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title: "Capítulo 25"
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# La Oración del Padre Nuestro

Jesús enseñó a sus discípulos el Padre Nuestro, que es la oración perfecta que nos muestra cómo debemos rezar y nos indica la manera más adecuada de dirigirnos a Dios.

El Padre Nuestro es la oración del Señor y nuestra principal oración, por lo que necesitamos entender y meditar su contenido cada vez que invoquemos a Dios con ella. En el Nuevo Testamento encontramos dos versiones. En el evangelio del apóstol Mateo encontramos la que se reza tradicionalmente (Mt 6:9-13); por su parte, el apóstol Lucas incorpora un texto más corto, pero que contiene lo fundamental de esta oración (Lc 11:2-4).

Jesús enseña que no es necesario orar con muchas palabras ni con largos discursos como los que creen equivocadamente que así harán una oración más eficaz que será escuchada por Dios (Mt 6:5-7). A sus discípulos, en cambio, los invita a responder al llamado de Dios invocándolo con una oración breve en la que se lo reconoce como Padre de todos, se clama por sus dones y se pide su  guía y protección:

*Padre nuestro, que estás en el cielo,*  
*santificado sea tu Nombre.*  
*Venga a nosotros tu reino.*  
*Hágase tu voluntad*  
*en la tierra como en el cielo.*

*Danos hoy nuestro pan de cada día.*  
*Perdona nuestras ofensas*  
*como también nosotros perdonamos*  
*a los que nos ofenden.*  
*No nos dejes caer en la tentación,*  
*y líbranos del mal. Amén.* 

El Padre Nuestro es una invocación a Dios que contiene siete peticiones; las tres primeras piden que Dios se manifieste con toda su plenitud en su creación, en tanto que las cuatro siguientes piden la ayuda de Dios para los seres humanos.

*Padre Nuestro, que estás en el cielo.*

Jesús invoca a Dios como Padre; se dirigía así a él con toda propiedad porque Jesús es el Hijo de Dios. Pero también lo muestra como Padre de todos los seres humanos y de toda la creación. Se dirige a él con gran confianza llamándolo Padre Nuestro. Él es nuestro Padre porque todo vive o existe por él; el apóstol Pablo dice que en él existimos, que en él nos movemos (Hch 17:28). Se preocupa por todos y a todos les da la vida. Llamados a ser hijos suyos, es bueno que nos esforzemos por ser hijos dignos llegando a ser perfectos como el Padre es perfecto (Mt 5:48).

El Padre está muy cercano a su creación y comunica la vida a todos los seres. Sin embargo, él es mayor y distinto al universo creado. No es una fuerza o energía universal impersonal. Al contrario, Dios es una persona espiritual trascendente; es el absoluto, el invisible, al que nadie ha visto jamás; es mucho más que su creación y no debe confundirse con ella. Por eso Jesús dice que el Padre está en el cielo, es decir, en la luz inaccesible, en otra dimensión, en otra realidad a la que, sin embargo, debemos aspirar. Él mismo es el cielo, es la luz inaccesible de la que habla el apóstol Pablo (1 Ti 6:16).

*Santificado sea tu Nombre.*

El nombre de una persona es la persona misma. Por eso pedimos al Padre que su Nombre sea santificado, es decir, que manifieste su santidad para que todos reconozcan que él es el único santo porque reúne en sí todo el bien, toda la perfección, y nos corresponde alabarlo, bendecirlo, adorarlo y darle gracias, sabiendo que suyo es el reino, el poder y la gloria.

Al mismo tiempo debemos santificar a Dios con nuestro testimonio de una vida ejemplar que nos acerque cada día más a su perfección; esto permitirá que nuestros buenos actos llamen al prójimo a acercarse al Padre. Al contrario, es posible que por nuestros malos testimonios, por nuestros errados ejemplos y por nuestras inconsecuencias haya personas cercanas a nosotros que se alejen de Dios.

*Venga a nosotros tu reino.*

Jesús vino a anunciar el reino de Dios (Mr 1:14). Nos enseña que debemos pedir que venga su reino, es decir, que Dios se manifieste plenamente en el mundo, en la historia, en los acontecimientos, en las instituciones, y en primer lugar, en el corazón de los seres humanos. Porque aunque ahora el reino de este mundo pertenece al enemigo, Jesús ya lo venció (Jn 12:31); por eso nos enseña que el reino de Dios viene y ya está aquí, entre los seres humanos (Lc 17:20-21).

*Hágase tu voluntad  
en la tierra como en el cielo.*

Pedimos al Padre que su voluntad se haga en la tierra, así como se hace en el cielo; es decir, el cielo es el modelo, y se ora para que en la tierra ocurra lo mismo que en el cielo. La voluntad de Dios es que toda su creación alcance la plenitud y la felicidad al conocerlo y darle gloria, unidos todos a él en la vida eterna. Sabemos que la vida eterna no es un tiempo más largo, sino otra manera de existir compartiendo la vida de Dios. Su voluntad es que cada uno con su decisión personal elija hacer el bien superando los obstáculos y las pruebas, para manifestar y apresurar la llegada del reino. Así lo hizo Jesús en Getsemaní al afrontar la prueba suprema que se acercaba: su muerte en la cruz. En su oración pidió que se hiciera la voluntad del Padre y no la suya (Mt 26:39).

*Danos hoy nuestro pan de cada día.*

En la oración del Padre Nuestro, Jesús nos enseña también que debemos pedirle cosas buenas a Dios, porque es nuestro Padre; que debemos hacer oraciones de petición porque de él viene todo. Esto hará que aumente nuestra confianza en él, en su poder, en su misericordia y bondad. Por eso le pedimos el pan cotidiano, el de hoy, y confiamos en que lo recibiremos; pero no pedimos el pan para mañana, tal como lo enseñó Jesús (Mt 6:31-34) y como sucedía con el maná, que todos los días estaba disponible para los israelitas en el desierto (Éx 16:4); debemos creer que junto a nosotros está Dios para proveernos.  

Pero aquí no se trata sólo del sustento diario o de nuestra vestimenta, necesidades que el Padre conoce antes de que lo pidamos (Mt 6:8). Sabemos que no sólo de pan vive el hombre, sino de todo lo que sale de la boca del Señor, esto es, de toda palabra de Dios (Dt 8:3); es decir, lo que estamos pidiendo es vivir haciendo su voluntad. Nuestro pan de cada día es también la presencia de Dios en nuestro corazón, para que sea el centro de nuestras vidas.

*Perdona nuestras ofensas  
como también nosotros perdonamos  
a los que nos ofenden.*

A continuación pedimos que el Padre nos perdone nuestras ofensas o deudas. 

Cuando invocamos el perdón de Dios es porque muchas veces no le entregamos nuestro amor por sobre todo lo que existe, nuestro reconocimiento y gratitud, según la enseñanza más grande que es la de amar a Dios con todo el corazón, con toda la mente y con toda la fuerza (Mt 22:34-40). Nosotros muchas veces no reconocemos su poder y su gloria, no agradecemos la vida que nos da y que todo viene de Dios; no valoramos la vida eterna a la que nos llama y nos apartamos continuamente de su palabra, optando por vivir lejos de él. Esa es la deuda que tenemos con Dios, por descuido, por negligencia, por falta de fe y por falta de amor.

Dios nos perdona siempre; a pesar de nuestra ingratitud, él nos espera siempre como nos enseña Jesús en la parábola del hijo pródigo (Lc 15:11-32). Pero para que esto suceda, debemos perdonar a nuestro prójimo cuando está en deuda con nosotros: cuando no reconoce nuestros méritos, cuando nos calumnia, no agradece el bien que le hacemos, nos difama, destruye nuestra imagen, nos perjudica abiertamente. Porque si no perdonamos a nuestros deudores, el Padre tampoco nos perdonará. Esto lo explica claramente Jesús en la parábola del siervo desalmado: un rey decidió arreglar cuentas con sus servidores. Uno de ellos le debía diez mil monedas de oro; como no podía pagar, el siervo suplicó y el rey le perdonó toda la deuda. Pero el siervo luego encontró a uno que le debía cien monedas, y al no pagarle la deuda, lo echó a la cárcel hasta que pagara todo. Al saber esto, el rey castigó duramente a este servidor desalmado, que sabiendo que él mismo había sido perdonado, no perdonó esa pequeña deuda de su compañero (Mt 18:23-35). Jesús enseñó esta parábola para decirnos que siempre debemos perdonar a nuestros deudores para así darnos cuenta de que Dios continuamente nos está perdonando y dándonos la vida y todo lo que tenemos a pesar de que siempre estamos fallando y cometiendo errores y equivocaciones.

*No nos dejes caer en la tentación,  
y líbranos del mal. Amén.*

Nuestra condición humana nos hace movernos entre el bien y el mal. Crecen juntos en nuestro interior el trigo y la mala hierba de la parábola (Mt 13:24-30). En esta condición, Dios nos prueba continuamente para conocer nuestro corazón (Dt 8:2) y para fortalecernos al elegir lo bueno. El apóstol Pedro en su primera carta nos dice que las pruebas que soportamos son parte de los sufrimientos de Cristo y, al superarlas, se transformarán en alegría cuando se muestre definitivamente su gloria (1 P 4:12-13).

Es cierto que nos proponemos vivir en forma correcta, pero el mal nos atrae con fuerza y nuestras dificultades y problemas nos llevan a apartarnos del bien (Ro 7:15-24). Entonces el espíritu del mal aprovecha nuestras debilidades para tentarnos ofreciéndonos soluciones que parecen deseables y buenas; sin  embargo, el propósito del espíritu del mal es desilusionarnos y llevarnos al fracaso y a la desesperación. Por eso pedimos a Dios que no nos deje caer en la tentación, sino que, por el contrario, nos libre del poder del mal, del poder del maligno. Y nos responde con las palabras de Jesús, que dice a sus discípulos la noche que fue apresado en Getsemaní que velen y oren para que no sean dominados por la tentación (Mt 26:41).

Cuando estamos viviendo una crisis en nuestra vida, cuando estamos siendo probados y caemos en la angustia y nos sentimos casi sin salida, pedimos a Dios que nos proteja y nos dé fe para no ceder ante las fuerzas que nos llevan a apartarnos de su voluntad. Pedimos a Dios que nos libre del espíritu del mal, que nos tienta cuando nos encuentra débiles y vulnerables; porque si somos dominados por la tentación, el mal nos destruirá. Pero el apóstol Pablo nos dice que Dios no permite que una persona sea tentada más allá de lo que pueda resistir (1 Co 12:13); por eso pedimos que Dios nos ayude a resistir la fuerza del mal.
