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title: "Capítulo 18"
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# La Oración de Discernimiento en un Mundo de Incertidumbres

Discernir es la capacidad de las personas para distinguir los distintos aspectos de una situación, de un acontecimiento, de las palabras pronunciadas por alguien, de aquello que se nos propone o de lo que nos invitan a hacer, y actuar consecuentemente.

Una oración de discernimiento espiritual se hace para que Dios nos permita distinguir o diferenciar claramente lo bueno de lo malo, que en el mundo y en nuestro interior marchan confundidos y entrelazados, como el trigo crece junto con la mala hierba.

En efecto, vivimos en un mundo de incertidumbres donde no es fácil moverse, un mundo donde los acontecimientos y las personas se vuelven impredecibles; por eso necesitamos la capacidad para poder discernir y así actuar del mejor modo.

A lo más profundo de nuestra persona llegan las tendencias del mundo mediante las palabras de otros con sugestiones, insinuaciones y valoraciones; o mediante los medios de comunicación recibiendo opiniones en relación con lo que se considera de avanzada y de lo que piensan o creen las mayorías, de modo que nuestra mente se llena de un sinnúmero de pensamientos, unos rectos, otros erráticos.

Somos caminantes en busca de Dios, pero tenemos muchas vías que se nos presentan y muchas decisiones que tomar para poder movernos de la mejor forma en este mundo. Por esto tenemos la necesidad de discernir la voluntad de Dios, saber lo que Dios quiere de nosotros, porque él conoce esa zona interior de cada persona donde se encuentran nuestros anhelos, nuestros secretos más íntimos, lo que nos pertenece sólo a nosotros. En esa intimidad podemos escuchar a Dios, que conoce nuestros motivos y actos con más profundidad que nosotros mismos. Si muchas veces nos cuesta discernir su voluntad es porque los caminos del Señor son misteriosos, aunque sabemos que siempre Dios procura nuestro bien y nos irá guiando y podando de asperezas hasta que podamos reconocerlo y discernir su voluntad.

En la Primera Carta de Juan, su autor nos llama a tener la capacidad para discernir los espíritus, es decir, para distinguir las inspiraciones o influencias que a diario nos propone el mundo, y de esta manera entender claramente lo que viene de Dios. Para esto estamos invitados a guiarnos por las enseñanzas de Jesús (1 Jn 4: 1-3).

Aplicar los criterios adecuados nos permitirá discernir correctamente para tomar las buenas decisiones que deseamos.

El apóstol Pablo señala como criterio seguro la búsqueda del bien de los demás para tomar decisiones y actuar. Por eso nos dice que, de acuerdo con la libertad cristiana, para una persona todo es lícito, todo está permitido, pero no todo lo que se puede hacer es provechoso ni conveniente, ya que no sólo se debe pensar en uno mismo, sino en el bienestar de los otros (1 Co 10:23-24).

En su evangelio Jesús nos propone enseñanzas que nos pueden guiar a discernir las situaciones, como no mirar la paja en el ojo ajeno, sino mirar primero las faltas o errores de uno mismo (Mt 7:3-5), o a no responder del mismo modo las ofensas recibidas (Mt 5:39).

Jesús nos enseña, por otra parte, cómo debemos actuar para que se produzcan buenas relaciones recíprocas entre las personas: es bueno hacer con los demás tal como queremos que los demás hagan con nosotros (Mt 7:12). Esta norma o máxima de conducta sirve como guía para resolver las situaciones difíciles que se nos presentan al relacionarnos con los demás.

Jesús también nos entrega como criterio de discernimiento y de acción la mayor enseñanza religiosa de la Biblia que es la de amar al Señor con todo el corazón, con toda la fuerza y con toda la inteligencia, y al prójimo como a uno mismo (Mr 12:29-31).

Al desglosar estas enseñanzas queda claro que amar a Dios sobre todas las cosas nos lleva a tomar la decisión de no adorar dioses falsos o ídolos, tales como una ideología o las fuerzas políticas o económicas; nos indica también que no debemos someternos a otras personas o a los bienes del mundo, ya que todo esto es relativo y contingente; son cosas que hoy están y mañana desaparecen. El único absoluto es Dios, que permanece para siempre.

Amarse a sí mismo es un criterio de discernimiento y acción que nos ayuda a tomar decisiones que beneficien el bienestar propio, como mantener una buena salud llevando una vida sana de cuerpo y mente; trabajar, descansar y buscar la calma y tranquilidad para poder discernir, sin dejarse esclavizar por vicios y costumbres usuales en nuestro tiempo; mantener la mente abierta, dispuesta a recibir influencias positivas de otras personas o de buenos libros, prefiriendo  ambientes favorables para convivir con los demás. Amarse a sí mismo significa, además, eliminar la exposición de la persona a materiales de baja calidad que promueven la violencia, la falta de respeto por la vida y el egoísmo, ya que todo esto produce un efecto negativo en la mente y la programa para pensar y actuar de forma también negativa. Por eso en los Salmos leemos que es dichosa la persona que no hace caso a los malvados, ni sigue sus caminos ni los escucha ni se reúne con ellos, porque son como la paja que el viento se lleva (Sal 1:1 y Sal 1:4).

El criterio de amar al prójimo significa que la persona tiene que esforzarse por buscar el bienestar de los otros y no ver en los demás sólo sus problemas y defectos, sino ver lo bueno que tiene cada uno. Amar al prójimo significa creer en el otro a pesar de todo, esperar siempre algo positivo de él, saber que puede cambiar, sin que importe su edad o rango intelectual (Jn 3:3-8), porque todos los seres humanos tienen cosas buenas en el corazón, ya que todos hemos sido formados a imagen de Dios.

En conclusión, discernir es un don que Dios nos ha dado para movernos en el mundo, para distinguir entre lo bueno y lo malo, y para tomar decisiones sabias para nuestro beneficio y el de los demás. Necesitamos cultivar esta habilidad a través de la oración y la reflexión. Las enseñanzas de Jesús nos dan una guía para discernir y actuar, siempre buscando lo fundamental que es amar a Dios con todo nuestro corazón, con todas nuestras fuerzas y con toda nuestra inteligencia, y amándonos a nosotros mismos y a los demás. Recordemos que, a pesar de la incertidumbre y caos del mundo, Dios está con nosotros, nos conoce mejor de lo que nos conocemos a nosotros mismos, y que siempre busca nuestro bien.
