Con Fe en el Poder de Jesús nos Acercamos a Nuestro Padre Dios
Jesús, el Hijo de Dios hecho hombre, vino a mostrarnos a Dios como Padre lleno de amor y misericordia por los seres humanos. Como dice el evangelio de Juan, Dios los amó tanto que les envió a su Hijo para que todo el que crea en él obtenga la vida eterna (Jn 3:16), porque Jesús es el camino para llegar a la presencia del Padre.
Jesús escuchó las oraciones de muchas personas que con una fe muy grande acudieron a él cuando anunciaba el reino de Dios predicando su evangelio, sanando enfermos y expulsando los espíritus malignos.
Así atendió la oración de súplica de un leproso de Cafarnaúm que lo buscó, se arrojó a sus pies y le dijo que lo limpiara si quería hacerlo. Jesús, viendo su fe lo tocó, lo sanó y lo reintegró al mismo tiempo a su comunidad (Mr 1:40-45). Jesús, en otra ocasión, escucha la oración llena de fe de un jefe de la sinagoga que le suplica por su hija que acaba de fallecer. Jesús va a su casa y devuelve la vida a la niña (Mt 9:18-26). Acoge, de igual modo, la oración silenciosa de una mujer enferma de hemorragias, que con una gran fe en el poder de Jesús, estaba firmemente convencida de que con solo tocar su manto, ella sanaría. Abriéndose paso entre la multitud, efectivamente queda sana al tocar el borde de su ropaje (Mt 9:20-22).
Jesús se admira también de la gran fe de un centurión romano que le pide que sane a su siervo enfermo. Jesús se dispone a ir a su casa, pero el oficial romano le dice que eso no es necesario, que sólo lo ordene y su siervo sanará. Jesús, admirado por la fe de este extranjero, lo despidió diciéndole que se hiciera como lo creyó, lo que efectivamente sucedió, ya que en ese momento el siervo recuperó su salud (Mt 8:5-13).
En los Hechos de los Apóstoles encontramos una oración dirigida a Jesús cuando él ya estaba resucitado, compartiendo la gloria Dios: se trata de la oración de Esteban, el primer mártir, que fue uno de los siete diáconos nombrados por los apóstoles; él se mostraba lleno de fe, hacía prodigios y con gran sabiduría y fuerza proclamaba en Jerusalén el evangelio de Jesús. Sin embargo, sus enemigos, no pudiendo resistir sus argumentos, buscaron testigos falsos que lo acusaron de decir que Jesús destruiría el templo y la ley de Moisés. Entonces lo apresaron y apedrearon, y mientras lo hacían, Esteban dirigió su oración a Jesús, al que veía de pie a la derecha de Dios. Y clamaba a Jesús diciendo que recibiera su espíritu, y rogaba ante él por los que lo apedreaban para que no se les tomara en cuenta este pecado (Hch 6:8-15 y Hch 7:54-60).
Nosotros estamos invitados a orar a Jesús, que nos llama a seguir sus pasos para llegar al Padre, ya que el amor de Dios es infinito y no tiene límites. Su corazón está siempre abierto para recibir a todos aquellos que buscan su amor y protección. Jesús es la encarnación perfecta del amor infinito del Padre. En su vida terrenal, Jesús demostró su amor y su compasión respondiendo a las oraciones de aquellos que acudieron a él con gran fe y súplica. Y después de su resurrección, Jesús sigue siendo una fuente de amor y consuelo para aquellos que oran en su nombre. Al orar a Jesús, confiamos en su bondad y en su poder, ya que sabemos que él, como Hijo de Dios, está siempre dispuesto a escuchar y responder a nuestras oraciones, intercediendo por todos ante su Padre.