Demos Gracias a Dios por Todo lo que Nos Da
Podemos orar agradeciendo a Dios por todo lo que nos da, reconociendo que todo viene de él (Ro 11:36).
Cuando agradecemos nos hacemos sensibles para reconocer la mano de Dios presente en muchos momentos de nuestra existencia. La presencia de Dios en nuestras vidas es más frecuente que lo que podemos usualmente apreciar. Esto es así porque Dios nos ama y porque si nos amamos unos a otros, vivimos en él y Dios vive en nosotros (1 Jn 4:12-13), aunque a primera vista no lo percibamos. En los Hechos de los Apóstoles leemos que él es quien nos da la vida y todo lo que somos y tenemos, porque en Dios existimos, en Dios nos movemos y en él vivimos (Hch 17:24-25 y Hch 17:27-28), por lo que nuestro primer acto de adoración puede ser manifestar nuestra gratitud por la presencia de Dios en nuestro diario vivir, dándole gracias por todo (1 Ts 5:16-18).
Jesús nos enseñó a dar gracias en todo momento a Dios, siempre presente en la vida de cada uno. Antes de resucitar a su amigo Lázaro, Jesús da gracias en voz alta a Dios porque siempre lo escucha (Jn 11:41-42). Igualmente en la última cena, después de dar gracias a Dios, Jesús repartió el pan y el vino entre sus discípulos (Lc 22:17-19).
En la Carta a los Colosenses leemos que con corazón agradecido debemos cantar himnos y salmos de gratitud a Dios, por medio del Señor Jesús (Col 3:15-17).
Entonces, en nuestra oración demos gracias a Dios por todo: porque es el creador del universo, de las cosas visibles e invisibles (Col 1:16), de las montañas, del mar y de todo lo que existe en la tierra que habitamos. Porque Dios nos escogió por amor antes de la creación del mundo (Ef 1:4-5), y nos llamó a la vida terrenal, a nuestra historia y a la vida eterna que nos ofrece. Él nos formó en el vientre de nuestras madres y miraba el desarrollo de nuestros cuerpos mientras se formaban en lo secreto: y Dios conocía los caminos de nuestras vidas antes de que naciéramos (Sal 139:13-16 y Jer 1:5).
Demos gracias a Dios, entonces, por darnos una familia, amigos y una comunidad para vivir. Agradezcamos a Dios por salvarnos de peligros, enfermedades y caídas, accidentes y ataques de los enemigos. Demos gracias a Dios por salvarnos de nosotros mismos, de nuestros rencores y violencias, de nuestros malos propósitos. Por esto y por mucho más.
Meditemos en silencio y busquemos en nuestra memoria las ocasiones en que hemos sentido la presencia de Dios en los acontecimientos más felices que hemos experimentado, en nuestros éxitos, cuando fuimos reconocidos por nuestros actos y aplaudidos por nuestros méritos. Agradezcamos también porque Dios estuvo con nosotros en los días tristes que se nos vinieron encima, cuando estábamos seguros de que no había salida alguna, de que ya no teníamos esperanza y que el fracaso y la desilusión era lo único seguro que teníamos.
Iremos entendiendo así que Dios está presente siempre, que jamás nos abandona, y que en los acontecimientos de todo tipo que vivimos, él nos guía, nos aparta de lo malo y nos perfecciona.
Por eso, busquemos en lo profundo de nosotros las ocasiones en las que hemos sentido la mano de Dios en nuestras vidas, hagamos un listado con esos sucesos tan personales, y agradezcamos a Dios con un corazón lleno de gozo por todos estos momentos.
Oración de Gratitud
Adaptación de algunos salmos de gratitud.
Te doy gracias, Señor, de todo corazón,
Porque es grande el amor que tú me tienes
Y me libraste de caer en el abismo (Sal 86:12-13).
Tu voz resonó clara en mis oídos:
Invócame en los momentos de peligro,
Yo te libraré y tú me glorificarás.
Por eso mi corazón está lleno de gratitud hacia mi Dios (Sal 50:14-15).
No me diste más que una breve vida
Y mi existencia es como nada ante ti.
Ahí está el ser humano:
Su vida dura sólo un instante
Pero tú me amas, me proteges
Y me llamas a una vida eterna junto a ti (Sal 39:4-5).
Por eso es bueno dar gracias al Señor
Y cantar, Dios Altísimo, a tu nombre.
Proclamar tu amor de madrugada
Y tus cuidados del día en las vigilias de la noche (Sal 92:1-2).
Yo te glorifico, Señor, porque tú me libraste,
Y no permitiste que mis enemigos me aplastaran,
Estaba enfermo, Señor, y clamé a ti
Y tú me sanaste.
Gracias, Señor, me libraste de la muerte
Por eso alabo tu santo nombre (Sal 30:1-4).
Amén.