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title: "Capítulo 8"
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# La Oración como Respuesta al Llamado de Dios

La oración desde una perspectiva cristiana es la respuesta de una persona al llamado de Dios. En efecto, la oración nos lleva a restablecer la comunicación con lo divino, que se pierde cuando la libertad personal impulsa al ser humano a prescindir de Dios, a ignorarlo y a hacerlo desaparecer de su vida.

Dios tiene un propósito para la humanidad y para toda su creación e invita a cada persona a participar en su plan, que es la preparación y llegada de su reino. Así, cada ser humano está llamado a participar en la construcción del reino de Dios de acuerdo a los talentos o capacidades que ha recibido (Mt 25:14-30). Entonces, el propósito de la oración es lograr la disposición interior para que  Dios pueda comunicarse con nosotros y  descubrir así su voluntad, es decir, entender lo que Dios quiere para cada uno, esto es,  lo que la persona debe hacer en su situación particular, en su aquí y ahora, para colaborar en la llegada del reinado de Dios.

La oración puede hacerse en voz alta o en silencio. Frecuentemente está acompañada de expresiones corporales como la posición de las manos y de la cabeza; puede hacerse de pie o de rodillas. Esto, según la intensidad de la oración y el significado que se atribuya a los gestos de acuerdo con las costumbres de una comunidad.

Sea cual fuere la expresión corporal que usemos para orar, la oración debe hacerse con gran respeto, eligiendo el lugar más adecuado para dirigirse a Dios. Pero todo lugar sirve cuando la oración nace de lo profundo del corazón y es fruto de la inspiración del Espíritu Santo (Ro 8:26), ya que la respuesta al llamado de Dios mediante la oración es un movimiento personal que tiene lugar en lo secreto, en la profundidad del ser humano.

Es bueno orar en todo tiempo: en la alegría y en la pena; cuando estemos sacudidos por una crisis, en los éxitos y en los fracasos; cuando tengamos una vida segura y cuando nos envuelva la incertidumbre; al amanecer para que Dios nos bendiga el día que vamos a vivir; al anochecer para agradecer al Padre por los trabajos y alegrías del día; también para interceder por otros invocando para ellos la protección de Dios.

Los seres humanos vivimos en un mundo que frecuentemente se torna difícil, que es la vida cotidiana de cada uno. Muchas veces las asperezas de la vida, las necesidades de todo tipo, los enemigos, las luchas, las incomprensiones, los éxitos y los fracasos son parte de nuestro día a día.

Por lo mismo, necesitamos la fuerza de Dios, su impulso, que nos permita superar las dificultades de una vida a la que muchas veces no encontramos sentido. Necesitamos la fuerza que nos puede entregar la oración, que es la comunicación íntima con Dios.

El deseo de orar apremia a todos los seres humanos, sin excepción, pero en diferentes momentos puede ser más evidente dependiendo de las circunstancias a las que se enfrente la persona. En ciertos casos, hasta los ateos rezan cuando la vida corre peligro, porque la necesidad de orar no es un signo de debilidad o resignación; al contrario, significa buscar una comunicación profunda con Dios, que nos conoce de manera perfecta y nos ama más que nadie en este mundo (Isaías 49: 15).
