la relación justa y adecuada con las cosas y la naturaleza (Gn 3:19).

Jesús viene a reconciliar a los seres humanos con Dios y a restablecer la paz recibida como un don. La restablece en los cuatro aspectos señalados:

Relación con Dios

Lo primero es que Dios nos reconcilia con él mismo por medio del sacrificio de Jesús (2 Co 5:18-19); el apóstol Pablo nos insta a dejarnos reconciliar con Dios para que por medio de Jesús podamos participar de la perfección de Dios (2 Co 5:20-21).

Tranquilidad y Alegría

A nivel personal, Jesús enseña que la paz que él da, que es la paz de Dios, hace posible que una persona logre la verdadera tranquilidad y armonía interior. Sana a una mujer que padecía hemorragias desde hacía doce años; su enfermedad, además del daño físico, le traía sufrimiento y angustia; Jesús la sana y la despide diciéndole que se vaya en paz. La mujer ha recobrado la salud física, la alegría, la tranquilidad y la paz interior (Mr 5:25-34).

Al despedirse Jesús de sus discípulos en la última cena, les da su paz, diciéndoles que su paz no es como la que da el mundo; les dice también que al recibir su paz sus discípulos no deberán tener ni angustia ni miedo (Jn 14:27) ni acobardarse cuando vengan los problemas, porque él, Jesús, ya ha vencido al mundo (Jn 16:33).

La paz de Jesús nos libra de aquello que paraliza al ser humano: sentimientos como el miedo, la incertidumbre, el temor por lo que puede suceder, la angustia y el descontrol de la mente. Jesús nos devuelve la paz interior. Sus discípulos, reunidos en Jerusalén y escondidos por miedo, vieron a Jesús en medio de ellos, que los saludó deseándoles la paz; su miedo desapareció y se llenaron de alegría al verlo. Jesús les da nuevamente su paz y los envía para que sean sus testigos en Jerusalén y en todo el mundo (Jn 20:19-20).

Como se puede apreciar, para una persona la paz no significa la ausencia de dificultades, de problemas, de una crisis emocional o de conflictos. En la Epístola a los Filipenses el apóstol Pablo les dice que no se inquieten por nada porque Dios está cerca y que presenten sus peticiones acompañadas de acción de gracias para obtener la paz que da Jesús, que es mayor que todo lo que pueda imaginarse, y que protegerá los corazones y los pensamientos de los que así lo hagan (Fil. 4: 4-7).

Todos estamos invitados a aceptar a Jesús en nuestra vida y a seguir sus enseñanzas como camino para obtener su paz. Así podremos experimentar la presencia de Dios y cultivar una relación de amor con nosotros mismos y con los demás, lo cual es conducente a la alegría y paz divina. La paz personal permite orar en silencio a Dios y obtener su favor (Mt 6:6), para integrarse después con más fuerza y claridad en el diario vivir.

Relación Armoniosa con las Personas

La paz de Jesús también permite una buena relación con los demás en la familia y en las instituciones laborales, comerciales o de cualquier tipo, porque Jesús es la fuente de reconciliación entre los distintos grupos, llamados a la unión y concordia (Ef 2:14-16), y la paz tiene que ser construida por personas que actúen como levadura en la masa proponiendo las enseñanzas de Jesús. En las bienaventuranzas Jesús enseña que serán felices los constructores de la paz, que son aquellos que se empeñan en establecer relaciones armoniosas entre las personas (Mt 5:9).

Relación Justa con la Naturaleza

Por otra parte, la paz que trae Jesús restablece las relaciones adecuadas entre los seres humanos y la casa común de todos: la tierra y la naturaleza, el mar, los ríos, el aire, las montañas y los seres vivos que la habitan. Dios puso todo bajo la mano de los seres humanos, pero no para la explotación sin límite de los recursos naturales, no para la contaminación y destrucción de la tierra. Jesús muestra que Dios puso la naturaleza bajo el cuidado consciente del ser humano cuando multiplicó los panes, calmó la tormenta y caminó sobre las aguas.


Los profetas del Antiguo Testamento contemplan el momento futuro cuando triunfe el mensaje de Jesús y llegue la paz escatológica, la paz universal, que visualizan como una civilización perfecta construída según el plan de Dios, que incluye la necesaria colaboración de los seres humanos a través de la historia. En lenguaje poético los profetas anuncian que ya no habrá guerras entre los pueblos ni los países se armarán para la guerra; todo lo contrario, de sus armas harán útiles de labranza e instrumentos de paz (Mi 4:3-4); la naturaleza no será enemiga de los seres humanos y el lobo y el león pastarán como animales domésticos (Is 65:25). El mundo de miedo y angustia terminará y en su lugar se logrará la paz universal.