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title: "Capítulo 10"
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# Dios es el Centro de Nuestras Vidas y nos Llama a Vivir en su Presencia

Dios nos creó libres, lo que significa que tenemos la capacidad de tomar decisiones propias de acuerdo con nuestra inteligencia, con nuestra historia personal y las influencias de otras personas. Pero cuando entendemos mal el uso de nuestra libertad, esto puede llevarnos a desconocer al Dios que nos creó y del cual recibimos todo, a pesar de que de diversas maneras nos muestra su presencia. Como consecuencia queremos vivir según nuestras propias normas; pero aunque creamos gozar de libertad y de autonomía, nos sentimos abandonados en el mundo, viviendo una existencia donde todo se vuelve confusión e incertidumbre (Ro 1:19-25).

Sabemos, entonces, que vivir lejos de Dios es imposible, porque como lo dice el apóstol Pablo, Dios hizo todas las cosas que existen, y creó a los seres humanos  para que vivan en un tiempo y lugar determinados y ahí puedan encontrarlo, aunque sea de forma imperfecta, porque Dios está siempre cerca ya que en él vivimos, en él nos movemos y en él existimos, de tal manera que todo lo recibimos de Dios aunque no lo sepamos (Hch 17:24-28) o no lo aceptemos.

Por eso todas las personas necesitamos estar cerca de Dios para no perder nuestro estado natural y así alcanzar la plenitud, porque hemos sido hechos para estar unidos profundamente a nuestro Creador: 

> ``` text
Un árbol plantó el Señor,
Le costó mucho trabajo,
Con las raíces arriba
Y los ganchos para abajo.
```

Como dicen estos versos populares, somos como un árbol plantado al revés, con las raíces hacia lo alto, hacia Dios, pero con el tronco, las ramas y los frutos sumergidos en el mundo, en nuestras circunstancias de tiempo y lugar, es decir, en nuestra historia.

Entonces, cuando procuramos una autonomía mal entendida, estamos cortando los vínculos que nos unen a Dios; luego, como consecuencia, habitamos un mundo de injusticias y confusiones, sin que podamos manejar bien los acontecimientos que nos toca vivir porque nos sobrepasan y llegan a angustiarnos y confundirnos.

En el tercer capítulo del Génesis, el primer libro de la Biblia, se muestran claramente las consecuencias de esta tendencia permanente, producto de la libertad de los seres humanos, que nos lleva a apartarnos de Dios para obtener una total autonomía y con ella una felicidad más supuesta que real. Adán y Eva, en el paraíso terrenal, optaron por comer del único fruto prohibido por Dios: los frutos del árbol del bien y del mal. Esto significa que ellos quisieron manejar los criterios del bien y del mal, es decir, quisieron decidir por sí mismos lo que es bueno y lo que es malo. Estaban seguros de que así tendrían una vida más plena; pero, en realidad, obtuvieron el sufrimiento y la muerte al destruir los vínculos con Dios, centro de la persona.

Efectivamente, en ese capítulo del Génesis quedan claras las cuatro consecuencias que se originan en esta decisión que nos aleja de nuestro centro: son cuatro rupturas que desestabilizan a las personas, y que finalmente son fuente de sufrimientos.

1. Ruptura con Dios por la desobediencia. Dios les manda que no coman de ese fruto, es decir, que no piensen que pueden manejar el  bien y el mal según sus propios criterios, es decir, que no normalicen su relación con el mal, porque el mal será el que los maneje, y los llevará al dolor y a la muerte; porque si comen de ese fruto (es decir, si deciden tener la experiencia del mal), sin duda alguna morirán. Como consecuencia, al no obedecer, el ser humano se vuelve totalmente vulnerable. Adán y Eva, llenos de miedo se esconden de Dios (Gn 3:8).

2. Ruptura consigo mismo: se produce una ruptura del mundo interior de las personas, falta el sentido de la vida; se obtiene una vida absurda, inútil, con angustia permanente; los seres humanos quedan indefensos y expuestos. Esto se indica cuando ellos se avergonzaron porque vieron que estaban desnudos (Gn 3:7).

3. Ruptura con el prójimo, con las demás personas. Es común oír decir que el hombre es un lobo para el hombre; pero es mejor decir que el ser humano lejos de Dios es un lobo para su prójimo; y muchos tienen la sensación de que aquellos que los rodean no lo dejan ser, que le roban su libertad. Por eso Adán culpa a la mujer por la desobediencia y dice a Dios que ella lo hizo comer del fruto prohibido (Gn 3:12). Lejos de Dios, los seres humanos se convierten en enemigos unos de otros.

4. Ruptura y  enemistad con el resto de la creación, con las cosas que nos rodean. Eva trata de justificarse con Dios diciendo que comió de ese fruto porque la serpiente, un ser de la naturaleza, la engañó (Gn 3:13). La naturaleza se vuelve hostil y el ser humano debe enfrentarse continuamente a ella; por eso Dios le dice a Adán que comerá el pan con el sudor de su frente (Gn 3:17-19).

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Esta opción por una autonomía absoluta, desconociendo que Dios es el centro de nuestras vidas, que en el Génesis se presenta como la desobediencia de Adán y Eva en el paraíso terrenal, no es, sin embargo, algo propio del pasado remoto. Al contrario, es lo que nos sucede todos los días: muchas veces preferimos vivir alejados de Dios porque creemos que así viviremos mejor, que seremos más felices y libres sin su presencia en nuestras vidas, sea en el ambiente familiar, sea en nuestro trabajo o en nuestras relaciones con los demás.  
   
Sin embargo, sabemos que Dios es nuestro creador, y que de él procede todo lo que somos y lo que tenemos porque vivimos en él y está siempre cercano a nosotros manifestándose y llamándonos de muchas maneras. Nuestra mejor respuesta a Dios será darnos cuenta de su presencia llena de amor hacia nosotros y expresar nuestra gratitud por medio de la oración buscando unirnos profundamente a él, lo que nos conducirá a una vida plena, de cimientos sólidos y en uso de una libertad verdadera, propia de la persona que acepta a Dios en su corazón y que por eso lo tiene como centro de su vida.
