La Noche Oscura del Alma

En ciertos momentos de su existencia una persona puede entrar en un estado nunca antes experimentado: en una oscuridad profunda, en un callejón sin salida. Es un tiempo en que nos cuestionamos nuestra forma usual de vida, nuestra rutina. Esto se origina casi siempre en un acontecimiento que nos remueve, que nos desarma y nos pone al borde de la nada. Es una situación que por su naturaleza personal debemos afrontar solos. Vemos que los caminos que andamos carecen de sentido; que todo lo que creíamos o pensábamos ya no nos sirve. Tenemos la sensación de estar derrotados y de que ya no nos queda nada más por hacer. Es el tiempo de la desilusión total, fomentada en la creencia de que el dolor y el sufrimiento se deben evitar siempre, cuando en realidad pueden ser un aviso de que hay cosas que debemos rectificar y cambiar en nuestras vidas.

Experimentamos una debilidad extrema: nos damos cuenta de que los acontecimientos nos sobrepasaron, que somos superados por las circunstancias y por tantos problemas que no podemos enfrentar con nuestras propias fuerzas. En esa situación es fácil caer en la depresión, en la sensación de abandono, y aun en la desesperación.

Algunos dicen que esta experiencia extrema se presenta en la mitad de la vida y hablan de la crisis de los cuarenta, cuando la juventud dice adiós y notamos que nuestras metas y expectativas ya no se lograron; otros, que esta crisis se presenta al final de la vida cuando la persona mira hacia atrás y examina su existencia, cuando es la hora de revisar lo hecho, reconocer los errores y las malas decisiones asumidas en el pasado. También hay quienes afirman que, sin importar mucho la edad, experimentamos una crisis de esta magnitud cuando estamos a punto de tener un cambio fundamental en nuestra vida, cambio que ha venido preparándose en forma más o menos inconsciente durante un tiempo prolongado, y que nos da la ocasión de empezar de nuevo. En estas circunstancias es que entramos en un profundo cuestionamiento existencial, que puede ser breve o durar un largo y angustioso tiempo.

En los momentos de crisis estamos solos porque estos tienen su origen en nuestra propia historia, en nuestras experiencias personales, en nuestras opciones, en nuestras decisiones. Esta crisis no la podemos compartir con otros, porque es muy difícil que los demás comprendan lo que realmente nos sucede. Sólo la cercanía con Dios, que conoce nuestro ser en profundidad, podrá iluminar nuestra vida en estos momentos tan densos.

Estamos solos y nos toca adentrarnos en la soledad del desierto, o en un pozo profundo donde no hay horizontes. Descendemos a las profundidades del nivel subconsciente, y nos encontramos con fuerzas que nos hacen sentir vulnerables y débiles, fuerzas negativas que nos muestran falsos caminos de salida, soluciones que pueden llevarnos a la desesperación o atraparnos en la oscuridad y en el sinsentido de una existencia mediocre.

Pero las crisis se presentan para que crezcamos como personas; se presentan para superarlas. Y para superar las crisis, éstas deberán resolverse adecuadamente. Lo primero es aceptar que estamos dispuestos a abandonar la rutina que traíamos y tomar una decisión de vida, que es enfrentarnos a esas fuerzas oscuras que intentan destruirnos, para luego buscar un cambio en nuestra manera de pensar y actuar. Porque de las profundidades del abismo se debe salir más fuerte, renovado, teniendo claridad en la nueva forma de vida que se ha encontrado, con decisiones óptimas para guiar la vida.

Tal como se aprecia, una crisis de esta magnitud puede sucederle a cualquier persona, porque al parecer corresponde a un punto muy importante de nuestro desarrollo como seres históricos, que estamos siempre en cambio y evolución. Para superar este trance, muchos encontrarán ayuda en la psicología y en la medicina. Pero para los cristianos, la crisis casi siempre estará relacionada con la religión mal entendida, que se expresa en inconsecuencias entre la vida práctica y las creencias, es decir, en la separación entre la fe y la vida, o simplemente, en que fuimos acumulando a lo largo de nuestra historia situaciones contradictorias y problemáticas que dejamos pasar sin enfrentar ni resolver. La solución estará en un definitivo encuentro con Dios en la profundidad de la oración.

Esta crisis es conocida en el mundo cristiano y muchos la han experimentado; unos por poco tiempo, otros por toda la vida. Algunos cuestionan sus propias prácticas religiosas, sus creencias y hasta la existencia de Dios. Se conoce como la noche oscura del alma, que es el nombre del poema y tratado del famoso místico español del siglo XVI Juan de la Cruz, que la vivió por un tiempo prolongado.

La crisis de la que hablamos hay que entenderla como una situación en la que Dios nos pone para que demos un vuelco en nuestra vida, para que experimentemos un gran cambio y avancemos positivamente.

Cuando Jesús acudió al río Jordán para recibir el bautismo de Juan lo hizo junto a mucha gente. Después del bautismo Jesús estaba apartado orando; fue ahí cuando tuvo una revelación impactante: el cielo se abrió indicando que él había llegado a una plena comunicación con Dios, y el Espíritu Santo descendió sobre Jesús en forma de paloma, al mismo tiempo que una voz del cielo, la voz de Dios, le dijo que él era su Hijo amado, y que se complacía en él (Lc 3:21-22). Movido por el Espíritu Santo, Jesús se retiró a la soledad del desierto durante cuarenta días para decidir sobre su vida, para reflexionar sobre lo que le correspondía hacer como Hijo amado de Dios y sobre cómo atraer a la gente para mostrarles el verdadero rostro de su Padre. Al final de este período estaba débil y sintió hambre. Fue cuando lo tentó el diablo invitándolo a cumplir su misión eligiendo caminos errados: “Si eres el Hijo de Dios, usa tus poderes para servirte a ti mismo; asegura a la gente el pan y te seguirán”, o “Si eres Hijo de Dios la gente te seguirá si haces actos espectaculares como arrojarte del pináculo del templo. Nada te pasará porque Dios tiene que protegerte”. O bien, “Si me adoras y me sirves, tendrás todas las riquezas del mundo, porque me pertenecen; así serás poderoso y toda la gente te seguirá”. Jesús rechaza estos falsos caminos sugeridos, y declara que sólo a Dios se debe adorar y hacer su voluntad. Jesús regresa a Galilea lleno del Espíritu Santo proclamando la cercanía del reino de Dios (Lc 4:1-15).

En una crisis estamos llamados a dar un paso adelante y a superar una etapa confusa y angustiosa de nuestras vidas, pero este tiempo de cuestionamiento existencial podremos transformarlo en el inicio de un camino que nos lleve a la obtención de una mayor autoconciencia y a un profundo crecimiento espiritual, lo que traerá un cambio total de nuestra vida, de nuestro modo de pensar y de nuestros actos.

En conclusión, cada crisis de nuestra existencia es una oportunidad única para descubrirnos a nosotros mismos y para encontrar a Dios en el profundo silencio del alma. Cada callejón sin salida, cada sensación de derrota, cada dolor y sufrimiento son ocasiones para emerger renovados y más fuertes, con una visión más clara de nuestras vidas y con decisiones más adecuadas para guiar nuestro camino. Así como Jesus experimentó su crisis en el desierto, somos llamados a enfrentar nuestras propias dificultades y a tomar decisiones cruciales que puedan afectar el curso de nuestras vidas. Sólo a través de este proceso podemos crecer, evolucionar y avanzar en nuestro camino hacia Dios. Recordemos que no estamos solos en estos momentos de oscuridad, aunque así lo sintamos. Dios está siempre con nosotros, guiándonos hacia su luz. La crisis puede ser dura, incluso devastadora, pero también puede ser el trampolín hacia un encuentro más profundo y significativo con nosotros mismos y con Dios. Esta es la gran paradoja y el gran regalo de la crisis: a través de ella nos es posible tocar lo más profundo de nuestra humanidad y experimentar al mismo tiempo la presencia constante y amorosa de Dios en nuestras vidas.