La Luz de la Oración puede Iluminar un Mundo de Confusiones
El mundo en que vivimos es similar a la parábola del trigo y la mala hierba que Jesús narró un día a sus seguidores: les dijo que el dueño de un campo sembró buen trigo que creció vigoroso, pero cuando sus trabajadores estaban dormidos, vino su enemigo y sembró mala hierba, la que creció junto con el trigo. Los trabajadores propusieron al dueño arrancar la mala hierba, pero él les ordenó que no lo hicieran para no dañar también el trigo y que dejaran que crecieran y se desarrollaran juntos porque al llegar a la madurez se podrá mostrar claramente quién es quién. Entonces se arrancará la mala hierba para arrojarla al fuego, y después se cosechará el buen trigo para llenar los graneros (Mt 13:24-30).
En efecto, así como la mala hierba crece mezclada con el trigo, nosotros vivimos en un mundo de luces y de sombras, en el que se mezclan lo bueno y lo malo, lo justo y lo injusto, lo derecho y lo torcido. A diario nos encontramos con actos de generosidad y de egoísmo, de maldad y de bondad.
Esto sucede porque el mundo no se divide entre buenos y malos o entre justos e injustos, sino que la frontera entre el bien y del mal pasa por nuestros corazones, por lo que todos debemos optar durante nuestro tiempo histórico, es decir, durante nuestra vida, por el bien o por el mal. Elegimos cada día vivir en amistad con Dios y encontrar así la paz y la felicidad, o, al contrario, alejarnos de él y buscar en otra parte la plenitud de nuestra existencia.
Vivimos permanentemente entre una dualidad de motivos opuestos que nos atraen; en nuestros corazones crecen juntos el trigo y la mala hierba de la parábola de Jesús.
Pero esta situación de dualidad o de motivaciones opuestas que nos atraen pareciera resolverse en nuestro tiempo por el predominio del mal, como si la mala hierba ahogara al trigo y no lo dejara manifestarse.
Se sabe que cada día crece el número de personas que se sienten desamparadas, en gran angustia y soledad, viviendo una vida sin sentido, apenas de sobrevivencia, en un mundo de personas donde algunos sólo funcionan con medicamentos y drogas. Las personas igualmente ven con temor cómo las seguridades espirituales que antes daban las iglesias y la religión, y que sostenían a gran parte de la gente, desaparecen rápidamente del horizonte del ser humano a medida que la sociedad toma nuevos rumbos, desconfiando en general de toda institución.
La sensación de vivir una realidad que cada vez se hace más impredecible y confusa se debe también a ciertas tendencias y fuerzas mundiales que se han propuesto despojar al ser humano de su hábitat cultural y emocional, del que las personas obtenían apoyo, guía y protección. En este sentido se encuentra el debilitamiento del Estado, como ente responsable de la organización de la sociedad, que tiene también el deber de proporcionar a sus súbditos muchas de las seguridades necesarias para vivir una vida normal.
Se suma a lo anterior la destrucción paulatina de la familia y su reemplazo por otros tipos de uniones, algunas casi incomprensibles, pero atractivas en el marco de las tendencias actuales. Por esto muchas personas se encuentran sin la protección real de un grupo familiar capaz de dar un respaldo sólido a sus integrantes, que cada vez más pierden sus vínculos entre sí.
Al mismo tiempo los medios masivos de comunicación refuerzan esta visión negativa de la realidad cuando nos transmiten preferentemente los actos de individuos y grupos violentos, que no muestran respeto por la vida, y que ocupan la mayor parte del tiempo de noticiarios y comentarios periodísticos, al parecer con la finalidad de demostrar que el mal es la fuerza que predomina en un mundo ya condenado al fracaso y la destrucción.
Pero el mal, a pesar de todo el ruido que hace, no es la única fuerza que maneja el mundo, ni mucho menos es la principal, porque el bien, actuando muchas veces en forma discreta y casi sin publicidad va haciendo su obra en forma persistente, en todos los ambientes, llevando la verdad y la esperanza a mucha gente, mostrando que a pesar del éxito aparente del mal, muchas personas están construyendo un mundo nuevo que llegará a su culminación con el triunfo del bien.
La Oración entrega a las personas la fuerza y la seguridad necesarias para enfrentar con ánimo y claridad los difíciles momentos del acontecer diario; las impulsará también a adoptar una forma de vida adecuada para integrarse a la comunidad de la mejor forma, contribuyendo con sus obras y sus palabras a establecer un mundo cada vez mejor.
Es así que son innumerables los que entregan sus vidas al servicio de su familia y de la comunidad, que se destacan por sus actos de bondad y de amor al prójimo. Son aquellos que en forma pública o anónima toman iniciativas para ir en ayuda de los que tienen carencias económicas, de salud o afectivas; muchas veces son iniciativas individuales, otras son de personas que forman parte de organizaciones solidarias que con cariño y buena voluntad dan vida al mandato de amar al prójimo como a sí mismo. El mundo está lleno de estas personas y organizaciones solidarias, que velan por sus familiares, por sus amigos y vecinos, y por aquellos que buscan un apoyo para vivir o lograr sus proyectos. La solidaridad y el amor entre las personas, que es mucho mayor de lo que habitualmente apreciamos, es una fuerza que sostiene el mundo y hace posible habitar en él. Es el trigo que crece y se abre paso vigoroso entre la mala hierba hasta lograr el triunfo definitivo del bien, lo que a su tiempo hará posible la manifestación del reino de Dios entre la gente.