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title: "La Oración, una Respuesta al Llamado de Dios"
author: "Ambrosio Troncoso Sandoval"
url: "https://libros.ambrosiotroncoso.com/2/respuesta-al-llamado-de-dios"
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Copyright © 2024-2026 Ambrosio Troncoso Sandoval.
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www.ambrosiotroncoso.com

Arte original portada por gottberg.

v3.1

Este libro está dedicado a mi esposa Argelia.

# Prefacio

Este libro propone que a través de la oración las personas pueden descubrir la senda que los conduce hacia la alegría y la paz, y a encontrar la luz que ilumine su existencia. Nos referimos a la comprensión y práctica de la oración cristiana, es decir, de la oración fundada en los textos sagrados de la Biblia, y específicamente, en las enseñanzas de Jesús, contenidas en los evangelios y demás escritos del Nuevo Testamento.

Reunimos aquí los principales tipos de oración cristiana, que representan las diversas respuestas esenciales del ser humano ante el llamado espiritual. Pero, por otra parte, sin importar la fe o creencias de cada uno, estas páginas invitan a explorar la esencia universal del anhelo humano por la conexión espiritual.

Precisamente, la motivación por conocer e intentar actualizar en la vida diaria los variados tipos de oración arraigados en las enseñanzas de Jesús ha sido la fuerza impulsora de la creación de este libro, que se comparte con la aspiración de que pueda ser un aporte valioso para aquellos que buscan fortalecer sus creencias y compromiso con la fe cristiana. No obstante, su alcance va más allá, ya que puede ser un recurso para todos aquellos que anhelan encontrar un camino firme y seguro que les guíe con mayor certeza a través del desafiante panorama que ofrecen los tiempos actuales.

Ambrosio G. Troncoso Sandoval  
Constitución, abril 2026, Chile.

# Introducción

Este libro contiene los principales modelos de oración cristiana. Aunque muchos de ellos se pueden hallar dispersos en diversas publicaciones, rara vez se presentan de forma ordenada y cohesiva. 

Basadas en las enseñanzas de Jesús y respaldadas por los textos bíblicos, estas formas de oración ofrecen al lector una guía para entender cuándo y cómo recurrir a ellas según las circunstancias de su vida. Su propósito es facilitar un encuentro más profundo y personal con Dios, inspirado por estos modelos de oración.

Se presentan en este libro 28 capítulos concisos, fundamentados en la convicción de que la oración es una respuesta al constante llamado de Dios hacia los seres humanos. 

Dios se dirige a cada individuo considerando su identidad única, marcada por su historia, el tiempo y el lugar en el que vive y sus circunstancias personales. El llamado es personalizado, adaptado a las vivencias, alegrías y penas que cada uno ha experimentado, a las realidades del presente y a las expectativas y anhelos frente al futuro incierto, porque Dios conoce nuestras circunstancias incluso mejor que nosotros mismos.

Las personas pueden responder al llamado de Dios en distintas fases de su vida; muchos responderán al amanecer, algunos a mediodía y otros cuando el sol está por ponerse (Mt 20:1-16). Y cada uno responderá a su tiempo y a su manera. Y la respuesta que da el ser humano se manifiesta en la oración, que se muestra de muchas formas, ya sea en el silencio del corazón, o expresada como clamor a Dios, como gratitud, como alabanza o como la decisión de la entrega personal.

El texto contiene la descripción, análisis y meditación de estos modelos universales de oración, que podemos emplear en momentos diferentes de nuestra historia personal. Incluye también el análisis y comentario de algunas oraciones tradicionales y también sobre algunas circunstancias especiales, como los momentos de crisis que pueden afectar a las personas en su vida. 

Los capítulos de este libro, concisos y acotados, están dispuestos en un orden  basado en el contenido que abordan, ya que cada uno se interrelaciona con el contexto proporcionado por los demás temas. Sin embargo, se ha diseñado cada capítulo para que también sea autocontenido. De este modo, los lectores pueden optar por seguir el orden establecido o explorar los temas según sus propias necesidades e intereses, e incluso dirigirse directamente a un tema específico si así lo desean, consultando el índice, diseñado para esto.

Ciertos capítulos se acompañan de oraciones inspiradas en los textos bíblicos que respaldan el tema abordado. Esto no solo enriquece la comprensión, sino que también alienta a los lectores a diseñar sus propias oraciones, reflejando en ellas sus vivencias personales, y encontrando inspiración en los textos bíblicos y en las enseñanzas de Jesús.

# Debemos Saber lo Fundamental Sobre la Naturaleza de Dios

Dios existe eternamente como Dios único. Pero siendo un solo Dios, es una unión de tres personas: el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. Las tres personas comparten la misma naturaleza divina.

En las cartas y otros escritos de los apóstoles encontramos la proclamación de Dios como uno y trino: en la despedida de la Segunda Carta a los Corintios, el apóstol Pablo les desea que la gracia del Señor Jesús, el amor del Padre y la comunión del Espíritu santo permanezcan en esa comunidad (2 Co 13:11-14). Y en la Carta a los Efesios los exhorta a mantener la unidad que proviene del Espíritu Santo, porque hay un solo Señor, que es Jesús, y un solo Dios y Padre de todos, que está en todos y actúa por medio de todos (Ef 4:3-6).

Dios Padre se revela a los seres humanos como único Dios en el Antiguo Testamento llegando a establecer una alianza con Israel mediante Moisés, mediador entre Dios y el pueblo. Esta alianza  finaliza cuando Dios envía a su Hijo hecho hombre, que revela y muestra a Dios como Padre misericordioso y creador de todo lo existente, cuya voluntad es manifestar la plenitud de su reino entre los seres humanos. Por su sacrificio en la cruz, Jesús reconcilia a la humanidad con Dios y trae la salvación para todos. Todo esto queda registrado en el Nuevo Testamento. Después de la muerte y resurrección de Jesús, el Padre y el Hijo envían al Espíritu Santo que trae sus dones a cada persona para que cumpla las enseñanzas de Jesús y perfeccione su vida continuamente hasta hacer la voluntad de Dios.

## Dios Padre

Dios Padre es la primera persona de la Trinidad. En el Antiguo Testamento se proclama a Dios como el único Señor al que se debe amar con todo el corazón, con toda el alma y con todas las fuerzas (Dt 6:4-5). No hay otro Dios, y ante él se doblará toda rodilla y todos reconocerán que sólo en Dios están la victoria y el poder (Is 45:22-24 y Fil 2:10-11).

Dios es una persona, es decir, es alguien que se da a conocer y al que se puede conocer. Por eso se revela ante Moisés diciéndole su nombre. Dios tiene un nombre, no es una fuerza anónima que existe en el universo. El universo es su creación.

El nombre es la identidad de la persona; con su nombre se da a conocer a otros. Dios dice a Moisés: mi nombre es YHWH, es decir, mi nombre es Yo Soy, o Yo soy el que Soy, Soy el que Es (Éx 3:14-15). En otras palabras, Dios es el que existe por sí mismo, el absoluto, que no depende de otros para existir.

Dios da a conocer su nombre, pero éste siempre es un nombre misterioso, incomprensible para el ser humano. Por eso los israelitas no pronunciaban el nombre de YHWH; lo reemplazaron por el nombre divino de Señor o Adonai.

Dios es creador de todo lo material y de lo espiritual; es independiente y distinto de todo lo creado, trasciende su creación, pero interviene en su creación y la mantiene (Mt 6:25-26). También trasciende la historia humana pero interviene en su desarrollo.

Dios es un ser espiritual; Dios es el único ser inmortal, que habita en una luz inaccesible a la que no puede acercarse nadie; nadie lo ha visto nunca ni puede verlo. El poder y el honor son suyos eternamente (1 Ti 6:16).

## El Hijo

La segunda persona de la Trinidad es el Hijo, la palabra de Dios, que antes de la creación del mundo estaba con Dios y era Dios (Jn 1:1-2).

En el misterio de la encarnación, la palabra de Dios se hizo parte de la humanidad naciendo de María como Jesús, verdadero hombre, y como el Hijo de Dios (Jn 1:14-15). Por su encarnación, Jesús tiene dos naturalezas, la humana y la divina.

Jesús padeció y fue humillado hasta la muerte en la cruz por haber hecho siempre la voluntad de Dios. Por esto Dios le dio el nombre más grande del universo que es el de Señor, y ante ese nombre divino se doblará toda rodilla en los mundos creados: en el cielo, en la tierra y en los abismos. Así todos reconocerán que Jesús es el Señor para gloria de Dios Padre (Fil 2:8-11).

Dios es invisible y nadie puede verlo, pero Jesús, que vive en unión íntima con Dios, vino al mundo para darnos a conocer a Dios (Jn 1:18). Dios se hace visible a su creación material y espiritual por medio de su Hijo hecho hombre. Todos los seres creados lo verán en Cristo Jesús resucitado, porque él es la imagen visible de Dios. Él es el resplandor de la gloria de Dios porque en Jesús reside toda la plenitud o poder de Dios y por él reconcilió consigo a todo lo que está en el cielo y en la tierra por medio de su sangre derramada en la cruz (Col 1:15-16 y Col 1:19-20).

Jesús es el sumo sacerdote de la nueva alianza y por eso es el mediador entre Dios y la humanidad. Dios hizo alianzas con los seres humanos preparando la alianza definitiva que establecería mediante su Hijo. Después del diluvio universal, Dios estableció su alianza con la humanidad y con todos los seres vivientes de la tierra, siendo Noé el mediador de este pacto (Gn 9:8-17). Para formar su pueblo de Israel Dios hizo su alianza con Abraham prometiendo a su descendencia la tierra de Canaán, mientras que Abraham debía creer en las promesas de Dios. El signo de esta alianza fue la sangre de los animales sacrificados y el mediador fue Abraham (Gn 9:1-4 y Gn 15:5-21). En la alianza del Sinaí el mediador fue Moisés: el pueblo se compromete a obedecer los mandamientos de Dios, y para Dios el pueblo israelita será su pueblo elegido (Éx 19:5-6). La alianza del Sinaí se confirmó con la sangre de los animales derramada sobre el altar y el pueblo. Esta es la antigua alianza. El sumo sacerdote del templo de Jerusalén, por esta alianza, entraba al santuario una vez al año y como mediador entre Dios y el pueblo ofrecía la sangre de los sacrificios de animales por los pecados de todos (He 9:7). Pero vino Jesús y se ofreció como sacrificio definitivo derramando su sangre para la salvación de muchos (He 9:11-12); por eso él es el sumo sacerdote en la nueva alianza y mediador entre los seres humanos y Dios (1 Ti 2:5). Es mediador porque por su sangre derramada en la cruz estableció la nueva alianza, porque habla en nombre de Dios a los seres humanos, revela quién es Dios y lo muestra como Padre que es origen de todo y que cuida toda su creación; al mismo tiempo, habla a Dios en favor de los seres humanos mediante su intercesión permanente por ellos. Jesús, el Señor, junto al Padre, intercede en forma permanente por nosotros.

## El Espíritu Santo

La tercera persona de la Trinidad es el Espíritu Santo. Al despedirse de sus discípulos en la última cena, Jesús les promete el Espíritu Santo que los guiará y les dará a conocer toda la verdad; mostrará a sus discípulos la gloria de Jesús, es decir, les hará saber quién es Jesús y la profundidad de sus enseñanzas (Jn 16:13-15); en este sentido, la Primera Carta a los Corintios enseña que nadie puede decir que Jesús es el Señor sino es por la inspiración del Espíritu Santo (1 Co 12:3).

Dios envía a los corazones el Espíritu de su Hijo para que los seres humanos lo puedan conocer como Padre lleno de amor (Gá 4:6). El Espíritu Santo es quien habita en el corazón de los seres humanos para transformar la vida de las personas, para que conozcan a Jesús y puedan llegar al Padre.

En la Carta a los Gálatas, el apóstol Pablo pide a los fieles de esa comunidad que se alejen de las malas tendencias personales que los conducen a una vida desordenada y que, en cambio, se dejen guiar por el Espíritu Santo que producirá en cada uno abundantes frutos en su vida como el amor, la alegría, la paz, la paciencia, la amabilidad, la bondad, la fidelidad, la humildad y el dominio de sí mismo (Gá 5:22-23). Y las personas que acepten en su vida a Dios recibirán algunos de los dones del Espíritu Santo, es decir, unos recibirán sabiduría, otros inteligencia, otros la fe, el don de sanar o el poder de hacer milagros, y otros la capacidad de discernir entre los espíritus falsos y el verdadero Espíritu de Dios. Estos dones están dados en beneficio de toda la comunidad (1 Co 12:8-11).

# Con Fe en el Poder de Jesús nos Acercamos a Nuestro Padre Dios

Jesús, el Hijo de Dios hecho hombre, vino a mostrarnos a Dios como Padre lleno de amor y misericordia por los seres humanos. Como dice el evangelio de Juan, Dios los amó tanto que les envió a su Hijo para que todo el que crea en él obtenga la vida eterna (Jn 3:16), porque Jesús es el camino para llegar a la presencia del Padre.

Jesús escuchó las oraciones de muchas personas que con una fe muy grande acudieron a él cuando anunciaba el reino de Dios predicando su evangelio, sanando enfermos y expulsando los espíritus malignos.

Así atendió la oración de súplica de un leproso de Cafarnaúm que lo buscó, se arrojó a sus pies y le dijo que lo limpiara si quería hacerlo. Jesús, viendo su fe lo tocó, lo sanó y lo reintegró al mismo tiempo a su comunidad (Mr 1:40-45). Jesús, en otra ocasión, escucha la oración llena de fe de un jefe de la sinagoga que le suplica por su hija que acaba de fallecer. Jesús va a su casa y devuelve la vida a la niña (Mt 9:18-26). Acoge, de igual modo, la oración silenciosa de una mujer enferma de hemorragias, que con una gran fe en el poder de Jesús, estaba firmemente convencida de que con solo tocar su manto, ella sanaría. Abriéndose paso entre la multitud, efectivamente queda sana al tocar el borde de su ropaje (Mt 9:20-22).

Jesús se admira también de la gran fe de un centurión romano que le pide que sane a su siervo enfermo. Jesús se dispone a ir a su casa, pero el oficial romano le dice que eso no es necesario, que sólo lo ordene y su siervo sanará. Jesús, admirado por la fe de este extranjero, lo despidió diciéndole que se hiciera como lo creyó, lo que efectivamente sucedió, ya que en ese momento el siervo recuperó su salud (Mt 8:5-13).

En los Hechos de los Apóstoles encontramos una oración dirigida a Jesús cuando él ya estaba resucitado, compartiendo la gloria Dios: se trata de la oración de Esteban, el primer mártir, que fue uno de los siete diáconos nombrados por los apóstoles; él se mostraba lleno de fe, hacía prodigios y con gran sabiduría y fuerza proclamaba en Jerusalén el evangelio de Jesús. Sin embargo, sus enemigos, no pudiendo resistir sus argumentos, buscaron testigos falsos que lo acusaron de decir que Jesús destruiría el templo y la ley de Moisés. Entonces lo apresaron y  apedrearon, y mientras lo hacían, Esteban dirigió su oración a Jesús, al que veía de pie a la derecha de Dios. Y clamaba a Jesús diciendo que recibiera su espíritu, y rogaba ante él por los que lo apedreaban para que no se les tomara en cuenta este pecado (Hch 6:8-15 y Hch 7:54-60).

Nosotros estamos invitados a orar a Jesús, que nos llama a seguir sus pasos para llegar al Padre, ya que el amor de Dios es infinito y no tiene límites. Su corazón está siempre abierto para recibir a todos aquellos que buscan su amor y protección. Jesús es la encarnación perfecta del amor infinito del Padre. En su vida terrenal, Jesús demostró su amor y su compasión respondiendo a las oraciones de aquellos que acudieron a él con gran fe y súplica. Y después de su resurrección, Jesús sigue siendo una fuente de amor y consuelo para aquellos que oran en su nombre. Al orar a Jesús, confiamos en su bondad y en su poder, ya que sabemos que él, como Hijo de Dios, está siempre dispuesto a escuchar y responder a nuestras oraciones, intercediendo por todos ante su Padre.

# El Espíritu Santo Puede Guiarnos para Hacernos Hijos de Dios

Dios es uno eternamente, integrado por tres personas distintas, el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. Así como oramos al Padre y al Hijo, también podemos orar al Espíritu Santo.

En la Carta a los Romanos el apóstol Pablo nos dice que el Espíritu Santo es quien nos asegura que somos hijos de Dios (Ro 8:16), y en la Carta a los Gálatas nos dice que, si vivimos por el Espíritu, nos dejemos también guiar por el Espíritu (Gá 5:25). Por eso, en situaciones de confusión y de angustia, en los momentos de crisis cuando no sepamos cómo orar a Dios ni qué pedirle, podemos invocar al Espíritu Santo, que pedirá al Padre lo mejor para nosotros (Ro 8:26).

El amor es uno de los frutos más importantes del Espíritu Santo en la vida de las personas que lo reciben. El amor que produce el Espíritu Santo es diferente al amor humano, ya que proviene de Dios y es perfecto. Este amor es descrito en la Biblia como paciente y bondadoso, que perdura por sobre las dificultades, que todo lo cree, todo lo espera y todo lo soporta (1 Co 13:4-8).

Cuando el Espíritu Santo llena nuestras vidas, nos hace más amables y compasivos con nosotros mismos y con los otros (Gá 5:22-23). Nos da la capacidad de amar a nuestros enemigos y a aquellos que nos han hecho daño, así como a aquellos que son diferentes a nosotros. También nos da la gracia y la fuerza para amar a los demás sin esperar nada a cambio.

El amor del Espíritu Santo también nos lleva a buscar nuestro propio bienestar y felicidad. De igual forma, nos hace más dispuestos a servir a los otros, así como a perdonar y a hacer la paz con aquellos con quienes tenemos conflictos.

El amor del Espíritu Santo es un amor que nos transforma y nos hace semejantes a Jesús. Es un amor que nos lleva a amarnos a nosotros mismos y a los demás, de la misma manera que Dios nos ama a nosotros.

## Primera Oración

Oración basada en Ro 8:14-15 y Ro 8:26-27.

Padre Nuestro,  
Envíanos tu Espíritu,  
Inúndanos de alegría  
Y concédenos ser tus hijos  
Por Jesús nuestro Señor.

Muchas veces sumidos en peligros y confusiones  
Necesitamos sentir tu presencia en nuestras vidas  
Para tener alegría y felicidad.  
Pero no sabemos qué pedir para calmar nuestro corazón  
Ni cómo pedir lo que queremos.  
Por eso necesitamos tu ayuda, oh Santo Espíritu,   
Porque conoces mejor que nosotros mismos  
Las profundidades de nuestras vidas,  
Nuestra historia, nuestros secretos más ocultos,  
Nuestros propósitos más altos,  
Y también todo lo que nos detiene y nos ata.  
Ven Espíritu Santo en nuestra ayuda   
Y ora por nosotros  
Con palabras que sólo conoce el Padre.

Y así, guiados por el Espíritu,  
Sumidos en oración profunda,  
Arde nuestro corazón por la enorme alegría de experimentar  
La presencia de Dios en nuestras vidas.  
   
Amén.

El Espíritu Santo es el Espíritu del Padre; Jesús dice a sus discípulos que cuando él ya no esté con ellos y sus enemigos los persigan y acusen, no tengan miedo porque el Espíritu del Padre hablará por ellos (Mt 10:19-20); también leemos en la Primera Carta a los Corintios que Dios nos da la sabiduría por medio de su Espíritu (1 Co 2:10).

El Espíritu Santo igualmente es el Espíritu de Jesús, como lo dice el apóstol Pablo cuando indica que Dios nos envía el Espíritu de su propio Hijo (Gá 4:6-7), que nos transforma en hijos de Dios. Por otra parte, en los Hechos de los Apóstoles se narra que Pablo era guiado por el Espíritu de Jesús hacia las ciudades donde debía evangelizar (Hch 16:6-10).

Entonces, así como oramos al Padre y al Hijo, también podemos orar al Espíritu Santo, que después de la resurrección de Jesús es enviado para recordarnos y explicarnos las palabras de Jesús (Jn 14:25-26). Jesús lo anuncia también como el Espíritu de la verdad que estará siempre con sus discípulos (Jn 14:16-17), porque él es la presencia protectora de Dios en nuestras vidas, y Jesús nos asegura que podemos orar a Dios para que nos envíe el Espíritu Santo, como el mejor don que se puede recibir (Lc 11:13). Así, oramos para pedir que venga a nosotros y anime nuestra vida.

## Segunda Oración

Oración basada en Sal 104:27-30.

Envíanos tu Espíritu, Señor,  
Porque por tu Espíritu das la vida a todos los seres  
que pueblan el mundo;  
Tú envías tu Espíritu y viven las plantas, los animales   
y los seres humanos.  
Todos ellos existen porque les comunicas tu Espíritu,  
Pero si les retiras tu fuerza, vuelven al polvo, como está escrito.  
Señor, envíanos tu Espíritu   
Y renueva nuestros pensamientos y nuestra mente.  
Renueva nuestra vida.  
   
Amén.

# Para Hacer su Voluntad en el Mundo, Dios Llama a los Seres Humanos y Busca su Colaboración

Para hacer su voluntad Dios quiere la colaboración de los seres humanos, con quienes busca establecer una alianza. Los llama para que libremente cooperen en la construcción del mundo y en la llegada y manifestación de su reino. Y aunque siempre la alianza se establece a través de una persona elegida, que entendió especialmente el llamado de Dios, la finalidad es establecerla con todo un pueblo representado por ese hombre, por ese profeta. Esta colaboración a la que las personas están invitadas se manifiesta en las alianzas que Dios establece a través de la historia y que culminan con la alianza perfecta y definitiva establecida por Jesús.

En el caso de la nación de Israel el llamado es especial porque este pueblo fue formado durante siglos para recibir el mensaje de Dios en forma gradual y cada vez más perfecta. La relación entre Dios y los israelitas se ilustra también mediante imágenes como la del pastor y su rebaño (Ez 34:11-31) o con la imagen del alfarero y el barro o greda (Is 64:8), con la del padre con el hijo (Lc 15:11-32), con la del esposo y la esposa (Ez 16:8-14), y otras. En todas ellas se muestra la preocupación, el cuidado y el cariño que manifiesta Dios por su pueblo, al que exige fidelidad, pero que no abandona y siempre perdona.

Por eso en este sentido es muy importante la imagen de la alianza de Dios con su pueblo porque indica la idea de un compromiso mutuo: Dios se compromete y su pueblo hace lo mismo, esforzándose el pueblo por ser digno de ese compromiso.  
   
Aunque una alianza es una relación de reciprocidad entre dos partes, la alianza entre Dios y los seres humanos no es una alianza entre iguales. Dios toma siempre la iniciativa porque quiere favorecer a las personas. En este caso, la propuesta de una alianza significa que Dios tiene gran confianza en los seres humanos porque confía en que ellos van a cumplir la parte de la alianza con la que se comprometen, y aunque muchos fallen, siempre habrá una persona o un grupo que cumplirá.

Así, después del diluvio universal, Dios establece su alianza con Noé y con todos los seres vivientes: ellos deben volver a repoblar la tierra porque se inicia una nueva creación. Por su parte, Dios se compromete a no volver a destruir la vida de la tierra mediante las aguas. El signo de esta alianza es el arco iris entre la nubes (Gn 9:8-17).

Más adelante Dios hace alianza con Abraham para formar su pueblo elegido, Israel. Para esto, le dará la tierra de Canaán a sus descendientes y Abraham debe creer que esto sucederá como Dios lo promete (Gn 12:2-3 y Gn 15:9-21). La señal de esta alianza es la sangre de los animales que Abraham sacrifica para solemnizar el pacto.

En la alianza del Sinaí, Moisés es el intermediario entre Dios y el pueblo de Israel. Les da los diez mandamientos, es decir, la ley, y les promete una buena y próspera vida en la tierra que les dará, y la protección frente a sus enemigos. Los israelitas, por su parte, deben reconocer y adorar al Dios único, cumplir sus mandamientos y hacer viva la ley en sus vidas. La alianza se confirma con la sangre de los animales derramada sobre el altar y sobre el pueblo (Éx 24:1-8).  
Como el pueblo no fue fiel a su Dios y no cumplió la parte de la alianza que le correspondía, fue derrotado por los babilonios, destruido como nación y llevado al exilio.

Sin embargo, Dios no abandonó a su pueblo y por medio del profeta Jeremías anuncia un nuevo pacto para el futuro, una nueva alianza que será diferente porque ya no estará escrita en piedra o en libros, sino que Dios pondrá su ley al interior de toda persona y la escribirá en el corazón del ser humano (Jer 31:31-33).  
Esta unión profunda entre Dios y las personas se realiza en la alianza nueva y definitiva. Esta nueva alianza la establece Jesús en la última cena con sus discípulos (Lc 22:20) y al derramar su sangre en la cruz. La Carta a los Corintios nos indica que éste es un nuevo acuerdo entre Dios y los seres humanos, escrito en el corazón de las personas por el Espíritu del Dios vivo (2 Co 3:3). El Apocalipsis culmina con la visión de la unión final entre Dios y su pueblo (Ap 21:3-4).

Jesús anuncia la pronta llegada del reino de Dios (Mr 1:14-15), que ya está presente entre las personas (Lc 17:20-21). Los seres humanos, al formar parte de esta alianza, están invitados a vivir el evangelio de Jesús y a buscar el reino de Dios, que se expresa en amar a Dios sobre todas las cosas y en amar al prójimo como a sí mismo (Mt 22:34-40).

La nueva alianza, que Dios ofrece a todos los seres humanos mediante Jesús y que hará posible la instauración de su reinado, se manifestará plenamente cuando Dios sea todo en todos, es decir, cuando cada ser humano esté en unión profunda y consciente con Dios, y cuando toda la creación pueda conocer y unirse a Dios, que se manifestará en toda su plenitud y gloria (1 Co 15:27-28).

# Dios Nos Llama para Revelar Su Voluntad

Dios es trascendente; existe por sí mismo y es diferente a toda su creación. Sin embargo está en todas partes porque nada puede existir fuera de él. El apóstol Pablo dice que todos existimos en Dios, que en él nos movemos (Hch 17:28). 

Dios vive en nosotros y nosotros vivimos en Dios, pero como nos creó libres podemos apartarnos de él, es decir, ignorar su presencia en nuestra vida. Dios nos permite ejercer nuestra libertad, pero no deja de llamarnos para que nos acerquemos a él y así manifestarse en nosotros.

Dios toma siempre la iniciativa. Llama a cada uno en su situación personal, en las circunstancias de su vida, en su aquí y ahora. Dios quiere que el ser humano atienda a su llamado y se disponga a vivir en su presencia porque así llegará a su plenitud como persona.

No son las personas quienes por iniciativa propia buscan a Dios: todo lo contrario, si lo buscan es por una respuesta a su llamada. La respuesta es la oración, que se expresa reconociendo el llamado de Dios y en la decisión de escucharlo para entender lo que quiere de nosotros.

En la Biblia leemos que Dios llama, se revela e invita a actuar a muchas personas para que colaboren con sus propósitos, estableciendo una alianza con ellos.

En el libro del Génesis Dios llama a Abraham y lo invita a salir de la ciudad donde habitaba, a abandonar todo para dirigirse a la tierra que le mostrará. Él siente el llamado y obedece, partiendo a Canaán, la tierra prometida (Gn 12:1-7).

Llama también a Moisés desde la zarza ardiente en el desierto de Sinaí, y después de revelarle su nombre lo envía para liberar a su pueblo esclavizado en Egipto. Moisés lo reconoce como el Dios de sus antepasados, le obedece y va a cumplir su misión (Éx 3:1-4).

Habla al profeta Ezequiel y lo envía al pueblo israelita para que, en su nombre, llame a la gente a cambiar de vida y a volver a su Dios (Ez 2:1-5).

Llama igualmente al apóstol Juan, el autor del Apocalipsis, a quien da la misión de escribir un libro con las cosas que han de suceder pronto (Ap 1:10-16), y Jesús de igual forma llama a sus apóstoles, a quienes envía a llevar el evangelio por todo el mundo.

## Cómo Reconocer el Llamado de Dios

Dios conoce las profundidades del corazón humano. Ahí, en esa dimensión estrictamente personal y privada, nos llama a comprometernos con la llegada de su reino. Si somos sensibles a las señales que nos da, se irá completando el proceso interior que nos permite reconocer ese llamado, ya que Dios no sólo nos habla desde nuestro corazón sino que también de otras formas. Ese proceso interior, alimentado por múltiples experiencias personales, nos permitirá iniciar un camino que nos llevará en un momento dado a reconocer que es Dios mismo quien nos habla y nos muestra lo que debemos hacer.

*Dios está en lo profundo de nuestra vida; Jesús en el evangelio nos dice que al disponernos a orar debemos buscar un encuentro personal con el Padre, en lo secreto, en nuestro interior, allí donde sólo Dios tiene acceso. Nos dice que entremos a nuestro cuarto, cerremos la puerta y que nos dispongamos a orar al Padre. Esto significa que para lograr esto debemos habituarnos a estar solos, a permanecer en silencio, a dejar el corazón en calma; a eliminar todo pensamiento que nos aleje de Dios; que debemos conseguir el silencio verbal y alejar de nosotros todo ruido mental para lograr la tranquilidad y la calma interior y exterior. Sólo logrando esto estaremos dispuestos para entender lo que Dios quiere de nosotros y disponernos a hacer su voluntad. La comunicación profunda y la intimidad cada vez mayor con él, será el premio que recibiremos de Dios, que ve en lo secreto (Mt 6:6).*

En los momentos más importantes de su vida, Jesús se apartaba de sus discípulos para orar a solas con Dios. Después de una profunda oración tomaba decisiones importantes como la elección y el llamado de sus doce apóstoles, como lo narra el evangelio (Lc 6:12-16). Del mismo modo, si logramos dejar nuestra mente en silencio y nos apartamos de todo ruido verbal, estaremos más conscientes de la presencia de Dios en nuestro interior, lo que eventualmente nos dará más claridad para decidir y actuar de acuerdo con lo que Dios quiere para nosotros.

*También Dios nos habla por medio de su enorme y perfecta creación; porque el universo creado por Dios, que es infinitamente grande y perfecto, nos muestra algo de lo que él es, de su perfección y hermosura, porque Dios está en todo, aunque lo trasciende todo (Sal 19:1-5).*

*Dios nos habla igualmente a través de los acontecimientos de nuestra vida, mediante lo que nos sucede: en la alegría y las penas, en nuestros éxitos y  fracasos, Dios siempre nos dice algo. En nuestro caminar por la vida nos vamos dando cuenta de que Dios ha estado siempre junto a nosotros, hasta cuando creíamos que estábamos solos y abandonados.*

Debemos esforzarnos para lograr la sensibilidad que nos permita reconocer a Dios en los distintos acontecimientos de nuestra vida; que está siempre junto a nosotros, que nos ayuda y que nos salva cuando estamos en situaciones de riesgo. Es bueno repasar nuestra vida para agradecer a Dios por las veces que nos sostiene, nos protege y nos libra. Mediante la reflexión y el silencio podremos reconocer la presencia de Dios y sus intervenciones en nuestra historia vital, intervenciones que son más frecuentes de lo que pensamos.

*Dios nos habla también por su palabra escrita en los textos de la Biblia: en los relatos tradicionales, en las narraciones históricas, en los poemas y libros de sabiduría que contiene, textos que fueron reunidos, seleccionados y conservados por los sabios y maestros del pueblo israelita. Nos habla igualmente en la voz de los profetas, que fueron educando al pueblo a través de los siglos y que anunciaron la intervención definitiva de Dios en el mundo con la llegada del Mesías. Al mismo tiempo, por medio de estos textos Dios se va revelando a su pueblo y a nosotros como Dios único, fuente de amor absoluto y misericordioso.*

*Finalmente Dios nos habla por medio de Jesús, la palabra definitiva de Dios. Jesús nos muestra a Dios como Padre misericordioso, cercano a los seres humanos, que, respetando la libertad de cada uno, los busca como aliados para construir su reino, que será la manifestación de Dios en su plenitud.*

# Pedimos Hacer la Voluntad de Dios para Vivir en su Presencia

La oración para pedir hacer la voluntad de Dios está contenida en forma explícita en el Padre Nuestro, la oración que Jesús enseñó a sus discípulos. En ella pedimos que se haga la voluntad de Dios en la tierra así como se hace en el cielo; pedimos esto porque Dios es un ser, es una persona con voluntad. No es una energía impersonal que llena el universo, por el contrario, Dios es el creador de todo cuanto existe, de todo lo material y de todo lo espiritual. Dios es más que su creación, y la trasciende. Dios tiene para ella un propósito y una finalidad: su voluntad es que todos lo conozcan y compartan su felicidad y perfección, unidos a Jesús, Señor de todo lo creado (Ef 1:9-10).

Dios también tiene un plan para cada persona, plan que está dispuesto desde antes del nacimiento de cada uno (Ef 1:4). Dios tiene una misión para cada ser humano, lo que otorga un sentido y un propósito a nuestra vida, si nos esforzamos por conocer la voluntad de Dios.

La voluntad de Dios está plasmada en los corazones de todos los seres humanos (Ro 2:14-15), en los mandamientos escritos y en las enseñanzas de Jesús; nosotros, de acuerdo a nuestro libre albedrío, podemos hacer su voluntad o ignorar lo que Dios quiere para nosotros, porque Dios no impide el ejercicio de nuestra libertad.

El apóstol Pablo, en la Carta a los Romanos dice que no nos debemos dejar arrastrar por las tendencias del mundo, sino que, por el contrario, debemos tener el propósito de transformarnos y renovarnos interiormente, para así reconocer la voluntad de Dios que quiere que vivamos en el bien y seamos perfectos, ya que esto es lo que agrada a Dios (Ro 12:1-2).

En el evangelio leemos que María escuchó al ángel que le anunciaba que concebiría y traería al mundo al Mesías salvador de la humanidad; ella se enteró de su rol en el plan de Dios, cuyo punto central era el nacimiento de su Hijo. María, haciendo uso de su libertad personal, estuvo disponible para aceptar lo que se le pedía, y respondió al ángel que se hiciera en ella según su palabra. Esto es, que se hiciera en ella la voluntad de Dios (Lc 1:26-38).

Jesús enseñó que lo más importante era hacer la voluntad de Dios explicando esto en diversas ocasiones. Así, cuando estaba en una casa rodeado de sus discípulos y de mucha gente que lo seguía, le avisaron que su madre y sus hermanos querían verlo. Jesús les contestó que todo el que hace la voluntad de Dios es su hermano, su hermana y su madre (Mr 3:31-35).

Jesús dijo también que la voluntad de Dios es que toda persona que lo reconozca como el Hijo de Dios y crea en él reciba por esto la vida eterna, ya que el mismo Jesús lo resucitará (Jn 6:39-40).

También enseñó que para entrar en el reino de los cielos no basta con decirle “Señor”, “Señor”, sino que lo importante es hacer la voluntad de Dios; y hacer la voluntad de Dios es poner en práctica las palabras y las enseñanzas de Jesús; el que así actúa llega a ser como el que construye su casa sobre la firmeza de una roca (Mt 7:21-25).

La noche en que Jesús iba a ser apresado, se dirigió con sus discípulos al huerto de Getsemaní. Allí sintió una gran tristeza y oró pidiendo si era posible evitar los terribles sufrimientos que lo amenazaban, pero agregó que no se hiciera lo que él quería, sino que se hiciera la voluntad de Dios (Mt 26:36-46), ya que Jesús aceptó en todo momento su voluntad hasta las últimas consecuencias, confiando plenamente en la bondad de Dios.

Proponerse hacer la voluntad de Dios es una decisión tan importante que compromete toda la vida; es mucho más que creer que Dios existe o confesar que hay un Dios. Hacer la voluntad de Dios es esforzarse por manifestar en la vida el mandamiento de amar a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a sí mismo, cumplir las enseñanzas de Jesús y descubrir de esta manera lo que Dios quiere para cada uno. Así podremos entender cuál es su voluntad viviendo continuamente en la presencia de Dios.  


# El Llamado de Dios y la Necesidad de Orar

La religión es el esfuerzo de los seres humanos para relacionarse con el mundo espiritual y así intentar entender la realidad que habita. En este sentido, es tan antigua como la humanidad, ya que desde tiempos inmemoriales la gente buscó en la religión explicaciones que pudieran aclarar los misterios del universo: la existencia de los seres humanos sobre la tierra, el nacimiento, la muerte, las enfermedades, los sucesos imprevistos, los fenómenos naturales. En este sentido, todos los pueblos son religiosos, tanto los más antiguos de que se tenga memoria, como los seres humanos modernos.

Sin embargo, y de acuerdo con las enseñanzas de la Biblia, el proceso que lleva a la comunicación con el mundo espiritual se origina en un llamado permanente de Dios a las personas, a quienes invita a conocerlo y a participar de su vida, aunque respetando la libertad de cada una de ellas. En efecto, la Biblia muestra en muchas de sus narraciones que Dios es quien busca a los seres humanos y los llama de distintos modos para relacionarse de manera personal con ellos.

Es Jesús, quien, recogiendo en forma profunda la tradición bíblica, enseña que Dios es un Padre cercano que constantemente busca a las personas, sin tomar en cuenta su condición social o moral, que llama a los que se sienten perdidos, a los que no llevan una vida ejemplar, a los que creen que están abandonados por Dios. Así, es a ellos a quienes Jesús busca de manera especial: un día llamó a Mateo, cobrador de impuestos para los romanos, y cuando más tarde en su casa comía con él y otra gente de mala fama, recibió por esto el reproche de los maestros de la ley. Jesús les respondió que él no venía a llamar a los justos sino a los pecadores, con el propósito de que así puedan cambiar su vida (Lc 5:27-32). Porque ante el llamado de Dios, tan cercano a los seres humanos, la respuesta esperada es la aceptación del llamado, que debe manifestarse en un cambio en la manera de pensar, en un cambio de la mente, para que luego se produzca un cambio de toda la vida, como lo indica el apóstol Pablo en su Carta a los Romanos (Ro 12:2).

De acuerdo con esto, en la Biblia la oración deja de ser parte de un conjunto de prácticas usadas por las personas para intentar acercarse a lo espiritual, sino que la oración es la respuesta de una persona al llamado de Dios, vale decir, es la disposición de escuchar a Dios que se comunica con la persona en lo profundo del corazón, en la intimidad, en lo secreto, y que la invita a transformar su vida para conocerlo y hacer su voluntad.

Como la respuesta del ser humano al llamado de Dios es la oración, podemos decir con plena seguridad que toda persona ha sentido alguna vez la necesidad de orar, es decir, la necesidad de acercarse a Dios.

En efecto, en estados de profunda alegría por la llegada de un niño o por el esperado éxito laboral de un hijo, o asombrados por la belleza de la creación al contemplar el mar, los bosques y las nubes que cubren las montañas, nos hemos propuesto agradecer a Dios por la oportunidad de apreciar estas maravillas.

De la misma forma, cuando nos estremece un dolor muy grande, cuando nos sentimos solos y acosados por las circunstancias, o golpeados por nuestros enemigos, en ocasiones grandes y pequeñas, sentimos la imperiosa necesidad de recurrir a otros, a una mano que nos guíe, un libro que nos ilumine, y a Dios para apoyarnos en él.

Pero la necesidad de orar nos urge, y queremos implorar a Dios, que sentimos cercano, o al que nos mostraron en nuestra infancia, lejano ya para muchos, o al que creemos conocer, quizás porque alguna vez lo hemos celebrado en ceremonias o cultos religiosos.

Muchos tenemos la sensación, en estas situaciones extremas, de que no sabemos cómo expresar esa profunda necesidad de oración que sentimos en nuestro interior, y nos damos cuenta de que no sabemos cómo orar. Pero, como enseña el apóstol Pablo, el mismo Espíritu Santo ruega por nosotros de manera misteriosa y profunda, presentando nuestras inquietudes, contradicciones y secretos ante la presencia de Dios (Ro 8:26-27).


# La Oración como Respuesta al Llamado de Dios

La oración desde una perspectiva cristiana es la respuesta de una persona al llamado de Dios. En efecto, la oración nos lleva a restablecer la comunicación con lo divino, que se pierde cuando la libertad personal impulsa al ser humano a prescindir de Dios, a ignorarlo y a hacerlo desaparecer de su vida.

Dios tiene un propósito para la humanidad y para toda su creación e invita a cada persona a participar en su plan, que es la preparación y llegada de su reino. Así, cada ser humano está llamado a participar en la construcción del reino de Dios de acuerdo a los talentos o capacidades que ha recibido (Mt 25:14-30). Entonces, el propósito de la oración es lograr la disposición interior para que  Dios pueda comunicarse con nosotros y  descubrir así su voluntad, es decir, entender lo que Dios quiere para cada uno, esto es,  lo que la persona debe hacer en su situación particular, en su aquí y ahora, para colaborar en la llegada del reinado de Dios.

La oración puede hacerse en voz alta o en silencio. Frecuentemente está acompañada de expresiones corporales como la posición de las manos y de la cabeza; puede hacerse de pie o de rodillas. Esto, según la intensidad de la oración y el significado que se atribuya a los gestos de acuerdo con las costumbres de una comunidad.

Sea cual fuere la expresión corporal que usemos para orar, la oración debe hacerse con gran respeto, eligiendo el lugar más adecuado para dirigirse a Dios. Pero todo lugar sirve cuando la oración nace de lo profundo del corazón y es fruto de la inspiración del Espíritu Santo (Ro 8:26), ya que la respuesta al llamado de Dios mediante la oración es un movimiento personal que tiene lugar en lo secreto, en la profundidad del ser humano.

Es bueno orar en todo tiempo: en la alegría y en la pena; cuando estemos sacudidos por una crisis, en los éxitos y en los fracasos; cuando tengamos una vida segura y cuando nos envuelva la incertidumbre; al amanecer para que Dios nos bendiga el día que vamos a vivir; al anochecer para agradecer al Padre por los trabajos y alegrías del día; también para interceder por otros invocando para ellos la protección de Dios.

Los seres humanos vivimos en un mundo que frecuentemente se torna difícil, que es la vida cotidiana de cada uno. Muchas veces las asperezas de la vida, las necesidades de todo tipo, los enemigos, las luchas, las incomprensiones, los éxitos y los fracasos son parte de nuestro día a día.

Por lo mismo, necesitamos la fuerza de Dios, su impulso, que nos permita superar las dificultades de una vida a la que muchas veces no encontramos sentido. Necesitamos la fuerza que nos puede entregar la oración, que es la comunicación íntima con Dios.

El deseo de orar apremia a todos los seres humanos, sin excepción, pero en diferentes momentos puede ser más evidente dependiendo de las circunstancias a las que se enfrente la persona. En ciertos casos, hasta los ateos rezan cuando la vida corre peligro, porque la necesidad de orar no es un signo de debilidad o resignación; al contrario, significa buscar una comunicación profunda con Dios, que nos conoce de manera perfecta y nos ama más que nadie en este mundo (Isaías 49: 15).

# Dios nos Llama. Nuestra Respuesta es la Oración

Sabemos que Dios nos habla de diferentes maneras, y que cuando somos sensibles a su llamado nuestra respuesta es la oración; manifestamos de esta manera el deseo  de entender lo que quiere de nosotros y así conocer su voluntad.

Al aceptar el llamado de Dios reconocemos que es el creador de todo lo existente, de lo material y de lo espiritual, de las cosas visibles e invisibles; reconocemos la grandeza de Dios, a quien nadie ha visto jamás,que existe por sí mismo eternamente y habita en una luz inaccesible, como nos dice el apóstol Pablo en una de sus cartas (1 Ti 6:16). Pero sabemos que Dios, siendo trascendente y absoluto, distinto a toda su creación, está siempre cerca de nosotros: es el que es, que era y que vendrá (Ap 1:4). Debemos esperar lo mejor de él porque en palabras de Jesús, Dios nuestro Padre hace salir su sol sobre buenos y malos y manda la lluvia a todos los seres humanos (Mt 5:45). Es bueno para nosotros aceptar que Dios nos interpela de diferentes maneras porque nos creó a su imagen y semejanza para que pudiéramos comunicarnos con él y ser sus intermediarios con el resto de la creación (Gn 1:26), de tal manera que orar es poner en movimiento esa relación personal con Dios, restableciendo la relación de confianza con nuestro Padre y Creador.

Dios se acerca con amor a las personas y nos pide que abramos la puerta de nuestra vida, de nuestra alma, de nuestra mente y de nuestro corazón; que lo dejemos entrar para que lo conozcamos y poder establecer así una amistad profunda con nosotros (Ap 3:20).

A esta petición de Dios podemos responder con palabras llenas de gratitud y de alabanza, de peticiones por nosotros y por los demás, con oraciones hechas ya escritas.

También es posible responder con oraciones espontáneas dejando que las palabras broten de lo más profundo de nuestra vida, pidiendo por nosotros mismos, intercediendo por los demás o alabando a Dios.

Pero asimismo podemos responder con otra forma de oración: cuando logramos el silencio, la paz  y la  tranquilidad, gozando así de la intimidad de Dios y nos llenamos de su amor y de sus dones, porque él nos conoce y sabe lo que necesitamos antes de que se lo pidamos. En este silencio entendemos que Dios nos llama para compartir su vida, para que gocemos de su presencia (Mt 6: 6-7).

Al orar permitimos la intervención de Dios en nuestras vidas y podremos también entregar nuestra voluntad personal a Dios, para que él se manifieste con plenitud y tome en sus manos todas las situaciones en las que nos vemos inmersos. Este es un acto de confianza absoluta en Dios, aunque puede ser un paso difícil de dar. 

Dios actúa también con nosotros cuando cumplimos el mandamiento de amor a nuestros semejantes, es decir, si nos proponemos llevar una vida de amabilidad, de amor al prójimo y de compasión. Esa es entonces una forma de oración viva como respuesta a su llamado.

# Dios es el Centro de Nuestras Vidas y nos Llama a Vivir en su Presencia

Dios nos creó libres, lo que significa que tenemos la capacidad de tomar decisiones propias de acuerdo con nuestra inteligencia, con nuestra historia personal y las influencias de otras personas. Pero cuando entendemos mal el uso de nuestra libertad, esto puede llevarnos a desconocer al Dios que nos creó y del cual recibimos todo, a pesar de que de diversas maneras nos muestra su presencia. Como consecuencia queremos vivir según nuestras propias normas; pero aunque creamos gozar de libertad y de autonomía, nos sentimos abandonados en el mundo, viviendo una existencia donde todo se vuelve confusión e incertidumbre (Ro 1:19-25).

Sabemos, entonces, que vivir lejos de Dios es imposible, porque como lo dice el apóstol Pablo, Dios hizo todas las cosas que existen, y creó a los seres humanos  para que vivan en un tiempo y lugar determinados y ahí puedan encontrarlo, aunque sea de forma imperfecta, porque Dios está siempre cerca ya que en él vivimos, en él nos movemos y en él existimos, de tal manera que todo lo recibimos de Dios aunque no lo sepamos (Hch 17:24-28) o no lo aceptemos.

Por eso todas las personas necesitamos estar cerca de Dios para no perder nuestro estado natural y así alcanzar la plenitud, porque hemos sido hechos para estar unidos profundamente a nuestro Creador: 

> ``` text
Un árbol plantó el Señor,
Le costó mucho trabajo,
Con las raíces arriba
Y los ganchos para abajo.
```

Como dicen estos versos populares, somos como un árbol plantado al revés, con las raíces hacia lo alto, hacia Dios, pero con el tronco, las ramas y los frutos sumergidos en el mundo, en nuestras circunstancias de tiempo y lugar, es decir, en nuestra historia.

Entonces, cuando procuramos una autonomía mal entendida, estamos cortando los vínculos que nos unen a Dios; luego, como consecuencia, habitamos un mundo de injusticias y confusiones, sin que podamos manejar bien los acontecimientos que nos toca vivir porque nos sobrepasan y llegan a angustiarnos y confundirnos.

En el tercer capítulo del Génesis, el primer libro de la Biblia, se muestran claramente las consecuencias de esta tendencia permanente, producto de la libertad de los seres humanos, que nos lleva a apartarnos de Dios para obtener una total autonomía y con ella una felicidad más supuesta que real. Adán y Eva, en el paraíso terrenal, optaron por comer del único fruto prohibido por Dios: los frutos del árbol del bien y del mal. Esto significa que ellos quisieron manejar los criterios del bien y del mal, es decir, quisieron decidir por sí mismos lo que es bueno y lo que es malo. Estaban seguros de que así tendrían una vida más plena; pero, en realidad, obtuvieron el sufrimiento y la muerte al destruir los vínculos con Dios, centro de la persona.

Efectivamente, en ese capítulo del Génesis quedan claras las cuatro consecuencias que se originan en esta decisión que nos aleja de nuestro centro: son cuatro rupturas que desestabilizan a las personas, y que finalmente son fuente de sufrimientos.

1. Ruptura con Dios por la desobediencia. Dios les manda que no coman de ese fruto, es decir, que no piensen que pueden manejar el  bien y el mal según sus propios criterios, es decir, que no normalicen su relación con el mal, porque el mal será el que los maneje, y los llevará al dolor y a la muerte; porque si comen de ese fruto (es decir, si deciden tener la experiencia del mal), sin duda alguna morirán. Como consecuencia, al no obedecer, el ser humano se vuelve totalmente vulnerable. Adán y Eva, llenos de miedo se esconden de Dios (Gn 3:8).

2. Ruptura consigo mismo: se produce una ruptura del mundo interior de las personas, falta el sentido de la vida; se obtiene una vida absurda, inútil, con angustia permanente; los seres humanos quedan indefensos y expuestos. Esto se indica cuando ellos se avergonzaron porque vieron que estaban desnudos (Gn 3:7).

3. Ruptura con el prójimo, con las demás personas. Es común oír decir que el hombre es un lobo para el hombre; pero es mejor decir que el ser humano lejos de Dios es un lobo para su prójimo; y muchos tienen la sensación de que aquellos que los rodean no lo dejan ser, que le roban su libertad. Por eso Adán culpa a la mujer por la desobediencia y dice a Dios que ella lo hizo comer del fruto prohibido (Gn 3:12). Lejos de Dios, los seres humanos se convierten en enemigos unos de otros.

4. Ruptura y  enemistad con el resto de la creación, con las cosas que nos rodean. Eva trata de justificarse con Dios diciendo que comió de ese fruto porque la serpiente, un ser de la naturaleza, la engañó (Gn 3:13). La naturaleza se vuelve hostil y el ser humano debe enfrentarse continuamente a ella; por eso Dios le dice a Adán que comerá el pan con el sudor de su frente (Gn 3:17-19).

***

Esta opción por una autonomía absoluta, desconociendo que Dios es el centro de nuestras vidas, que en el Génesis se presenta como la desobediencia de Adán y Eva en el paraíso terrenal, no es, sin embargo, algo propio del pasado remoto. Al contrario, es lo que nos sucede todos los días: muchas veces preferimos vivir alejados de Dios porque creemos que así viviremos mejor, que seremos más felices y libres sin su presencia en nuestras vidas, sea en el ambiente familiar, sea en nuestro trabajo o en nuestras relaciones con los demás.  
   
Sin embargo, sabemos que Dios es nuestro creador, y que de él procede todo lo que somos y lo que tenemos porque vivimos en él y está siempre cercano a nosotros manifestándose y llamándonos de muchas maneras. Nuestra mejor respuesta a Dios será darnos cuenta de su presencia llena de amor hacia nosotros y expresar nuestra gratitud por medio de la oración buscando unirnos profundamente a él, lo que nos conducirá a una vida plena, de cimientos sólidos y en uso de una libertad verdadera, propia de la persona que acepta a Dios en su corazón y que por eso lo tiene como centro de su vida.

# La Luz de la Oración puede Iluminar un Mundo de Confusiones

El mundo en que vivimos es similar a la parábola del trigo y la mala hierba que Jesús narró un día a sus seguidores: les dijo que el dueño de un campo sembró buen trigo que creció vigoroso, pero cuando sus trabajadores estaban dormidos, vino su enemigo y sembró mala hierba, la que creció junto con el trigo. Los trabajadores propusieron al dueño arrancar la mala hierba, pero él les ordenó que no lo hicieran para no dañar también el trigo y que dejaran que crecieran y se desarrollaran juntos porque al llegar a la madurez se podrá mostrar claramente quién es quién. Entonces se arrancará la mala hierba para arrojarla al fuego, y después se cosechará el buen trigo para llenar los graneros (Mt 13:24-30).

En efecto, así como la mala hierba crece mezclada con el trigo, nosotros vivimos en un mundo de luces y de sombras, en el que se mezclan lo bueno y lo malo, lo justo y lo injusto, lo derecho y lo torcido. A diario nos encontramos con actos de generosidad y de egoísmo, de maldad y de bondad.

Esto sucede porque el mundo no se divide entre buenos y malos o entre justos e injustos, sino que la frontera entre el bien y del mal pasa por nuestros corazones, por lo que todos debemos optar durante nuestro tiempo histórico, es decir, durante nuestra vida, por el bien o por el mal. Elegimos cada día vivir en amistad con Dios y encontrar así la paz y la felicidad, o, al contrario, alejarnos de él y buscar en otra parte la plenitud de nuestra existencia.

Vivimos permanentemente entre una dualidad de motivos opuestos que nos atraen; en nuestros corazones crecen juntos el trigo y la mala hierba de la parábola de Jesús. 

Pero esta situación de dualidad o de motivaciones opuestas que nos atraen pareciera resolverse en nuestro tiempo por el predominio del mal, como si la mala hierba ahogara al trigo y no lo dejara manifestarse. 

Se sabe que cada día crece el número de personas que se sienten desamparadas, en gran angustia y soledad, viviendo una vida sin sentido, apenas de sobrevivencia, en un mundo de personas donde algunos sólo funcionan con medicamentos y drogas. Las personas igualmente ven con temor cómo las seguridades espirituales que antes daban las iglesias y la religión, y que sostenían a gran parte de la gente, desaparecen rápidamente del horizonte del ser humano a medida que la sociedad toma nuevos rumbos, desconfiando en general de toda institución.

La sensación de vivir una realidad que cada vez se hace más impredecible y confusa se debe también a ciertas tendencias y fuerzas mundiales que se han propuesto despojar al ser humano de su hábitat cultural y emocional, del que las personas obtenían apoyo, guía y protección. En este sentido se encuentra el debilitamiento del Estado, como ente responsable de la organización de la sociedad, que tiene también el deber de proporcionar a sus súbditos muchas de las seguridades necesarias para vivir una vida normal.

Se suma a lo anterior la destrucción paulatina de la familia y su reemplazo por otros tipos de uniones, algunas casi incomprensibles, pero atractivas en el marco de las tendencias actuales. Por esto muchas personas se encuentran sin la protección real de un grupo familiar capaz de dar un respaldo sólido a sus integrantes, que cada vez más pierden sus vínculos entre sí.

Al mismo tiempo los medios masivos de comunicación refuerzan esta visión negativa de la realidad cuando nos transmiten preferentemente los actos de individuos y grupos violentos, que no muestran respeto por la vida, y que ocupan la mayor parte del tiempo de noticiarios y comentarios periodísticos, al parecer con la finalidad de demostrar que el mal es la fuerza que predomina en un mundo ya condenado al fracaso y la destrucción.

Pero el mal, a pesar de todo el ruido que hace, no es la única fuerza que maneja el mundo, ni mucho menos es la principal, porque el bien, actuando muchas veces en forma discreta y casi sin publicidad va haciendo su obra en forma persistente, en todos los ambientes, llevando la verdad y la esperanza a mucha gente, mostrando que a pesar del éxito aparente del mal, muchas personas están construyendo un mundo nuevo que llegará a su culminación con el triunfo del bien.

La Oración entrega a las personas la fuerza y la seguridad necesarias para enfrentar con ánimo y claridad los difíciles momentos del acontecer diario; las impulsará también a adoptar una forma de vida adecuada para integrarse a la comunidad de la mejor forma, contribuyendo con sus obras y sus palabras a establecer un mundo cada vez mejor.

Es así que son innumerables los que entregan sus vidas al servicio de su familia y de la comunidad, que se destacan por sus actos de bondad y de amor al prójimo. Son aquellos que en forma pública o anónima toman iniciativas para ir en ayuda de los que tienen carencias económicas, de salud o afectivas; muchas veces son iniciativas individuales, otras son de personas que forman parte de organizaciones solidarias que con cariño y buena voluntad dan vida al mandato de amar al prójimo como a sí mismo. El mundo está lleno de estas personas y organizaciones solidarias, que velan por sus familiares, por sus amigos y vecinos, y por aquellos que buscan un apoyo para vivir o lograr sus proyectos. La solidaridad y el amor entre las personas, que es mucho mayor de lo que habitualmente apreciamos, es una fuerza que sostiene el mundo y hace posible habitar en él. Es el trigo que crece y se abre paso vigoroso entre la mala hierba hasta lograr el triunfo definitivo del bien, lo que a su tiempo hará posible la manifestación del reino de Dios entre la gente.


# Oramos Pidiendo la Ayuda de Dios

Pedimos ayuda sólo a quien le tenemos gran confianza, y por esto debemos pedir confiadamente a Dios cosas buenas para nosotros mismos y para los demás. La confianza en Dios se origina en la certeza que tenemos de que Dios nos ama, por lo que estamos invitados a pedir tal como un niño pediría algo bueno a sus padres. Es lo que nos enseña Jesús en la oración del Padre Nuestro cuando nos dice que pidamos al Padre el pan de cada día (Mt 6:11). En el evangelio de Mateo, Jesús nos anima a pedir, y nos enseña que si pedimos se nos dará, que los que buscan van a encontrar y a los que llamen se les abrirá la puerta. Y continúa Jesús preguntando si alguno de los que lo escuchan daría una piedra o una culebra a su hijo si éste le pide pan. Y concluye diciendo que si nosotros aunque somos imperfectos damos cosas buenas a nuestros hijos, con mayor razón Dios dará cosas buenas a los que se las pidan (Mt 7:7-11). La mejor ayuda y seguridad para nosotros es pedir la presencia permanente de Dios en nuestras vidas (Lc 11:13).

Sin duda que Dios nos da muchas cosas sin que se las pidamos, porque de él viene todo. En primer lugar, nos da la existencia, nos llama a vivir en este mundo. Nos da nuestra vida histórica en un lugar y tiempo, en una familia e integrados a un grupo humano. Y muchas veces interviene para salvarnos de riesgos, enfermedades y accidentes sin que lo pidamos, y sin que nos enteremos de su intervención. Dios hace salir su sol sobre justos e injustos y envía su lluvia a todos, sin hacer diferencias (Mt 5:45).

Sin embargo, Dios muestra una atención especial a aquellos que lo conocen y se ponen bajo su protección, a los que favorece en toda situación de riesgo y peligro (Sal 91:14-16). Entonces, que nuestro propósito sea el de ponernos siempre bajo la protección de Dios para recibir de él muchos y abundantes bienes, porque él conoce lo que necesitamos antes de que se lo pidamos (Mt 6:7-8), y luego podremos experimentar que Dios nos da más de lo que nos atrevemos a pedirle.

Como nos enseña Jesús, la oración de petición debe hacerse con fe, es decir, con confianza absoluta en Dios. Debemos estar seguros de que Dios todo lo puede, porque para él no hay nada imposible. Debemos tener la convicción de que aquello que estamos pidiendo ya está realizado (Mr 11:22-24), porque todo está en las manos de Dios.

La oración de petición también debe hacerse con mucha perseverancia, sin cansarse, hasta que la persona en oración alcance plena confianza en Dios y logre tener una fe poderosa. Como sabemos que Dios no necesita nada de nosotros, la perseverancia en la oración es necesaria para los que piden, porque por medio de la repetición de nuestras peticiones llegamos a convencernos del poder de Dios.

Moisés oró a Dios con insistencia y perseverancia para vencer a los amalecitas en Refidim. Mientras Moisés oraba con los brazos en alto, Josué se imponía; cuando por el cansancio los bajaba, tomaban ventaja los enemigos; ayudado por Aarón y Hur mantuvo los brazos en alto y oró todo el día hasta que Josué venció (Éx 17:8-13). La oración persistente y perseverante de Moisés es semejante a la actitud de la viuda que pide justicia al juez injusto de la parábola de Jesús, que sin cansarse importuna al juez hasta que le hace justicia frente a sus contrarios (Lc 18:1-8), o a la parábola del vecino que insistentemente pide tres panes a su amigo para atender a sus huéspedes que habían llegado a su casa en plena noche; pide hasta que él se los da (Lc 11: 5-10). Estos ejemplos nos enseñan que tenemos que orar con mucha fuerza e insistencia, hasta convencernos de que aquello que pedimos se realizará. No temamos importunar a Dios, porque sabemos que su bondad no tiene límites.

El que necesita pedir algo debe pedir cosas buenas de acuerdo con la voluntad de Dios, para sí mismo o para otros, cosas que desea con toda la fuerza de su corazón. Así, podemos pedir que Dios mismo habite en nosotros, es decir, que vivamos continuamente en la presencia de Dios para vivir seguros y confiados.

Hay cosas muy difíciles que ocurren en nuestra vida familiar, laboral o de convivencia social que es bueno colocar en las manos de Dios. Son aquellas situaciones que sólo encontrarán solución con su intervención; son aquellos problemas que nos superan, para los cuales no encontramos salida; pero sabemos que Dios es todopoderoso y para él no hay nada imposible. En estas ocasiones es muy bueno recordar que Dios nos ha salvado muchas veces cuando estuvimos en situaciones riesgosas, por lo que la memoria de sus intervenciones servirá para aumentar nuestra fe y confiar plenamente en la ayuda de Dios que nos permitirá también salir airosos en las situaciones difíciles que enfrentamos en el presente.

El que pide debe estar completamente seguro de lo que necesita, debe saber qué pide y tener la seguridad de que lo conseguirá. Al salir de Jericó, Jesús encontró a un ciego llamado Bartimeo que clamaba y pedía misericordia a Jesús, en quien tenía mucha fe. Jesús lo llamó y le preguntó qué quería que hiciera por él. Entonces Bartimeo pidió algo preciso y concreto: recuperar la vista. Recobró la visión y siguió a Jesús (Mr 10:46-52).

La seguridad de obtener lo que estamos pidiendo se basa en nuestra fe en Dios,  y en la confianza de que él nos escucha (1 Jn 5:14-15). En este sentido, Jesús reprocha la falta de fe que nota en sus discípulos y les dice que si su fe fuera del tamaño de un grano de mostaza tendrían confianza en sí mismos y nada sería imposible para ellos (Mt 17:20). Del mismo modo, Jesús reprocha a Pedro, porque si bien se atrevió a caminar sobre las aguas, en un momento dudó, tuvo miedo y se hundió entre las olas; Jesús le dice que dudó porque tenía poca fe (Mt 14:22-33). Entonces, la oración eficaz de petición es posible si la persona que pide está segura de que obtendrá lo que pide y no duda; así su petición se realizará tal como lo deseó.

En conclusión, la oración de petición es un acto de confianza y fe en Dios, nuestro Padre, quien nos ama y desea lo mejor para nosotros. La seguridad en el amor de Dios nos lleva a la convicción de que lo que estamos pidiendo ya está realizado: por esto debemos pedir continuamente que Dios aumente nuestra fe.  Al confiar plenamente en Dios y en su amor, podremos enfrentar las situaciones difíciles de nuestra vida con esperanza y seguridad, sabiendo que para él no hay nada imposible.

# Demos Gracias a Dios por Todo lo que Nos Da

Podemos orar agradeciendo a Dios por todo lo que nos da, reconociendo que todo viene de él (Ro 11:36).

Cuando agradecemos nos hacemos sensibles para reconocer la mano de Dios presente en muchos momentos de nuestra existencia. La presencia de Dios en nuestras vidas es más frecuente que lo que podemos usualmente apreciar. Esto es así porque Dios nos ama y porque si nos amamos unos a otros, vivimos en él y Dios vive en nosotros (1 Jn 4:12-13), aunque a primera vista no lo percibamos. En los Hechos de los Apóstoles leemos que él es quien nos da la vida y todo lo que somos y tenemos, porque en Dios existimos, en Dios nos movemos y en él vivimos (Hch 17:24-25 y Hch 17:27-28), por lo que nuestro primer acto de adoración puede ser manifestar nuestra gratitud por la presencia de Dios en nuestro diario vivir, dándole gracias por todo (1 Ts 5:16-18).

Jesús nos enseñó a dar gracias en todo momento a Dios, siempre presente en la vida de cada uno. Antes de resucitar a su amigo Lázaro, Jesús da gracias en voz alta a Dios porque siempre lo escucha (Jn 11:41-42). Igualmente en la última cena, después de dar gracias a Dios, Jesús repartió el pan y el vino entre sus discípulos (Lc 22:17-19).

En la Carta a los Colosenses leemos que con corazón agradecido debemos cantar himnos y salmos de gratitud a Dios, por medio del Señor Jesús (Col 3:15-17).

Entonces, en nuestra oración demos gracias a Dios por todo: porque es el creador del universo, de las cosas visibles e invisibles (Col 1:16), de las montañas, del mar y de todo lo que existe en la tierra que habitamos. Porque Dios nos escogió por amor antes de la creación del mundo (Ef 1:4-5), y nos llamó a la vida terrenal, a nuestra historia y a la vida eterna que nos ofrece. Él nos formó en el vientre de nuestras madres y miraba el desarrollo de nuestros cuerpos mientras se formaban en lo secreto: y Dios conocía los caminos de nuestras vidas antes de que naciéramos (Sal 139:13-16 y Jer 1:5).

Demos gracias a Dios, entonces, por darnos una familia, amigos y una comunidad para vivir. Agradezcamos a Dios por salvarnos de peligros, enfermedades y caídas, accidentes y ataques de los enemigos. Demos gracias a Dios por salvarnos de nosotros mismos, de nuestros rencores y violencias, de nuestros malos propósitos. Por esto y por mucho más.

Meditemos en silencio y busquemos en nuestra memoria las ocasiones en que hemos sentido la presencia de Dios en los acontecimientos más felices que hemos experimentado, en nuestros éxitos, cuando fuimos reconocidos por nuestros actos y aplaudidos por nuestros méritos. Agradezcamos también porque Dios estuvo con nosotros en los días tristes que se nos vinieron encima, cuando estábamos seguros de que no había salida alguna, de que ya no teníamos esperanza y que el fracaso y la desilusión era lo único seguro que teníamos.

Iremos entendiendo así que Dios está presente siempre, que jamás nos abandona, y que en los acontecimientos de todo tipo que vivimos, él nos guía, nos aparta de lo malo y nos perfecciona.

Por eso, busquemos en lo profundo de nosotros las ocasiones en las que hemos sentido la mano de Dios en nuestras vidas, hagamos un listado con esos sucesos tan personales, y agradezcamos a Dios con un corazón lleno de gozo por todos estos momentos.

## Oración de Gratitud

Adaptación de algunos salmos de gratitud.

*Te doy gracias, Señor, de todo corazón,*  
*Porque es grande el amor que tú me tienes*  
*Y me libraste de caer en el abismo (Sal 86:12-13).*

*Tu voz resonó clara en mis oídos:*  
*Invócame en los momentos de peligro,*  
*Yo te libraré y tú me glorificarás.*  
*Por eso mi corazón está lleno de gratitud hacia mi Dios (Sal 50:14-15).*

*No me diste más que una breve vida*  
*Y mi existencia es como nada ante ti.*  
*Ahí está el ser humano:*  
*Su vida dura sólo un instante*  
*Pero tú me amas, me proteges*  
*Y me llamas a una vida eterna junto a ti (Sal 39:4-5).*

*Por eso es bueno dar gracias al Señor*  
*Y cantar, Dios Altísimo, a tu nombre.*  
*Proclamar tu amor de madrugada*  
*Y tus cuidados del día en las vigilias de la noche (Sal 92:1-2).*

*Yo te glorifico, Señor, porque tú me libraste,*   
*Y no permitiste que mis enemigos me aplastaran,*  
*Estaba enfermo, Señor, y clamé a ti*  
*Y tú me sanaste.*  
*Gracias, Señor, me libraste de la muerte*  
*Por eso alabo tu santo nombre (Sal 30:1-4).*

*Amén.*  


# La Oración de Alabanza a Dios que es Cercano y Trascendente

Acudimos a Dios para que nos ayude, nos socorra, nos defienda de nuestros enemigos y nos cuide, como un padre se preocupa por sus hijos con ternura y amor; por lo que nuestra oración estará muy bien hecha cuando confiamos en la protección de Dios y pedimos su ayuda en el diario vivir.

Sin embargo, será muy importante para nosotros buscar a Dios no sólo con el propósito de pedirle protección, favores, salud, bienestar o cualquier otro beneficio, sino que también debemos buscarlo para disfrutar de su cercanía, para tener el agrado de adorarlo por lo que él es, y para alabarlo por su enorme creación que parece infinita en su grandeza de astros, estrellas y galaxias, maravillosa por la existencia de las cosas pequeñas, que definen también un vasto universo, por todo lo que existe y por la belleza y perfección de todo lo creado.

Estamos invitados a alabar a Dios por la ciencia, por la tecnología y por las buenas obras humanas de todo tipo, que muestran claramente que hemos sido hechos a imagen y semejanza del Creador. Lo alabamos igualmente por habernos dado la vida, por habernos dado nuestra familia, por todo lo que somos, porque nos ayuda a superar las dificultades, porque siempre está presente en nuestra existencia y porque nos da más de lo que nos atrevemos a pedirle.

Estamos invitados también a alabar a Dios por lo que es: único, creador de todo cuanto existe, de las cosas visibles e invisibles (Ap 4:11); porque siendo la creación enorme y maravillosa, Dios es trascendente y distinto a ella, por lo que no lo debemos confundir con su creación porque él es inmensamente mayor que todo lo creado. Sin embargo, todo existe y tiene vida porque él está compenetrado con su creación, está junto a ella; es el Dios que es, que era y que vendrá (Ap 1:8).

Alabamos a Dios porque siendo trascendente y todopoderoso se preocupa por cada uno de nosotros y por todo lo que vive y tiene existencia (Mt 6: 25-34).

Podemos pedir la ayuda del Espíritu Santo para alabar a Dios desde el fondo de nuestros corazones por todo lo bueno que nos da; así lo hizo Jesús cuando regresaron los discípulos que mandó a preparar su llegada a los pueblos de Galilea (Lc 10:21).

En la oración de alabanza se reconoce la gloria de Dios: Juan, el autor del Apocalipsis, en una de sus visiones ve a millones y millones de ángeles que proclaman la gloria de Dios, a los que se unen todos los seres que habitan el cielo, la tierra y el mundo inferior, es decir, todos los seres creados en el universo alaban a Dios y proclaman que el honor, la gloria y el poder le corresponden sólo a él (Ap 5:11-14).

El último salmo de la Biblia muestra que todas las cosas existentes alaban a su Creador por su poder y por su grandeza, unidas en un canto universal que se sintetiza en que todo lo que respira alaba a Dios como Señor y creador del universo (Sal 150).

## Aleluya, Alabado sea Dios

Oración inspirada en Sal 150 y en 1 Co 3:16-17.

*Que todos alaben a Dios con alegría*  
*Porque el Señor habita en nosotros:*  
*El Espíritu tiene su templo en nuestros corazones*  
*Y somos su santuario.*

*Alabe a Dios toda la creación:*  
*Alábenlo las galaxias, las constelaciones,*  
*Y todos los astros del firmamento;*  
*Que lo alaben el cielo, la tierra y los mares profundos.*

*Alábenlo porque es el Dios único,*  
*El que tiene a toda la creación en su mano,*  
*El que le da la energía que la mueve*  
*Y con su poder la conduce a la meta que él dispuso.*

*Alaben al Señor con el canto, con la danza*   
*Y con todos los instrumentos musicales:*  
*Con la trompeta, el oboe y la flauta*  
*Con el arpa, la guitarra y la lira,*  
*Con panderos y platillos sonoros.*

*Que los seres humanos alaben a Dios*  
*Que los seres que llenan la tierra y los mares lo alaben:*  
*Todos ellos existen porque el Señor les comunica su aliento.*  
*Que gozosos lo alaben y digan:*  
*Aleluya, alabado sea el Señor Dios.*

*Amén.*

# Enseñanza de Jesús Sobre la Oración Privada o Personal

La práctica religiosa tiene algunos aspectos privados que se mueven en un área estrictamente personal, ya que el llamado de Dios se dirige a cada uno, invitándolo a establecer una relación especial con él, porque, aunque formamos parte de una comunidad para crecer y apoyarnos en ella, la responsabilidad finalmente es siempre de cada persona. En este sentido, Jesús enseña que cuando alguien practica el ayuno, que esto sea sólo para Dios y no una ocasión para exhibirse frente a los otros (Mt 6:16-18), o que cuando la persona ayude al prójimo también esto sea una práctica privada que sólo Dios conozca, y que no se haga para destacar los méritos propios ante los demás (Mt 6:2-3).

Jesús enseña a sus discípulos lo mismo en relación con la oración: los instruye para que no busquen el reconocimiento de los otros orando a la vista de todos en lugares públicos. Por el contrario, les dice que se retiren a su pieza, cierren su puerta y oren al Padre, que está en lo secreto, en lo profundo de cada persona, y Dios los premiará al establecer con ellos una relación de intimidad y confianza (Mt 6:6). Es así que la oración personal nos ayuda a concentrarnos en nuestro deseo de unirnos a Dios y nos evita distracciones porque estamos enfocados en lo que realmente buscamos.

Esta oración nos permite hacer una reflexión profunda y verdadera junto a Dios,  porque a él no se le puede mentir. Es la ocasión de meditar en lo que hacemos, en lo que nos sucede y en nuestras decisiones, sabiendo que Dios está muy cercano, porque como dice la Carta a los Hebreos, la palabra de Dios penetra los pensamientos más íntimos (He 4:12-13). 

La oración a solas con Dios nos permite conocer mejor su voluntad y, por lo tanto, rectificar y cambiar de vida, de planes, de metas y objetivos. En el silencio y calma de esta oración personal, permitimos que Dios se comunique con nosotros en lo profundo de nuestra vida. 

Está claro que podemos orar espontáneamente, con las palabras que brotan naturalmente de nuestro interior, pero la Carta a los Romanos nos dice que a veces estamos confundidos y que no encontramos palabras para dirigirnos a Dios. Sucede que a veces estamos descolocados por los acontecimientos, por las circunstancias, y entonces no sabemos cómo orar, ni qué pedir, ni cómo debemos pedir. En estos momentos lo mejor es buscar la soledad, retirarse y guardar silencio profundo, porque el Espíritu de Dios está pronto para inspirarnos y pide a Dios por nosotros, desde nuestro interior (Ro 8:26).

En forma parecida, cuando sufrimos una crisis en nuestra vida tenemos la sensación de que la oración personal, aunque se haga con intensidad y fuerza, no encuentra la respuesta que esperamos de Dios. Entonces aumenta la confusión, dando la impresión de que no hay una salida para esa crisis. Esto termina cuando nos damos cuenta de que aunque los caminos de Dios muchas veces son incomprensibles y él parece estar lejos de nosotros, estos caminos finalmente nos fortalecen avanzando nuestra evolución personal.

Jesús practicó frecuentemente la oración personal para estar así más cerca de su Padre y empaparse de su voluntad, y nos invita a imitarlo y a escuchar a Dios. En muchas ocasiones se apartaba de sus discípulos y de la multitud que lo seguía y tomaba así decisiones importantes mediante una intensa oración privada (Lc 6:12-16).

# La Fuerza de la Oración en Comunidad

Las personas somos seres sociales que necesitamos de los demás para formar parte de una comunidad que nos pueda facilitar acercarnos a Dios mediante la práctica de la oración. La comunidad se establece cuando hay personas que se unen porque tienen propósitos comunes; hay entre ellas amistad y solidaridad, comparten ideales semejantes y tienen problemas similares. Por eso es importante el rol de la iglesia, de la congregación, de la familia o de los amigos cercanos para apoyar, animar y fortalecer a los integrantes del grupo en el encuentro con Dios a través de la oración.

Cuando los discípulos pidieron a Jesús que les enseñara a orar, él lo hizo con el Padre Nuestro, una oración formulada para ser rezada en comunidad. En ella Jesús les enseñó cómo debemos dirigirnos a Dios, que es el Padre de todos (Lc 11:1-4).

Jesús se reunía junto a los demás en la sinagoga de su pueblo; en ese lugar se oraba y se meditaba con la lectura de pasajes bíblicos, como lo señala el evangelio (Lc 4:16-21).

Tan importante como la oración personal que se hace a solas con Dios, es la oración hecha en comunidad. Jesús vio la fuerza que puede surgir de la unión de las personas que se juntan con un propósito. Por eso enseñó a sus discípulos que si dos de ellos se reúnen para pedir algo en su nombre, su Padre lo concederá porque cuando oren el mismo Jesús estará con ellos (Mt 18:19-20).

Al finalizar la última cena, Jesús y sus discípulos, que eran su comunidad, oraron cantando los salmos acostumbrados para la ocasión (Mt 26:30).

También leemos que después de la ascensión de Jesús, los apóstoles y las mujeres que lo habían seguido, junto a  María, la madre de Jesús, formaban parte de la primera comunidad en Jerusalén, todos dedicados asiduamente a la oración (Hch 1:13-14). Así también, en eventos posteriores, cuando Herodes encarceló al apóstol Pedro, la iglesia oraba constantemente a Dios por él (Hch 12:4-5).

Se puede orar en comunidad leyendo y meditando un texto bíblico, tal como un salmo, una parábola de Jesús, o un trozo del evangelio. También se pueden utilizar oraciones hechas para ser rezadas en grupo, como la oración del Rosario o la del Vía Crucis. Podemos ver, entonces, que la oración en comunidad es tan importante como la oración personal. Ambos tipos de oración son necesarios y se complementan, de acuerdo a nuestra realidad de seres individuales y sociales.

# Orar con la Palabra de Dios

Meditar es pensar con mucha atención en la palabra de Dios; en este sentido, meditar es una forma de reflexión que nos permite concentrarnos en un pasaje de la Biblia para analizarlo y aplicarlo a la vida de cada uno.

Así, meditar o reflexionar es una forma de oración mediante la cual buscamos conocer la voluntad de Dios expresada en un texto bíblico para aplicar sus enseñanzas a nuestra vida diaria, de tal manera que ilumine nuestro pensamiento y nos guíe en nuestras acciones.

El salmista nos enseña que la palabra de Dios es como un manjar en la boca del que en ella reflexiona, que lo nutre con la sabiduría y que con sus enseñanzas ilumina los caminos de su vida (Sal 119:103-105). Meditar en un pasaje bíblico es orar disponiendo la inteligencia y la voluntad para entender y vivir lo que Dios nos dice.

Para hacer una oración de reflexión o meditación es bueno que nos concentremos, evitando así todo tipo de distractores que nos lleven a abandonar nuestro propósito. A través de la atención a nuestra mente, podemos ser conscientes de lo que nos presenta, ya sean actividades, pensamientos y recuerdos que nos desvían la atención, que debe estar centrada en la reflexión que estamos haciendo. Por eso es bueno que logremos un estado interior de silencio y quietud, indispensables para concentrarnos, de tal modo que toda nuestra energía física y mental esté ocupada en la oración, de acuerdo con la enseñanza de Jesús que nos dice que debemos amar a Dios con toda nuestra fuerza y con toda nuestra inteligencia (Mt 22:34-40).

Esto lo lograremos al reflexionar sobre la palabra de Dios en un lugar tranquilo, tomando una postura física cómoda y relajada, que nos permita estar muy atentos para entender lo que estamos orando y para apartar los elementos extraños si aparecen, de manera que se mantenga nuestra actitud de tranquilidad y paz interior cuando nos concentremos en nuestra oración. Es lo que hacía Jesús cuando trabajando en su taller en Nazareth esperaba su hora para manifestarse a la gente (Lc 2:51-52); al recibir el bautismo de Juan comprendió que había llegado ese momento, y se retiró a la soledad del desierto para reflexionar y meditar sobre su misión de acuerdo con la voluntad de Dios. Al final de su oración de cuarenta días descartó con fuerza todos los elementos extraños, que en forma de tentaciones pretendían apartarlo de su misión, y se manifestó a la gente anunciando la llegada del reino de Dios (Mt 4:1-11). Lo mismo hacía en su vida pública, cuando con frecuencia se apartaba de todos para reflexionar y decidir sobre sus acciones inmediatas (Lc 5:16).

A esto mismo nos invita Jesús cuando nos enseña a orar y dice que nos retiremos a nuestro cuarto y cerremos la puerta, porque en el silencio, la quietud y la tranquilidad de nuestro mundo interior podremos entender la voluntad de Dios. En forma parecida se expresa esto en la Carta a los Romanos, al leer en ella que es bueno buscar en nuestro interior, donde habita el Espíritu Santo, que nos inspira y nos dice cómo orar para conducirnos a Dios (Ro 8:26-27).

En este sentido, podemos decir que toda oración es de meditación o reflexión: si oramos en forma privada tenemos que tomar conciencia de lo que estamos diciendo o pensando, concentrarnos en lo que estamos haciendo, evitando la aparición de pensamientos o imágenes que nos desvíen la atención. Si oramos con una oración conocida, como el Padre Nuestro o un salmo, entonces es bueno rezar o leer atentamente el texto, tratando de entender su significado, reflexionando sobre lo que nos dice esa oración. Meditar es centrarse en los elementos del contenido de la oración y profundizarlos, reflexionando sobre la palabra de Dios para discernir y entender su voluntad.

Un ejemplo es la oración llamada Vía Crucis, que es una meditación en comunidad en relación con el camino que recorrió Jesús hasta el lugar de su crucificción y muerte, según se describe en los evangelios. Compartiendo estos textos centramos nuestra atención sobre cómo Jesús es sometido a juicio, carga con la cruz, es crucificado, y sobre su muerte y sepultura.

Orando así podemos agradecer a Dios por todo lo bueno que tenemos, por todo lo que nos da, reflexionando sobre su permanente preocupación por nosotros, aprendiendo a discernir entre los acontecimientos de nuestra vida para ver en ella su presencia. Para esto es fundamental lograr el silencio interior.

En conclusión, la meditación sobre la palabra de Dios es una forma importante de oración. Es un proceso que requiere de silencio interior, evitando las distracciones para centrarse en el contenido y significado profundo de las enseñanzas bíblicas. Como Jesús nos invita, es bueno buscar la quietud y el aislamiento para entender la voluntad de Dios desde nuestro mundo interior. Ya sea en la oración privada o en comunidad, el objetivo es siempre el mismo: profundizar en la palabra de Dios, discernir su voluntad y aplicar sus enseñanzas a nuestra vida cotidiana. A través de este acto de meditación y reflexión, seremos capaces de apreciar todo lo bueno que Dios nos ha dado y entender su constante presencia en nuestra vida (Mt 6:6).

# La Oración de Discernimiento en un Mundo de Incertidumbres

Discernir es la capacidad de las personas para distinguir los distintos aspectos de una situación, de un acontecimiento, de las palabras pronunciadas por alguien, de aquello que se nos propone o de lo que nos invitan a hacer, y actuar consecuentemente.

Una oración de discernimiento espiritual se hace para que Dios nos permita distinguir o diferenciar claramente lo bueno de lo malo, que en el mundo y en nuestro interior marchan confundidos y entrelazados, como el trigo crece junto con la mala hierba.

En efecto, vivimos en un mundo de incertidumbres donde no es fácil moverse, un mundo donde los acontecimientos y las personas se vuelven impredecibles; por eso necesitamos la capacidad para poder discernir y así actuar del mejor modo.

A lo más profundo de nuestra persona llegan las tendencias del mundo mediante las palabras de otros con sugestiones, insinuaciones y valoraciones; o mediante los medios de comunicación recibiendo opiniones en relación con lo que se considera de avanzada y de lo que piensan o creen las mayorías, de modo que nuestra mente se llena de un sinnúmero de pensamientos, unos rectos, otros erráticos.

Somos caminantes en busca de Dios, pero tenemos muchas vías que se nos presentan y muchas decisiones que tomar para poder movernos de la mejor forma en este mundo. Por esto tenemos la necesidad de discernir la voluntad de Dios, saber lo que Dios quiere de nosotros, porque él conoce esa zona interior de cada persona donde se encuentran nuestros anhelos, nuestros secretos más íntimos, lo que nos pertenece sólo a nosotros. En esa intimidad podemos escuchar a Dios, que conoce nuestros motivos y actos con más profundidad que nosotros mismos. Si muchas veces nos cuesta discernir su voluntad es porque los caminos del Señor son misteriosos, aunque sabemos que siempre Dios procura nuestro bien y nos irá guiando y podando de asperezas hasta que podamos reconocerlo y discernir su voluntad.

En la Primera Carta de Juan, su autor nos llama a tener la capacidad para discernir los espíritus, es decir, para distinguir las inspiraciones o influencias que a diario nos propone el mundo, y de esta manera entender claramente lo que viene de Dios. Para esto estamos invitados a guiarnos por las enseñanzas de Jesús (1 Jn 4: 1-3).

Aplicar los criterios adecuados nos permitirá discernir correctamente para tomar las buenas decisiones que deseamos.

El apóstol Pablo señala como criterio seguro la búsqueda del bien de los demás para tomar decisiones y actuar. Por eso nos dice que, de acuerdo con la libertad cristiana, para una persona todo es lícito, todo está permitido, pero no todo lo que se puede hacer es provechoso ni conveniente, ya que no sólo se debe pensar en uno mismo, sino en el bienestar de los otros (1 Co 10:23-24).

En su evangelio Jesús nos propone enseñanzas que nos pueden guiar a discernir las situaciones, como no mirar la paja en el ojo ajeno, sino mirar primero las faltas o errores de uno mismo (Mt 7:3-5), o a no responder del mismo modo las ofensas recibidas (Mt 5:39).

Jesús nos enseña, por otra parte, cómo debemos actuar para que se produzcan buenas relaciones recíprocas entre las personas: es bueno hacer con los demás tal como queremos que los demás hagan con nosotros (Mt 7:12). Esta norma o máxima de conducta sirve como guía para resolver las situaciones difíciles que se nos presentan al relacionarnos con los demás.

Jesús también nos entrega como criterio de discernimiento y de acción la mayor enseñanza religiosa de la Biblia que es la de amar al Señor con todo el corazón, con toda la fuerza y con toda la inteligencia, y al prójimo como a uno mismo (Mr 12:29-31).

Al desglosar estas enseñanzas queda claro que amar a Dios sobre todas las cosas nos lleva a tomar la decisión de no adorar dioses falsos o ídolos, tales como una ideología o las fuerzas políticas o económicas; nos indica también que no debemos someternos a otras personas o a los bienes del mundo, ya que todo esto es relativo y contingente; son cosas que hoy están y mañana desaparecen. El único absoluto es Dios, que permanece para siempre.

Amarse a sí mismo es un criterio de discernimiento y acción que nos ayuda a tomar decisiones que beneficien el bienestar propio, como mantener una buena salud llevando una vida sana de cuerpo y mente; trabajar, descansar y buscar la calma y tranquilidad para poder discernir, sin dejarse esclavizar por vicios y costumbres usuales en nuestro tiempo; mantener la mente abierta, dispuesta a recibir influencias positivas de otras personas o de buenos libros, prefiriendo  ambientes favorables para convivir con los demás. Amarse a sí mismo significa, además, eliminar la exposición de la persona a materiales de baja calidad que promueven la violencia, la falta de respeto por la vida y el egoísmo, ya que todo esto produce un efecto negativo en la mente y la programa para pensar y actuar de forma también negativa. Por eso en los Salmos leemos que es dichosa la persona que no hace caso a los malvados, ni sigue sus caminos ni los escucha ni se reúne con ellos, porque son como la paja que el viento se lleva (Sal 1:1 y Sal 1:4).

El criterio de amar al prójimo significa que la persona tiene que esforzarse por buscar el bienestar de los otros y no ver en los demás sólo sus problemas y defectos, sino ver lo bueno que tiene cada uno. Amar al prójimo significa creer en el otro a pesar de todo, esperar siempre algo positivo de él, saber que puede cambiar, sin que importe su edad o rango intelectual (Jn 3:3-8), porque todos los seres humanos tienen cosas buenas en el corazón, ya que todos hemos sido formados a imagen de Dios.

En conclusión, discernir es un don que Dios nos ha dado para movernos en el mundo, para distinguir entre lo bueno y lo malo, y para tomar decisiones sabias para nuestro beneficio y el de los demás. Necesitamos cultivar esta habilidad a través de la oración y la reflexión. Las enseñanzas de Jesús nos dan una guía para discernir y actuar, siempre buscando lo fundamental que es amar a Dios con todo nuestro corazón, con todas nuestras fuerzas y con toda nuestra inteligencia, y amándonos a nosotros mismos y a los demás. Recordemos que, a pesar de la incertidumbre y caos del mundo, Dios está con nosotros, nos conoce mejor de lo que nos conocemos a nosotros mismos, y que siempre busca nuestro bien.

# La Oración para Interceder por Otros

Interceder es hablar a una persona en favor de alguien para conseguir un beneficio para ella. En la vida diaria es frecuente que las personas intercedan unas por otras, como parte de las relaciones sociales de una comunidad.

Del mismo modo, mediante la oración de intercesión hacemos peticiones a Dios buscando el interés y beneficio de alguna persona (Fil 2:4). Ya que todos estamos llamados a interceder ante Dios por los demás, la oración de intercesión es muy importante porque con ella pedimos a Dios un beneficio para otros, de acuerdo con la enseñanza de amar al prójimo como a uno mismo.

Oramos a Dios con la intención de conseguir para otra persona cosas buenas como la solución de un problema, la recuperación de la salud, de la tranquilidad espiritual, de la armonía familiar o cualquier bien que esa persona necesite obtener. Podemos orar por nuestros familiares y amigos, por los que están pasando por dificultades y por los enfermos.

Podemos orar ante Dios por los demás uniéndonos así a la oración de Jesús, que intercede constantemente por nosotros, ya que está en la intimidad del Padre rogando por todos (He 7:24-25); porque Jesús no vino para tomarnos en cuenta nuestras faltas, sino para interceder por nosotros (Ro 8:34), es decir, tenemos ante Dios un defensor de todos los seres humanos, porque el sacrificio de Jesús, el hombre justo, se hizo para lograr el perdón de nuestras faltas (1 Jn 2:1-2).

Jesús nos enseñó a interceder por los demás. Él pidió por sus discípulos en la Última Cena. Oró por ellos ya que los enviaba a difundir su mensaje en el mundo; también intercedió por los que vendrían después y creerían en él por medio de la palabra de sus discípulos (Jn 17:14-20).

Profundizando el mandamiento de amor al prójimo, Jesús nos enseñó que debíamos amar a nuestros enemigos y orar por ellos, para así comportarnos como Dios mismo, que ama a todos, sin distinción (Mt 5:43-48). En el evangelio de Lucas nos reitera que debemos hacer el bien y amar a los enemigos, porque si actuamos de esa forma nuestra recompensa será grande ya que así llegaremos a ser hijos de Dios, que es bueno y compasivo con todos (Lc 6:35-36).

Estando en el suplicio de la cruz, Jesús intercedió por aquellos que lo crucificaron, pidiendo el perdón para ellos porque no sabían lo que estaban haciendo (Lc 23:33-34).

Si oramos por los que nos hacen daño podemos llegar a ser agentes para la transformación positiva de ellos. En la Carta a los Romanos leemos que si uno de ellos tiene hambre y sed debemos darle de comer y darle de beber. Así, esa persona, al percibir que su mala voluntad tiene como respuesta un acto de amor y solidaridad, podrá encontrar en esto la ocasión de rectificar su conducta y cambiar su vida (Ro 12:20-21). La oración por los enemigos también nos libera de los elementos nocivos y repetitivos presentes en nuestra mente, y nos trae la paz a nosotros mismos y a nuestro entorno.

Podemos orar a Dios intercediendo por otros tal como nos enseñó Jesús y según los ejemplos que tenemos en la Biblia. En el libro del Génesis encontramos que Abraham intercedió por Sodoma con el propósito de que esta ciudad escapara del castigo inminente que venía (Gn 18:23-33); el apóstol Pablo pide que no sólo se interceda por los integrantes de la comunidad, sino que también por reyes y autoridades, para que todos puedan vivir una vida buena en paz y tranquilidad (1 Ti 2:1-2). En la Carta a los Efesios, el mismo apóstol pide a los fieles de esa iglesia que sean constantes en la oración y que rueguen a Dios por los hermanos de la comunidad y especialmente por él, para que Dios le dé palabras y valentía cuando tenga que defender su causa en los tribunales, ya que estaba prisionero en Roma a punto de ser sometido a juicio (Ef 6:18-20).

Cuando no sabemos cómo pedir o interceder por alguien, el mismo Espíritu Santo intercede por nosotros para que nuestra oración sea la adecuada y conforme a la voluntad de Dios (Ro 8:26-27).

La oración de intercesión es muy valiosa para nosotros y para los demás, ya que cuando la practicamos estamos dando cumplimiento a la enseñanza más importante, que es amar a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a uno mismo. Esta oración es un acto de amor hacia las personas, familiares y amigos por los que intercedemos.

# La Oración de Bendición y el Poder de la Palabra

La Bendición es una declaración de alegría, de felicidad, de éxito, de buenas intenciones, que se expresa en palabras; es la manifestación de un deseo para que suceda lo mejor. En la bendición se manifiesta el poder de la palabra que se pronuncia con intención y fuerza para alcanzar su propósito. Al contrario de lo que generalmente se dice, las palabras no se las lleva el viento, sino que permanecen en el corazón del que las pronuncia y en el interior del que las recibe, produciendo siempre un impacto entre las personas. De ahí la importancia de la oración de bendición.

Toda bendición procede de Dios, que es el origen de todo lo bueno, porque siempre quiere lo mejor para los seres humanos y para toda su creación. Así, por todas las personas, por las obras que producen y por todas las cosas de la creación podemos rezar a Dios para que les dé su bendición, su favor y protección.

En el libro del Génesis, el primero de la Biblia, leemos que Dios hizo el mundo por medio de su palabra, creó a los seres humanos a su imagen y semejanza, y les dio la bendición para que se multiplicaran y llenaran la tierra, dándoles autoridad sobre los seres que habitan el mar, sobre los que vuelan por el aire y sobre los que se mueven sobre la tierra (Gn 1:27-28).

Más adelante, Dios da su ley a los israelitas por medio de Moisés: si ellos obedecen la ley recibirán la bendición de Dios, es decir, su protección, seguridad y paz, ya que dejarse guiar por la palabra de Dios significa confiar en él y esperar todo de su bondad; el que así vive es como un árbol plantado cerca del agua, frondoso y cargado de frutos, lleno de las bendiciones divinas (Jer 17:7-8).

Jesús enseñó que es bueno bendecir a las personas y a las cosas, porque todo viene de Dios. En una ocasión seguía a Jesús una multitud muy grande, atraídos todos por sus enseñanzas y por los milagros que realizaba. Al terminar el día, sus discípulos pidieron a Jesús que despidiera a la gente para que pudieran ir por los pueblos cercanos en busca de comida, pero él dijo a sus discípulos que ellos mismos debían alimentarlos. Sólo disponían de cinco panes y dos peces; sobre estos alimentos Jesús pronunció la bendición, los multiplicó y sació con ellos a la multitud, y aún sobraron doce canastas (Lc 9:16-17).

Reunido Jesús con sus discípulos en la Última Cena, pronunció la oración de bendición sobre el pan y el vino que luego repartió entre ellos (Mr 14:22). Después de resucitar, Jesús llevó a sus discípulos fuera de la ciudad para despedirse de ellos; ahí elevó sus manos, y mientras los bendecía, se separó de ellos y ascendió a los cielos (Lc 24:50-51).

Nosotros estamos también llamados a pronunciar palabras de bendición. Para esto nuestro interior debe estar lleno de amor y de buenas intenciones, porque Jesús enseñó que de la abundancia del corazón habla la lengua (Lc 6:45). En primer lugar, podemos bendecir a Dios como expresión de gratitud, de reconocimiento por todo lo que nos da, por ser el creador que da la vida a todos los seres y como muestra de admiración por sus obras (Sal 34:1-3). Bendecir a Dios es lo mismo que adorarlo, alabarlo y darle gracias.

También estamos invitados a bendecir a otras personas como una expresión de amor al prójimo, para fortalecerlas, llenarlas de confianza, animarlas para que se sientan bien y ayudarlas en su caminar por la vida; esto significa reconocer los méritos que tienen los demás y desearles lo mejor, como el éxito en lo que emprenden y una buena salud, pidiendo la protección de Dios para ellos.

No olvidemos también buscar lo mejor para nosotros mismos, invocando la protección divina con expresiones como “que hoy tenga un buen día, que mi trabajo sea de provecho”, o bien “hoy estoy alegre porque me va bien con la ayuda de Dios”. Así podemos expresar el amor que cada uno debe tener por sí mismo. 

Del mismo modo, podemos bendecir a nuestros hijos (Gn 27:27-29), hermanos, familiares y amigos. También se pueden bendecir las obras humanas y los instrumentos de trabajo por ser operados por personas, y la naturaleza por ser parte de la creación de Dios.

En el mismo sentido, también podríamos pedir que nos bendiga nuestro padre, nuestra madre o un abuelo, es decir, una persona que respetemos y que nos ame. Al bendecirnos, esa persona invoca a Dios y nos transmite sus buenas intenciones.

Se sabe que en nuestro corazón se entremezclan lo bueno y lo malo, las buenas y las malas intenciones, como el trigo crece junto con la mala hierba (Mt 13:24-30). Si no estamos atentos a lo que hay dentro de nosotros, sucederá que con la misma boca con la que bendecimos y agradecemos a Dios, podremos maldecir y destruir a nuestro prójimo (Stg 3:8-10). Optemos entonces, en todo momento, por pronunciar palabras de bendición tanto sobre nuestros seres queridos como sobre nuestros enemigos como nos enseña Jesús. Aún más, él nos llama a bendecir a los que nos maldicen y a rogar por los que nos hacen daño (Lc 6:27-28).

En conclusión, la bendición es un acto poderoso y significativo que nos permite expresar amor, gratitud y buenos deseos. A través de la bendición, reconocemos a Dios como fuente de todo lo bueno. Siguiendo el ejemplo de Jesús, estamos llamados a bendecir a los demás con un corazón lleno de amor y buenas intenciones, contribuyendo así a su bienestar y crecimiento espiritual. Al bendecir, fortalecemos nuestras relaciones ofreciendo apoyo a otros, cumpliendo así la enseñanza de amar al prójimo como a nosotros mismos.

## Oración para Bendecir la Mesa

*Señor, te damos gracias por estar reunidos en familia*  
*Y con los amigos que hoy nos acompañan.*  
*Bendice, Señor, estos alimentos, necesarios para nuestro sustento,*  
*Preparados con cariño y dispuestos en esta mesa acogedora.*  
*Bendice, también, a nuestros familiares y amigos que están lejos,*   
*Que compartan, como nosotros, su alimento*  
*Con alegría y en paz.*   
*Danos nuestro pan de cada día*  
*Y danos tu bendición, Señor.*

*Amén.*  


# La Oración por la Paz

Comúnmente se entiende la palabra paz como el logro del bienestar total, de la armonía con los demás, de la concordia en la familia, de la tranquilidad y del goce de una buena salud física y emocional, como también de la ausencia de guerra entre las naciones y pueblos, como la armonía en las comunidades, como las relaciones justas entre las personas y entre los países. Sin embargo, sabemos que la paz, tan importante para todos, es un ideal muy difícil de lograr. Así, la vida diaria es un desafío permanente  porque las dificultades cotidianas muchas veces nos producen ansiedad, estrés, ira y miedo; y en lugar de vivir la vida en paz, el temor a la incertidumbre nos quita la tranquilidad y nos aleja del deseado bienestar. En este sentido, la Carta a los Romanos afirma que los seres humanos, llenos de disturbios interiores y conflictos con los demás, no conocen el camino que lleva a la paz (Ro 3:17-18).

Los romanos, grandes conquistadores del mundo antiguo, se referían a la paz con esta máxima:

*Si vis pacem, para bellum.*

La máxima significa que si quieres la paz debes preparar la guerra. Porque para ellos y para el mundo la paz brota del esfuerzo para dar soluciones duraderas a las relaciones fracasadas entre las personas de una comunidad familiar, lugar laboral, ciudad, nación o estado. La solución es la paz o tranquilidad que imponen algunos sobre los demás. Esto puede lograrse mediante el dominio de una ideología, de un sistema económico, por la supremacía de las armas o por un dominio personal mediante la fuerza, la persuasión y el engaño. Pero, esta paz que da el mundo, aunque traiga tranquilidad y orden, no es la paz propiamente tal porque se basa en la fuerza y la opresión.

La paz, entendida sólo como la ausencia de guerra entre bandos opuestos, o como el equilibrio de fuerzas, o bien como un poder despótico que se impone sobre el resto de las personas, dista mucho de ser lo que realmente requiere el ser humano. En realidad este estado de cosas viene a ser como la paz de los cementerios, o es una tranquilidad bajo estricto control, pero aun así es preferible a la guerra y es una condición para vivir sin muchos sobresaltos y para el progreso de la economía, las artes y la ciencia. Sin embargo, esto es muy diferente a la verdadera paz, que es un don de Dios.
  
En el tercer capítulo del Génesis se relata cómo los seres humanos al desobedecer a Dios, se enemistaron con su Creador y perdieron la paz que habían recibido como un don, por ser personas hechas a imagen y semejanza de Dios. La perdieron en cuatro aspectos de la vida humana: (1) al desaparecer la amistad y cercanía que mantenían con Dios (Gn 3:8); (2) al perder por esto la alegría y tranquilidad interior sintiéndose desnudos y vulnerables (Gn 3:9-10); (3) al desaparecer la relación armoniosa con las otras personas, causa de los conflictos y enemistades (Gn 3:12); y (4) al perder la relación justa y adecuada con las cosas y la naturaleza (Gn 3:19).

Jesús viene a reconciliar a los seres humanos con Dios y a restablecer la paz recibida como un don. La restablece en los cuatro aspectos señalados:

## Relación con Dios

Lo primero es que Dios nos reconcilia con él mismo por medio del sacrificio de Jesús (2 Co 5:18-19); el apóstol Pablo nos insta a dejarnos reconciliar con Dios para que por medio de Jesús podamos participar de la perfección de Dios (2 Co 5:20-21).

## Tranquilidad y Alegría

A nivel personal, Jesús enseña que la paz que él da, que es la paz de Dios, hace posible que una persona logre la verdadera tranquilidad y armonía interior. Sana a una mujer que padecía hemorragias desde hacía doce años; su enfermedad, además del daño físico, le traía sufrimiento y angustia; Jesús la sana y la despide diciéndole que se vaya en paz. La mujer ha recobrado la salud física, la alegría, la tranquilidad y la paz interior (Mr 5:25-34).

Al despedirse Jesús de sus discípulos en la última cena, les da su paz, diciéndoles que su paz no es como la que da el mundo; les dice también que al recibir su paz sus discípulos no deberán tener ni angustia ni miedo (Jn 14:27) ni acobardarse cuando vengan los problemas, porque él, Jesús, ya ha vencido al mundo (Jn 16:33).

La paz de Jesús nos libra de aquello que paraliza al ser humano: sentimientos como el miedo, la incertidumbre, el temor por lo que puede suceder, la angustia y el descontrol de la mente. Jesús nos devuelve la paz interior. Sus discípulos, reunidos en Jerusalén y escondidos por miedo, vieron a Jesús en medio de ellos, que los saludó deseándoles la paz; su miedo desapareció y se llenaron de alegría al verlo. Jesús les da nuevamente su paz y los envía para que sean sus testigos en Jerusalén y en todo el mundo (Jn 20:19-20).

Como se puede apreciar, para una persona la paz no significa la ausencia de dificultades, de problemas, de una crisis emocional o de conflictos. En la Epístola a los Filipenses el apóstol Pablo les dice que no se inquieten por nada porque Dios está cerca y que presenten sus peticiones acompañadas de acción de gracias para obtener la paz que da Jesús, que es mayor que todo lo que pueda imaginarse, y que protegerá los corazones y los pensamientos de los que así lo hagan (Fil. 4: 4-7).  
      
Todos estamos invitados a aceptar a Jesús en nuestra vida y a seguir sus enseñanzas como camino para obtener su paz. Así podremos experimentar la presencia de Dios y cultivar una relación de amor con nosotros mismos y con los demás, lo cual es conducente a la alegría y paz divina. La paz personal permite orar en silencio a Dios y obtener su favor (Mt 6:6), para integrarse después con más fuerza y claridad en el diario vivir.

## Relación Armoniosa con las Personas

La paz de Jesús también permite una buena relación con los demás en la familia y en las instituciones laborales, comerciales o de cualquier tipo, porque Jesús es la fuente de reconciliación entre los distintos grupos, llamados a la unión y concordia (Ef 2:14-16), y la paz tiene que ser construida por personas que actúen como levadura en la masa proponiendo las enseñanzas de Jesús. En las bienaventuranzas Jesús enseña que serán felices los constructores de la paz, que son aquellos que se empeñan en establecer relaciones armoniosas entre las personas (Mt 5:9).

## Relación Justa con la Naturaleza

Por otra parte, la paz que trae Jesús restablece las relaciones adecuadas entre los seres humanos y la casa común de todos: la tierra y la naturaleza, el mar, los ríos, el aire, las montañas y los seres vivos que la habitan. Dios puso todo bajo la mano de los seres humanos, pero no para la explotación sin límite de los recursos naturales, no para la contaminación y destrucción de la tierra. Jesús muestra que Dios puso la naturaleza bajo el cuidado consciente del ser humano cuando multiplicó los panes, calmó la tormenta y caminó sobre las aguas.

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Los profetas del Antiguo Testamento contemplan el momento futuro cuando triunfe el mensaje de Jesús y llegue la paz escatológica, la paz universal, que visualizan como una civilización perfecta construída según el plan de Dios, que incluye la necesaria colaboración de los seres humanos a través de la historia. En lenguaje poético los profetas anuncian que ya no habrá guerras entre los pueblos ni los países se armarán para la guerra; todo lo contrario, de sus armas harán útiles de labranza e instrumentos de paz (Mi 4:3-4); la naturaleza no será enemiga de los seres humanos y el lobo y el león pastarán como animales domésticos (Is 65:25). El mundo de miedo y angustia terminará y en su lugar se logrará la paz universal.  


# El Perdón, la Decisión más Importante

Perdonar es una decisión que nos hace olvidar o dar por superada una ofensa o deuda que una persona tiene con nosotros. Perdonar significa no guardar rencor ni mantener deseos de venganza contra el ofensor, a pesar del daño y sufrimiento que nos causó. Considerado así este punto, vemos que perdonar es un acto de la voluntad y de la razón, con argumentos que apoyan esta decisión; sin embargo, cuando se trata de llevar el perdón hasta lo profundo de los sentimientos llegando a lo que llamamos perdonar de corazón, surgen dificultades que a veces pueden sentirse como insuperables.                          

La palabra “perdonar”, formada por el prefijo “per” más “donar”, significa dar o regalar definitivamente aquello que el deudor debía. Perdonar es decidir el olvido de una falta; significa también eximir al culpable de una obligación. La decisión de perdonar puede ser expresada al ofensor o también el perdón puede ser otorgado en forma tácita, es decir, simplemente se olvida la ofensa. Esto porque,  si liberamos la mente y el corazón del resentimiento podremos dejar el pasado y enfocarnos en lo positivo del presente. Pero, el perdón, al olvidar la falta, no siempre significa el restablecimiento de la relación existente antes de la ofensa, porque perdón y reconciliación son términos distintos, pero, por supuesto, estrechamente relacionados.

Ya que todos los seres humanos somos imperfectos, las ofensas o daños mutuos son frecuentes, por lo que perdonar es también un acto de reconocimiento de la imperfección humana. Sin embargo, como el ser humano es por naturaleza un ser gregario y cada uno necesita de los demás, se hace necesario reconstruir en forma permanente el tejido social. Con el perdón se  recobra la paz y la tranquilidad, permitiendo que se restituya una relación más adecuada entre las personas. En efecto, el odio, el rencor y el deseo de venganza pueden destruir una comunidad, pero el perdón produce un cambio paulatino en las relaciones sociales, como una fuerza que va cambiando el mundo.

## Ejemplos de Perdón y su Fuerza Liberadora en el Antiguo Testamento

La Biblia contiene muchos pasajes que ejemplifican el perdón y su fuerza liberadora. Sin embargo, los relatos más antiguos se sitúan en un mundo violento donde predomina la venganza y el orgullo humano extremo. Caín mata a su hermano Abel, como consecuencia se aleja de su comunidad; pero si alguien lo matara, Caín sería vengado 7 veces (Gn 4:3-16). Un descendiente suyo, Lamec, mata a un joven por una ofensa y promete vengarse 77 veces si a él lo dañan (Gn 4:23-24).

En una sociedad donde predomina la violencia, la venganza desmedida parece ser el único camino posible, manteniendo el orden del más fuerte. Sin embargo, Moisés con la Ley del Talión se propone humanizar las costumbres buscando la justicia mediante un castigo que sea proporcional al daño, expresado en la forma de “ojo por ojo, diente por diente" (Lev 24:18-20). Con la Ley del Talión se busca una justicia legal y proporcional al daño, evitando así la venganza que destruye a la persona y a la comunidad.

Sin embargo, ya en el libro del Génesis encontramos la historia de José y sus hermanos, que expone un punto de vista distinto sobre la ofensa y la venganza, introduciendo un nuevo elemento: el perdón. En efecto, en este relato, la venganza y el desquite son reemplazados por el perdón de la ofensa, que restituye la armonía familiar. Sus hermanos venden a José a unos mercaderes que van a Egipto; lo hacen por celos y envidia. Sin embargo, José llega a ser el primer ministro del país, y en una época de hambruna reconoce a sus hermanos que acuden a Egipto a comprar alimentos. José no se venga de ellos, sino que los perdona, trae a sus familias y los establece con sus rebaños en las mejores tierras de ese país (Gn 37 y Gn 39-47).

## La Enseñanza de Jesús sobre el Perdón

Jesús inició su vida pública anunciando el Reino de Dios, que ya está en medio de la gente, no de manera material y física, sino de forma espiritual, como una transformación de las personas que van aceptando la presencia de Dios en el interior de cada uno y en el mundo (Lc 17:21).

En este sentido, el perdón otorgado a otros es un requisito para vivir en la presencia de Dios. Jesús muestra a Dios como Padre compasivo que va más allá de la justicia humana que obliga al deudor a pagar lo que le corresponde por la falta o la deuda que tiene con otro. Mientras que la justicia humana alcanza su mejor forma en la Ley del Talión, que se sintetiza en la fórmula de “ojo por ojo, diente por diente”, Jesús, al contrario de lo que dijo Lamec en otro tiempo, invita a perdonar 70 veces 7, es decir, a perdonar sin límites y a reconciliarse una y otra vez con el ofensor: un perdón ilimitado y constante. El perdón promueve, entonces, la positiva cooperación entre las personas y por esto, el desarrollo de la sociedad, en la que se manifestará a su tiempo el reino de Dios.

El perdón es entonces un don de Dios que permite que una persona pueda mirar a los demás con la misma misericordia y amor con que Dios nos ve. 

### Parábola del Hijo Pródigo

En la parábola del hijo pródigo, Jesús relata que un hombre tiene dos hijos. El menor pide lo que le corresponde de su herencia y se va lejos de la casa de su padre y despilfarra el dinero en una vida de desorden y derroche. Después de un tiempo, queda sin dinero y pasa necesidades extremas agravadas por una hambruna que se desata en aquel lugar. Al darse cuenta de su situación añora la casa de su padre, y aunque no se siente digno, decide regresar junto a él, ahora no como hijo sino como un jornalero más. Cuando vuelve, su padre lo vio venir porque estaba esperando su regreso. Recibe a su hijo, y sin escuchar sus explicaciones, lo viste, lo adorna y hace una fiesta para celebrar su regreso. Su hermano mayor se indignó por esto, y se negaba a entrar a la casa y a la fiesta. Pero el padre le dice que su hijo menor estaba perdido y fue hallado, que estaba muerto y ahora vive.

En esta parábola, el padre representa a Dios, que está siempre dispuesto a perdonar. El relato muestra, a la vez, las relaciones que Dios establece con los seres humanos y lo que espera de ellos. Notemos que cuando el hijo menor le pide la herencia, el padre se la da sin objetar nada. Su padre no lo presiona para que vuelva, sino que respeta su libertad, pero siempre confía en su regreso. El hijo, que representa a todo aquel que usando su libertad opta por vivir lejos de Dios, decide regresar a la casa de su padre cuando toma conciencia de lo que ha perdido, porque creyendo que sería más libre y que se realizaría plenamente como persona, se da cuenta de que ahora está solo y sufriendo; se arrepiente de lo que ha hecho y toma la decisión de cambiar de vida; confía en que su padre lo recibirá y acogerá de alguna manera. El hijo reconoce sus errores y está dispuesto a asumir las consecuencias; sin embargo, su padre le da mucho más de lo que él espera: lo perdona, es decir, olvida el mal que hizo y lo acoge con enorme alegría. Hace una fiesta en su honor y le restituye sus derechos de hijo.

Por otra parte, habla al corazón de su hijo mayor tratando de que comprenda que el regreso de su hermano es un gran logro familiar, porque lo importante no es el castigo, sino el amor y la reconciliación (Lc 15:11-32). 

En la oración del Padre Nuestro (Mt 6:9-13) Jesús nos enseña a pedir que Dios nos perdone nuestras deudas así como nosotros hemos perdonado a nuestros deudores, es decir, que nuestra acción de perdonar al ofensor ya se realizó plenamente. Esto está en la línea de darnos cuenta de que sólo cuando hemos perdonado las ofensas que nos hicieron adquirimos la experiencia liberadora del perdón que se da por amor, sin límites y sin condiciones. Si somos capaces de vivir esta experiencia suprema, seremos capaces también de entender el proceder de Dios hacia nosotros, que nos ama sin límites y sin condiciones, que siempre nos perdona.

## El Perdón como Medio de Transformación Personal

Si nuestra respuesta a una ofensa recibida es el resentimiento, el rencor y el deseo de venganza, lo que hacemos es mantener vivos los dolores del pasado. Hay que darse cuenta de que sólo el perdón puede hacer desaparecer el dolor asociado a los recuerdos que nos dañan para así avanzar en nuestro desarrollo personal, centrándonos en los elementos positivos del presente y lo que deseamos para el futuro. El perdonar los errores, ofensas o faltas del otro puede ayudarnos también a perdonarnos a nosotros mismos, reconociendo que somos imperfectos, que también cometemos errores y que dañamos muchas veces a los demás. Esto puede evitar que nos convirtamos en jueces de los que nos ofenden. Reconocer y perdonar nuestras propias faltas y errores nos facilitará comprender al otro y perdonar sus ofensas.

Los sucesos dolorosos de nuestra vida, como una traición o una calumnia, pueden acarrearnos mucho dolor y desilusión, ansiedad, miedo, resentimiento y una profunda y prolongada tristeza. Sin embargo, estas heridas emocionales pueden sanar con el perdón a sí mismo y al ofensor. Al perdonar nos liberaremos de las ofensas recibidas, y podremos comenzar a experimentar la calma y la tranquilidad en un proceso de sanación emocional que puede durar un largo tiempo. 

En estos casos el perdón puede reconectarnos con el amor al prójimo, reconociendo en esa persona ofensora actitudes de amor y bondad que pueden superar la ofensa recibida; esta actitud que nos mueve al perdón puede ayudar a sanar nuestras heridas emocionales y espirituales, experimentando la presencia de Dios en nuestras vidas.

## El Perdón y la Reconciliación

El perdón es una decisión personal, es olvidar la ofensa o deuda que hemos sufrido, es dejar atrás la ira, el rencor y el ánimo vengativo y de desquite con el prójimo. Perdonar, como lo hemos visto, es una decisión que nos libera y nos permite volver a enfrentar la vida con fuerza y optimismo. Perdonamos verdaderamente cuando no ponemos condiciones, estando dispuestos a perdonar siempre, sin límites.

Como el perdón es un acto personal, también es unilateral, es un don que se otorga a un ofensor muchas veces sin esperar nada a cambio.

Cuando una persona decide perdonar, esta disposición puede ser el primer paso que conduzca a la reconciliación, a olvidar un hecho doloroso y a recomenzar una relación de paz y amistad. Sin embargo, para que exista reconciliación, el ofensor debe reconocer su falta y tener la voluntad de no continuar con su actitud negativa. Entonces, la reconciliación nace de un acto de reciprocidad entre dos personas, una que perdona y la otra que se propone no recaer en el daño que ha producido. 

## Conclusión

Para el cristianismo el perdón está vinculado con el amor a Dios, con el amor a sí mismo y con el amor al prójimo. Dios perdona siempre a los seres humanos, quienes, mediante la enseñanza de Jesús, tienen la puerta abierta para acercarse a Dios. También, las personas están llamadas a reconciliarse entre ellas por el perdón otorgado por el ofendido y por el arrepentimiento del ofensor. Es más, si se perdonan las deudas de los demás, el que perdona será capaz de entender el infinito amor de Dios, que siempre perdona a los que buscan volver a él. Por otra parte, el hecho de reconocer la propia imperfección puede relativizar la ofensa recibida, quitándole dramatismo. 

Como los seres humanos están en mayor o menor grado alejados de Dios, se ofenden y agravian mutuamente casi como norma cotidiana, introduciendo el odio, el rencor y el sufrimiento en sus relaciones. Aquí el perdón es de suma importancia como única forma de romper la estructura de violencia que trae muerte y destrucción. En el Padre Nuestro, Jesús nos enseña que Dios nos pide perdonar a nuestros deudores para que podamos experimentar plenamente su amor y su perdón. Jesús nos dice también que el perdón debe extenderse a los enemigos, a los que debemos amar y perdonar repetidas veces si es necesario. De esta manera, el perdón nos conduce a obtener la paz interior, la tranquilidad y la calma como punto de partida para nuestro crecimiento espiritual, que tendrá como principal objetivo el de vivir continuamente en la presencia de Dios.

# El Ofrecimiento de la Vida a Dios es una Profunda Oración de Adoración

La oración de ofrecimiento personal es una forma de adoración a Dios y es un gran paso que podemos dar buscando el conocimiento de Dios y de su voluntad.

La ley de Moisés pedía realizar ritos, sacrificios y ofrendas de muchas clases, por medio de los cuales los israelitas adoraban a Dios. Estos rituales eran realizados por los sacerdotes, como mediadores entre Dios y el pueblo. Todas estas prácticas eran muy positivas porque llevaban a las personas a reconocer al Dios único, a arrepentirse de sus faltas y agradecer por todo lo que recibían, según la alianza establecida entre el pueblo israelita y Dios.

Sin embargo, los rituales pierden sentido si las personas concluyen que esta forma de religiosidad es la manera perfecta de relacionarse con Dios sin que se necesite más que cumplir los rituales para obtener una vida plena y en paz. Por eso los profetas proclaman que Dios quiere mucho más que rituales y sacrificios; enseñan al pueblo que Dios pide que una persona le abra su corazón y que se ponga en sus manos para que se establezca así una relación más profunda entre esta persona y Dios (Sal 51:15-17), porque lo que se debe buscar es amar y conocer a Dios (Os 6:6). En esa misma línea, Jesús reprocha a los maestros de la ley el haber olvidado que estamos llamados a ser comprensivos y misericordiosos con el prójimo, por encima del cumplimiento de los rituales establecidos (Mt 9:13).

El apóstol Pablo pide que nos pongamos por completo en las manos de Dios: es decir, que lo que pensamos, decimos y hacemos en la vida cotidiana debe estar en sus manos, de tal modo  que seamos ofrendas vivas para Dios. Esto lo podremos lograr si nos esforzamos por apartarnos de las poderosas influencias negativas que nos rodean, que nos atraen con fuerza llenando nuestra mente de confusión e incertidumbre. La decisión de rechazar estas tendencias nos permitirá renovarnos interiormente. La renuncia a nuestra manera habitual de vivir sometidos a los usos generales, y la renuncia a las costumbres establecidas para las cuales lo bueno y lo malo da lo mismo, es lo que nos hace libres para aceptar plenamente a Dios. Esto permitirá que vivamos continuamente en su presencia (Ro 12:1-2).

En la Carta a los Gálatas el mismo apóstol nos dice que al conocer a Jesús él ha muerto a su vida anterior, es decir, a sus conceptos acerca de Dios y a sus prácticas religiosas tradicionales, y en este sentido, ha sido crucificado con Jesús, así que ya no es él quien vive, sino que el Señor resucitado es el que vive en él (Gá 2:19-20).

Podemos, entonces, entender la oración de ofrecimiento como la disposición de una persona para ofrecer a Dios todo lo que sucede en su vida, tanto los momentos de paz y felicidad, como aquellos en los que siente que su carga es muy pesada, cuando está experimentando acontecimientos que ya no puede controlar con su empeño y voluntad. Entonces esa persona podrá orar para que Dios le dé comprensión y paciencia. Esto no es resignación, sino la firme creencia de que ese nudo que parece que no tiene solución, será desatado por el Señor, ya que para Dios nada es imposible. En este sentido, Jesús dijo que los que estuvieran agobiados y cansados acudieran a él para hacerles liviana la carga, es decir, para dar solución a las dificultades del ser humano, que encontrará así la alegría y la felicidad (Mt 11:28-30).

# Oración

Basada en Ap 3:20 y Mt 11:28-30.

*Señor, tú me dices*  
*Que estás a mi puerta y llamas.*   
*Permite que abra mi corazón*  
*Para que entres en mi casa y compartas conmigo*  
*Mis alegrías y las metas que quiero alcanzar,*  
*Mi esfuerzo por acompañar y servir a mi familia y amigos,*  
*Y mi propósito de ofrecer mis manos abiertas y acogedoras*  
*A los que buscan en mí algo que no tienen.*

*Y que en tiempos de crisis*   
*Y desilusiones,*  
*Ponga en tus manos mi vida*  
*Para que tú*  
*Tomes mi carga y me ayudes a llevarla.*  
*Yo llevaré tu palabra en mi vida*  
*Y así podré mirar con mirada distinta*  
*Las dificultades que ahora me abruman.*  
*Porque si estás en mí, Dios mío,*  
*Veré la realidad con tus ojos*  
*Para mi alegría personal*   
*y felicidad de los que están conmigo.*

*Amén.*

# La Noche Oscura del Alma

En ciertos momentos de su existencia una persona puede entrar en un estado nunca antes experimentado: en una oscuridad profunda, en un callejón sin salida. Es un tiempo en que nos cuestionamos nuestra forma usual de vida, nuestra rutina. Esto se origina casi siempre en un acontecimiento que nos remueve, que nos desarma y nos pone al borde de la nada. Es una situación que por su naturaleza personal debemos afrontar solos. Vemos que los caminos que andamos carecen de sentido; que todo lo que creíamos o pensábamos ya no nos sirve. Tenemos la sensación de estar derrotados y de que ya no nos queda nada más por hacer. Es el tiempo de la desilusión total, fomentada en la creencia de que el dolor y el sufrimiento se deben evitar siempre, cuando en realidad pueden ser un aviso de que hay cosas que debemos rectificar y cambiar en nuestras vidas.

Experimentamos una debilidad extrema: nos damos cuenta de que los acontecimientos nos sobrepasaron, que somos superados por las circunstancias y por tantos problemas que no podemos enfrentar con nuestras propias fuerzas. En esa situación es fácil caer en la depresión, en la sensación de abandono, y aun en la desesperación.

Algunos dicen que esta experiencia extrema se presenta en la mitad de la vida y hablan de la crisis de los cuarenta, cuando la juventud dice adiós y notamos que nuestras metas y expectativas ya no se lograron; otros, que esta crisis se presenta al final de la vida cuando la persona mira hacia atrás y examina su existencia, cuando es la hora de revisar lo hecho, reconocer los errores y las malas decisiones asumidas en el pasado. También hay quienes afirman que, sin importar mucho la edad, experimentamos una crisis de esta magnitud cuando estamos a punto de tener un cambio fundamental en nuestra vida, cambio que ha venido preparándose en forma más o menos inconsciente durante un tiempo prolongado, y que nos da la ocasión de empezar de nuevo. En estas circunstancias es que entramos en un profundo cuestionamiento existencial, que puede ser breve o durar un largo y angustioso tiempo.

En los momentos de crisis estamos solos porque estos tienen su origen en nuestra propia historia, en nuestras experiencias personales, en nuestras opciones, en nuestras decisiones. Esta crisis no la podemos compartir con otros, porque es muy difícil que los demás comprendan lo que realmente nos sucede. Sólo la cercanía con Dios, que conoce nuestro ser en profundidad, podrá iluminar nuestra vida en estos momentos tan densos.

Estamos solos y nos toca adentrarnos en la soledad del desierto, o en un pozo profundo donde no hay horizontes. Descendemos a las profundidades del nivel subconsciente, y nos encontramos con fuerzas que nos hacen sentir vulnerables y débiles, fuerzas negativas que nos muestran falsos caminos de salida, soluciones que pueden llevarnos a la desesperación o atraparnos en la oscuridad y en el sinsentido de una existencia mediocre.

Pero las crisis se presentan para que crezcamos como personas; se presentan para superarlas. Y para superar las crisis, éstas deberán resolverse adecuadamente. Lo primero es aceptar que estamos dispuestos a abandonar la rutina que traíamos y tomar una decisión de vida, que es enfrentarnos a esas fuerzas oscuras que intentan destruirnos, para luego buscar un cambio en nuestra manera de pensar y actuar. Porque de las profundidades del abismo se debe salir más fuerte, renovado, teniendo claridad en la nueva forma de vida que se ha encontrado, con decisiones óptimas para guiar la vida.

Tal como se aprecia, una crisis de esta magnitud puede sucederle a cualquier persona, porque al parecer corresponde a un punto muy importante de nuestro desarrollo como seres históricos, que estamos siempre en cambio y evolución. Para superar este trance, muchos encontrarán ayuda en la psicología y en la medicina. Pero para los cristianos, la crisis casi siempre estará relacionada con la religión mal entendida, que se expresa en inconsecuencias entre la vida práctica y las creencias, es decir, en la separación entre la fe y la vida, o simplemente, en que fuimos acumulando a lo largo de nuestra historia situaciones contradictorias y problemáticas que dejamos pasar sin enfrentar ni resolver. La solución estará en un definitivo encuentro con Dios en la profundidad de la oración.

Esta crisis es conocida en el mundo cristiano y muchos la han experimentado; unos por poco tiempo, otros por toda la vida. Algunos cuestionan sus propias prácticas religiosas, sus creencias y hasta la existencia de Dios. Se conoce como la noche oscura del alma, que es el nombre del poema y tratado del famoso místico español del siglo XVI Juan de la Cruz, que la vivió por un tiempo prolongado.

La crisis de la que hablamos hay que entenderla como una situación en la que Dios nos pone para que demos un vuelco en nuestra vida, para que experimentemos un gran cambio y avancemos positivamente.

Cuando Jesús acudió al río Jordán para recibir el bautismo de Juan lo hizo junto a mucha gente. Después del bautismo Jesús estaba apartado orando; fue ahí cuando tuvo una revelación impactante: el cielo se abrió indicando que él había llegado a una plena comunicación con Dios, y el Espíritu Santo descendió sobre Jesús en forma de paloma, al mismo tiempo que una voz del cielo, la voz de Dios, le dijo que él era su Hijo amado, y que se complacía en él (Lc 3:21-22). Movido por el Espíritu Santo, Jesús se retiró a la soledad del desierto durante cuarenta días para decidir sobre su vida, para reflexionar sobre lo que le correspondía hacer como Hijo amado de Dios y sobre cómo atraer a la gente para mostrarles el verdadero rostro de su Padre. Al final de este período estaba débil y sintió hambre. Fue cuando lo tentó el diablo invitándolo a cumplir su misión eligiendo caminos errados: “Si eres el Hijo de Dios, usa tus poderes para servirte a ti mismo; asegura a la gente el pan y te seguirán”, o “Si eres Hijo de Dios la gente te seguirá si haces actos espectaculares como arrojarte del pináculo del templo. Nada te pasará porque Dios tiene que protegerte”. O bien, “Si me adoras y me sirves, tendrás todas las riquezas del mundo, porque me pertenecen; así serás poderoso y toda la gente te seguirá”. Jesús rechaza estos falsos caminos sugeridos, y declara que sólo a Dios se debe adorar y hacer su voluntad. Jesús regresa a Galilea lleno del Espíritu Santo proclamando la cercanía del reino de Dios (Lc 4:1-15).

En una crisis estamos llamados a dar un paso adelante y a superar una etapa confusa y angustiosa de nuestras vidas, pero este tiempo de cuestionamiento existencial podremos transformarlo en el inicio de un camino que nos lleve a la obtención de una mayor autoconciencia y a un profundo crecimiento espiritual, lo que traerá un cambio total de nuestra vida, de nuestro modo de pensar y de nuestros actos.

En conclusión, cada crisis de nuestra existencia es una oportunidad única para descubrirnos a nosotros mismos y para encontrar a Dios en el profundo silencio del alma. Cada callejón sin salida, cada sensación de derrota, cada dolor y sufrimiento son ocasiones para emerger renovados y más fuertes, con una visión más clara de nuestras vidas y con decisiones más adecuadas para guiar nuestro camino. Así como Jesus experimentó su crisis en el desierto, somos llamados a enfrentar nuestras propias dificultades y a tomar decisiones cruciales que puedan afectar el curso de nuestras vidas. Sólo a través de este proceso podemos crecer, evolucionar y avanzar en nuestro camino hacia Dios. Recordemos que no estamos solos en estos momentos de oscuridad, aunque así lo sintamos. Dios está siempre con nosotros, guiándonos hacia su luz. La crisis puede ser dura, incluso devastadora, pero también puede ser el trampolín hacia un encuentro más profundo y significativo con nosotros mismos y con Dios. Esta es la gran paradoja y el gran regalo de la crisis: a través de ella nos es posible tocar lo más profundo de nuestra humanidad y experimentar al mismo tiempo la presencia constante y amorosa de Dios en nuestras vidas.

# La Oración del Padre Nuestro

Jesús enseñó a sus discípulos el Padre Nuestro, que es la oración perfecta que nos muestra cómo debemos rezar y nos indica la manera más adecuada de dirigirnos a Dios.

El Padre Nuestro es la oración del Señor y nuestra principal oración, por lo que necesitamos entender y meditar su contenido cada vez que invoquemos a Dios con ella. En el Nuevo Testamento encontramos dos versiones. En el evangelio del apóstol Mateo encontramos la que se reza tradicionalmente (Mt 6:9-13); por su parte, el apóstol Lucas incorpora un texto más corto, pero que contiene lo fundamental de esta oración (Lc 11:2-4).

Jesús enseña que no es necesario orar con muchas palabras ni con largos discursos como los que creen equivocadamente que así harán una oración más eficaz que será escuchada por Dios (Mt 6:5-7). A sus discípulos, en cambio, los invita a responder al llamado de Dios invocándolo con una oración breve en la que se lo reconoce como Padre de todos, se clama por sus dones y se pide su  guía y protección:

*Padre nuestro, que estás en el cielo,*  
*santificado sea tu Nombre.*  
*Venga a nosotros tu reino.*  
*Hágase tu voluntad*  
*en la tierra como en el cielo.*

*Danos hoy nuestro pan de cada día.*  
*Perdona nuestras ofensas*  
*como también nosotros perdonamos*  
*a los que nos ofenden.*  
*No nos dejes caer en la tentación,*  
*y líbranos del mal. Amén.* 

El Padre Nuestro es una invocación a Dios que contiene siete peticiones; las tres primeras piden que Dios se manifieste con toda su plenitud en su creación, en tanto que las cuatro siguientes piden la ayuda de Dios para los seres humanos.

*Padre Nuestro, que estás en el cielo.*

Jesús invoca a Dios como Padre; se dirigía así a él con toda propiedad porque Jesús es el Hijo de Dios. Pero también lo muestra como Padre de todos los seres humanos y de toda la creación. Se dirige a él con gran confianza llamándolo Padre Nuestro. Él es nuestro Padre porque todo vive o existe por él; el apóstol Pablo dice que en él existimos, que en él nos movemos (Hch 17:28). Se preocupa por todos y a todos les da la vida. Llamados a ser hijos suyos, es bueno que nos esforzemos por ser hijos dignos llegando a ser perfectos como el Padre es perfecto (Mt 5:48).

El Padre está muy cercano a su creación y comunica la vida a todos los seres. Sin embargo, él es mayor y distinto al universo creado. No es una fuerza o energía universal impersonal. Al contrario, Dios es una persona espiritual trascendente; es el absoluto, el invisible, al que nadie ha visto jamás; es mucho más que su creación y no debe confundirse con ella. Por eso Jesús dice que el Padre está en el cielo, es decir, en la luz inaccesible, en otra dimensión, en otra realidad a la que, sin embargo, debemos aspirar. Él mismo es el cielo, es la luz inaccesible de la que habla el apóstol Pablo (1 Ti 6:16).

*Santificado sea tu Nombre.*

El nombre de una persona es la persona misma. Por eso pedimos al Padre que su Nombre sea santificado, es decir, que manifieste su santidad para que todos reconozcan que él es el único santo porque reúne en sí todo el bien, toda la perfección, y nos corresponde alabarlo, bendecirlo, adorarlo y darle gracias, sabiendo que suyo es el reino, el poder y la gloria.

Al mismo tiempo debemos santificar a Dios con nuestro testimonio de una vida ejemplar que nos acerque cada día más a su perfección; esto permitirá que nuestros buenos actos llamen al prójimo a acercarse al Padre. Al contrario, es posible que por nuestros malos testimonios, por nuestros errados ejemplos y por nuestras inconsecuencias haya personas cercanas a nosotros que se alejen de Dios.

*Venga a nosotros tu reino.*

Jesús vino a anunciar el reino de Dios (Mr 1:14). Nos enseña que debemos pedir que venga su reino, es decir, que Dios se manifieste plenamente en el mundo, en la historia, en los acontecimientos, en las instituciones, y en primer lugar, en el corazón de los seres humanos. Porque aunque ahora el reino de este mundo pertenece al enemigo, Jesús ya lo venció (Jn 12:31); por eso nos enseña que el reino de Dios viene y ya está aquí, entre los seres humanos (Lc 17:20-21).

*Hágase tu voluntad  
en la tierra como en el cielo.*

Pedimos al Padre que su voluntad se haga en la tierra, así como se hace en el cielo; es decir, el cielo es el modelo, y se ora para que en la tierra ocurra lo mismo que en el cielo. La voluntad de Dios es que toda su creación alcance la plenitud y la felicidad al conocerlo y darle gloria, unidos todos a él en la vida eterna. Sabemos que la vida eterna no es un tiempo más largo, sino otra manera de existir compartiendo la vida de Dios. Su voluntad es que cada uno con su decisión personal elija hacer el bien superando los obstáculos y las pruebas, para manifestar y apresurar la llegada del reino. Así lo hizo Jesús en Getsemaní al afrontar la prueba suprema que se acercaba: su muerte en la cruz. En su oración pidió que se hiciera la voluntad del Padre y no la suya (Mt 26:39).

*Danos hoy nuestro pan de cada día.*

En la oración del Padre Nuestro, Jesús nos enseña también que debemos pedirle cosas buenas a Dios, porque es nuestro Padre; que debemos hacer oraciones de petición porque de él viene todo. Esto hará que aumente nuestra confianza en él, en su poder, en su misericordia y bondad. Por eso le pedimos el pan cotidiano, el de hoy, y confiamos en que lo recibiremos; pero no pedimos el pan para mañana, tal como lo enseñó Jesús (Mt 6:31-34) y como sucedía con el maná, que todos los días estaba disponible para los israelitas en el desierto (Éx 16:4); debemos creer que junto a nosotros está Dios para proveernos.  

Pero aquí no se trata sólo del sustento diario o de nuestra vestimenta, necesidades que el Padre conoce antes de que lo pidamos (Mt 6:8). Sabemos que no sólo de pan vive el hombre, sino de todo lo que sale de la boca del Señor, esto es, de toda palabra de Dios (Dt 8:3); es decir, lo que estamos pidiendo es vivir haciendo su voluntad. Nuestro pan de cada día es también la presencia de Dios en nuestro corazón, para que sea el centro de nuestras vidas.

*Perdona nuestras ofensas  
como también nosotros perdonamos  
a los que nos ofenden.*

A continuación pedimos que el Padre nos perdone nuestras ofensas o deudas. 

Cuando invocamos el perdón de Dios es porque muchas veces no le entregamos nuestro amor por sobre todo lo que existe, nuestro reconocimiento y gratitud, según la enseñanza más grande que es la de amar a Dios con todo el corazón, con toda la mente y con toda la fuerza (Mt 22:34-40). Nosotros muchas veces no reconocemos su poder y su gloria, no agradecemos la vida que nos da y que todo viene de Dios; no valoramos la vida eterna a la que nos llama y nos apartamos continuamente de su palabra, optando por vivir lejos de él. Esa es la deuda que tenemos con Dios, por descuido, por negligencia, por falta de fe y por falta de amor.

Dios nos perdona siempre; a pesar de nuestra ingratitud, él nos espera siempre como nos enseña Jesús en la parábola del hijo pródigo (Lc 15:11-32). Pero para que esto suceda, debemos perdonar a nuestro prójimo cuando está en deuda con nosotros: cuando no reconoce nuestros méritos, cuando nos calumnia, no agradece el bien que le hacemos, nos difama, destruye nuestra imagen, nos perjudica abiertamente. Porque si no perdonamos a nuestros deudores, el Padre tampoco nos perdonará. Esto lo explica claramente Jesús en la parábola del siervo desalmado: un rey decidió arreglar cuentas con sus servidores. Uno de ellos le debía diez mil monedas de oro; como no podía pagar, el siervo suplicó y el rey le perdonó toda la deuda. Pero el siervo luego encontró a uno que le debía cien monedas, y al no pagarle la deuda, lo echó a la cárcel hasta que pagara todo. Al saber esto, el rey castigó duramente a este servidor desalmado, que sabiendo que él mismo había sido perdonado, no perdonó esa pequeña deuda de su compañero (Mt 18:23-35). Jesús enseñó esta parábola para decirnos que siempre debemos perdonar a nuestros deudores para así darnos cuenta de que Dios continuamente nos está perdonando y dándonos la vida y todo lo que tenemos a pesar de que siempre estamos fallando y cometiendo errores y equivocaciones.

*No nos dejes caer en la tentación,  
y líbranos del mal. Amén.*

Nuestra condición humana nos hace movernos entre el bien y el mal. Crecen juntos en nuestro interior el trigo y la mala hierba de la parábola (Mt 13:24-30). En esta condición, Dios nos prueba continuamente para conocer nuestro corazón (Dt 8:2) y para fortalecernos al elegir lo bueno. El apóstol Pedro en su primera carta nos dice que las pruebas que soportamos son parte de los sufrimientos de Cristo y, al superarlas, se transformarán en alegría cuando se muestre definitivamente su gloria (1 P 4:12-13).

Es cierto que nos proponemos vivir en forma correcta, pero el mal nos atrae con fuerza y nuestras dificultades y problemas nos llevan a apartarnos del bien (Ro 7:15-24). Entonces el espíritu del mal aprovecha nuestras debilidades para tentarnos ofreciéndonos soluciones que parecen deseables y buenas; sin  embargo, el propósito del espíritu del mal es desilusionarnos y llevarnos al fracaso y a la desesperación. Por eso pedimos a Dios que no nos deje caer en la tentación, sino que, por el contrario, nos libre del poder del mal, del poder del maligno. Y nos responde con las palabras de Jesús, que dice a sus discípulos la noche que fue apresado en Getsemaní que velen y oren para que no sean dominados por la tentación (Mt 26:41).

Cuando estamos viviendo una crisis en nuestra vida, cuando estamos siendo probados y caemos en la angustia y nos sentimos casi sin salida, pedimos a Dios que nos proteja y nos dé fe para no ceder ante las fuerzas que nos llevan a apartarnos de su voluntad. Pedimos a Dios que nos libre del espíritu del mal, que nos tienta cuando nos encuentra débiles y vulnerables; porque si somos dominados por la tentación, el mal nos destruirá. Pero el apóstol Pablo nos dice que Dios no permite que una persona sea tentada más allá de lo que pueda resistir (1 Co 12:13); por eso pedimos que Dios nos ayude a resistir la fuerza del mal.

# La Oración del Ave María

La oración principal que dirigimos a María, la madre de Jesús, es el Ave María, que originalmente se rezó en latín:

*Dios te salve, María, llena eres de gracia,*  
*El Señor es contigo*  
*Bendita eres entre todas las mujeres*  
*Y bendito es el fruto de tu vientre, Jesús.*  
*Santa María, madre de Dios*  
*Ruega por nosotros, pecadores,*  
*Ahora y en la hora de nuestra muerte.*  
*Amén.*

El Ave María es una oración breve inspirada en textos del Nuevo Testamento. Esto indica que la veneración a María es una práctica tradicional tan antigua como el cristianismo.

La oración es conocida universalmente por su nombre en latín, Ave Maria. En latín, el idioma de los primeros siglos del cristianismo, la palabra *Ave* significa saludo, por lo que el nombre de la oración es “Saludo a María”, que repite las palabras del ángel Gabriel a María en la anunciación del nacimiento de Jesús, y también el saludo que le dio su pariente Isabel, que recibe a María unos meses después de la visita del ángel.

En el siglo XV, el primer verso de la oración se tradujo al español como “Dios te salve, María, llena eres de gracia”,  porque en lugar de la palabra *Ave* se usó la expresión *Salve*, que es otro saludo en latín, aunque en español actual Salve por supuesto no es un saludo, y se relaciona más bien con “salvar” y “salvación”, por lo que es extraño rezar: “Dios te salve, María”. Sin embargo, el texto de la oración quedó establecido de esa forma y no se ha corregido, por ejemplo, como:  
   
“Te saludo, María, llena de gracia”, o “Dios te saluda, María, llena de gracia “, ya que el ángel la saluda de parte de Dios.

En otros idiomas, la expresión está claramente traducida, de acuerdo al texto en latín: 

* En latín: *Ave Maria, gratia plena*.  
* En inglés: *Hail Mary, full of grace*.  
* En francés: *Je vous salue, Marie, pleine de grâce*.

El Ave María se divide en dos partes. La primera parte se inspira en las palabras del ángel Gabriel al anunciarle a María la concepción y nacimiento de Jesús:

*Dios te salve, María, llena eres de gracia,*  
*El Señor es contigo*   
(basado en Lc 1:28)

Que significa: te saludo, María, llena del favor de Dios;  Dios está contigo.  
Y se inspira también en el saludo de su pariente Isabel cuando María la visita poco después:  
   
*Bendita eres entre todas las mujeres*  
*Y bendito es el fruto de tu vientre*  
(basado en Lc 1:42)

La segunda parte de la oración es una invocación de los fieles a María. 

*Santa María, madre de Dios*

Porque María es la madre de Jesús, el Hijo de Dios. Por eso a María desde los primeros tiempos del cristianismo se la llamó madre del Señor (Lc 1:43), expresión que más tarde se hizo equivalente a madre de Dios, como quedó registrado posteriormente al componerse la segunda parte de la oración del Ave María.

A continuación viene una petición para que ella interceda en todo momento ante Jesús por nosotros, como lo hizo en las bodas de Caná cuando intercedió ante su Hijo por los novios que se habían quedado sin vino en su fiesta de matrimonio (Jn 2:1-12).

*Ruega por nosotros, pecadores,*  
*Ahora y en la hora de nuestra muerte.*  
*Amén.*

Como se puede apreciar, la oración del Ave María está inspirada en textos bíblicos. El Ave María es una de las oraciones más respetadas en la tradición cristiana, usándose como una forma de meditación, sobre todo en la oración del Rosario. El Ave María es, a la vez, una manera de honrar a la madre de Jesús como modelo de fe para nuestra vida.

# La Enseñanza del Salmo 91

Así como podemos rezar con oraciones espontáneas, que nos brotan del corazón, como peticiones o alabanzas a Dios, también lo podemos hacer con oraciones ya hechas que son tradicionales, como el Padre Nuestro, el Ave María, los Salmos y otras.

Estas oraciones es bueno repetirlas, meditar con sus palabras, relacionarlas con nuestras experiencias de vida y descubrir en ellas que Dios siempre está cerca de nosotros.

Los Salmos formaban parte de la antigua liturgia del templo de Jerusalén. Con ellos se alababa a Dios, orando con ellos y acompañándose de variados instrumentos musicales, especialmente de cuerdas.

Actualmente se conserva en la Biblia una colección de 150 salmos que tienen la forma de hermosos poemas, la mayoría atribuidos por la tradición al rey David, aunque en realidad son de distintas épocas de la historia del pueblo de Israel. Los temas son variados: entre otros, tenemos salmos de petición, de ayuda, de gratitud y de alabanza a Dios por su poderío y maravillosa creación.

Aquí comentaremos el Salmo 91, que es uno de los más conocidos, con el que se pide protección para el que ora y para su hogar.

## Salmo 91: Dichoso el que se Acoge a Dios

En la primera estrofa, el salmista nos entrega las palabras de una persona que ama y confía absolutamente en Dios porque conoce su poder y bondad; él declara que vive protegido por el Altísimo, porque Dios gobierna todo, es superior a todo y superior al mal. Y se acoge a la protección del Todopoderoso porque él todo lo puede hacer; Dios es la fortaleza donde esta persona encuentra protección.

El poeta y autor del Salmo 91 se inspira en la actitud ejemplar de esta persona, que pone toda su confianza en Dios. En las estrofas siguientes describe lo que Dios hará por una persona como ésta, que ha buscado en él su refugio y protección.

Afirma que el que vive bajo el amparo y protección de Dios confía plenamente en él, y que esa confianza le permite superar cualquier miedo o temor. Ya no temerá ni a sus enemigos ni a las enfermedades, ni aún los peligros más difíciles de controlar como las pestes y plagas, porque Dios es su escudo y su defensa. Y aunque miles caigan y sean destruídos a su alrededor, y aún en los momentos de máximo riesgo, Dios lo protegerá con un cuidado especial y lo librará de peligros mortales. Porque confía absolutamente en Dios, recibe su protección en el diario vivir.

Por el contrario, si mira bien a los que viven lejos de Dios, se dará cuenta de que aquellos no podrán enfrentar con fuerza los riesgos y peligros a los que estén sometidos, porque no poseen la protección que tiene aquel que pone su confianza en el Señor (Sal 91:8).

El poeta salmista continúa diciendo que como esta persona se refugia en Dios, ningún mal lo destruirá y su hogar estará fuertemente protegido contra las desventuras (Sal 91:9-10). Dios protegerá sus pasos y enviará a sus ángeles para que estén a su lado, lo acompañen en todos sus caminos y lo sostengan para que no tropiece con obstáculo alguno; es decir, Dios mismo estará con él para que pueda vencer todas las dificultades que en la vida se le presenten. Podrá vencer y pasar por encima de sus enemigos, aunque éstos sean peligrosos como leones o víboras.

En la última estrofa del Salmo 91, el poeta usa como recurso literario palabras pronunciadas por Dios mismo que, en primera persona, confirman lo que el salmista ha venido diciendo. Le habla a aquel que confía plenamente en él, asegurando que lo librará y lo protegerá porque esta persona conoce su Nombre. Que conozca su Nombre significa que sabe quién es realmente Dios: un Padre lleno de amor, de misericordia y atención permanente hacia el que se ha acogido a su protección, y que por eso está muy unido a él y está seguro de su amor y su bondad. Sabe que si en la angustia y el peligro lo llama, Dios acudirá en su auxilio y lo salvará. Y no sólo eso, sino que también lo llenará de honores y le dará una larga vida sobre la tierra, como su corazón lo desea; por lo que gozará de la presencia de Dios en su vida y de su salvación y vida eterna.

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En el episodio de las tentaciones de Jesús (Lc 4:1-13), el espíritu del mal cita la Biblia y hace una interpretación torcida del Salmo 91, pretendiendo que Jesús demuestre a los demás que él es el Hijo de Dios, y obligue a Dios a ayudarlo (Sal 91:11-12), enviándole sus ángeles para sostenerlo si se arroja de la parte más alta del templo. Jesús, citando correctamente la escritura (Dt 6:16), le responde que nadie puede tentar a Dios o ponerlo a prueba. Es decir, Dios cuida en todo momento a los que a él se acogen, pero nadie puede pretender utilizar a Dios.

Esta hermosa oración a la que tanta gente acude, será eficaz si la rezamos y meditamos reflexionando en el significado de sus palabras, renovando así nuestra decisión de acogernos al poder Dios, porque la verdadera eficacia en la búsqueda de la protección divina proviene de una conexión profunda con Dios como lo indica el salmo que estamos comentando. Orar y meditar frecuentemente con oraciones como el Salmo 91 puede ser útil para fomentar esta conexión y confianza, que nos permite sentirnos más seguros en la presencia amorosa de Dios.

# Invocando a Jesús en la Oración

Invocando el nombre de Jesús podremos lograr una oración que sea muy eficaz porque su nombre es poderoso, ya que Jesús vive en Dios y Dios vive en él (Jn 14:10); después de su muerte y resurrección Jesús se encuentra a la derecha de Dios, es decir, en su intimidad, como Mediador (1 Ti 2:5) e Intercesor, entre Dios y los seres humanos (Ro 8:34).

Así mismo, todos estamos llamados a orar a Dios por el prójimo, a interceder por los demás, uniéndonos así a la oración de Jesús que intercede constantemente por nosotros, ya que está en la intimidad del Padre rogando por todos, y puede ayudar así a los que por su intermedio se acercan a Dios (Heb 7:24-25).

En el mismo sentido, Jesús les dijo que si sus discípulos se ponen de acuerdo para pedir alguna cosa, Dios la concederá, pues donde dos o tres se reúnan en su nombre, con ellos estará él mismo (Mt 18:19-20).

Así, como Jesús vive en unión con Dios, nosotros estamos llamados a vivir unidos profundamente a Jesús; esta unión se logra aceptando y manteniendo sus enseñanzas.

Si una persona está unida a Jesús y tiene una fe muy fuerte en él, y tal como Jesús, se esfuerza para hacer la voluntad de Dios, podrá transformar su vida y lograr todo lo que se proponga.

En conclusión, el poder que la persona adquiere de este modo se acrecentará si la fe en Jesús se vive en comunidad. La unión de varias personas que comparten su fe en Jesús hará que todo lo que pidan les sea concedido, produciéndose una oración con más fuerza y eficacia, como una sinergia creada por la oración y la fe que se comparte. 

Notemos, entonces, que todos estamos llamados a vivir las enseñanzas de Jesús y a actuar en comunidad con otros, experimentando así el poder transformador que obtendremos al invocar su nombre en la oración, tanto para cada uno en forma personal como para el mundo que nos rodea, porque no hay nada imposible para aquellos que creen y se unen para pedir alguna cosa a Dios en el nombre de Jesús.

# Abreviaturas

## Antiguo Testamento
- Dt: Deuteronomio
- Éx: Éxodo
- Ez: Ezequiel
- Gn: Génesis
- Is: Isaías
- Jer: Jermías
- Mi: Miqueas
- Os: Oseas
- Pr: Proverbios
- Sal: Salmos
- Tb: Tobit, Tobías

## Nuevo Testamento
- 1 Co: 1 Corintios
- 1 Jn: 1 Juan
- 1 P: 1 Pedro
- 1 Ti: 1 Timoteo
- 1 Ts: 1 Tesalonicenses
- 2 Co: 2 Corintios
- Ap: Apocalipsis
- Col: Colosenses
- Ef: Efesios
- Fil: Filipenses
- Gá: Gálatas
- Hch: Hechos
- He: Hebreos
- Jn: Juan
- Lc: Lucas
- Mr: Marcos
- Mt: Mateo
- Ro: Romanos
- Stg: Santiago

# Acerca del Autor

Ambrosio Troncoso Sandoval (1946, Angol, Chile) es casado y padre de tres hijos. Es profesor de Lenguaje (Universidad Austral), Administrador Educacional (Universidad Austral) y Máster (C) en Lingüística Española (Universidad de Chile). Fue profesor en la Universidad de Talca y Director del Colegio Arturo Prat de Constitución.
Actualmente vive en Constitución, Región del Maule, Chile.