---
title: "Capítulo 7"
url: "https://libros.ambrosiotroncoso.com/2/respuesta-al-llamado-de-dios/15/capitulo-7"
---

# El Llamado de Dios y la Necesidad de Orar

La religión es el esfuerzo de los seres humanos para relacionarse con el mundo espiritual y así intentar entender la realidad que habita. En este sentido, es tan antigua como la humanidad, ya que desde tiempos inmemoriales la gente buscó en la religión explicaciones que pudieran aclarar los misterios del universo: la existencia de los seres humanos sobre la tierra, el nacimiento, la muerte, las enfermedades, los sucesos imprevistos, los fenómenos naturales. En este sentido, todos los pueblos son religiosos, tanto los más antiguos de que se tenga memoria, como los seres humanos modernos.

Sin embargo, y de acuerdo con las enseñanzas de la Biblia, el proceso que lleva a la comunicación con el mundo espiritual se origina en un llamado permanente de Dios a las personas, a quienes invita a conocerlo y a participar de su vida, aunque respetando la libertad de cada una de ellas. En efecto, la Biblia muestra en muchas de sus narraciones que Dios es quien busca a los seres humanos y los llama de distintos modos para relacionarse de manera personal con ellos.

Es Jesús, quien, recogiendo en forma profunda la tradición bíblica, enseña que Dios es un Padre cercano que constantemente busca a las personas, sin tomar en cuenta su condición social o moral, que llama a los que se sienten perdidos, a los que no llevan una vida ejemplar, a los que creen que están abandonados por Dios. Así, es a ellos a quienes Jesús busca de manera especial: un día llamó a Mateo, cobrador de impuestos para los romanos, y cuando más tarde en su casa comía con él y otra gente de mala fama, recibió por esto el reproche de los maestros de la ley. Jesús les respondió que él no venía a llamar a los justos sino a los pecadores, con el propósito de que así puedan cambiar su vida (Lc 5:27-32). Porque ante el llamado de Dios, tan cercano a los seres humanos, la respuesta esperada es la aceptación del llamado, que debe manifestarse en un cambio en la manera de pensar, en un cambio de la mente, para que luego se produzca un cambio de toda la vida, como lo indica el apóstol Pablo en su Carta a los Romanos (Ro 12:2).

De acuerdo con esto, en la Biblia la oración deja de ser parte de un conjunto de prácticas usadas por las personas para intentar acercarse a lo espiritual, sino que la oración es la respuesta de una persona al llamado de Dios, vale decir, es la disposición de escuchar a Dios que se comunica con la persona en lo profundo del corazón, en la intimidad, en lo secreto, y que la invita a transformar su vida para conocerlo y hacer su voluntad.

Como la respuesta del ser humano al llamado de Dios es la oración, podemos decir con plena seguridad que toda persona ha sentido alguna vez la necesidad de orar, es decir, la necesidad de acercarse a Dios.

En efecto, en estados de profunda alegría por la llegada de un niño o por el esperado éxito laboral de un hijo, o asombrados por la belleza de la creación al contemplar el mar, los bosques y las nubes que cubren las montañas, nos hemos propuesto agradecer a Dios por la oportunidad de apreciar estas maravillas.

De la misma forma, cuando nos estremece un dolor muy grande, cuando nos sentimos solos y acosados por las circunstancias, o golpeados por nuestros enemigos, en ocasiones grandes y pequeñas, sentimos la imperiosa necesidad de recurrir a otros, a una mano que nos guíe, un libro que nos ilumine, y a Dios para apoyarnos en él.

Pero la necesidad de orar nos urge, y queremos implorar a Dios, que sentimos cercano, o al que nos mostraron en nuestra infancia, lejano ya para muchos, o al que creemos conocer, quizás porque alguna vez lo hemos celebrado en ceremonias o cultos religiosos.

Muchos tenemos la sensación, en estas situaciones extremas, de que no sabemos cómo expresar esa profunda necesidad de oración que sentimos en nuestro interior, y nos damos cuenta de que no sabemos cómo orar. Pero, como enseña el apóstol Pablo, el mismo Espíritu Santo ruega por nosotros de manera misteriosa y profunda, presentando nuestras inquietudes, contradicciones y secretos ante la presencia de Dios (Ro 8:26-27).

